La gran ola del Bicentenario sigue trayendo turistas hacia tierras tucumanas

Un mar de turistas y tucumanos se deslizó desde el parque 9 de Julio hasta la Casa Histórica. La plaza Independencia concentró música, colorido y sabores

10 Jul 2017
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EN FAMILIA. Celia Disabato y Normando Ayun, de Rosario de Santa Fe, junto a sus hijos Gonzalo y Nico, comparten unos mates en la plaza. la gaceta / fotos de diego aráoz

Para muchos argentinos venir a Tucumán el 9 de Julio era una deuda pendiente. El Bicentenario parecía la oportunidad ideal, pero no todos pudieron hacerlo, y ayer lograron cumplir su promesa. “Si habré dibujado esta casa cuando era chiquita ...” piensa en voz alta Daniela Naef, de Gualeguaychú, Entre Ríos, mientras acaricia con la mirada las paredes de la Casa Histórica. “Me sentí emocionada desde que llegué a Tucumán”, le confiesa a su pareja, Rafael Arnolfi. “Este era un viaje pensado hace dos años pero que no se dio. Estar hoy en el lugar donde nació nuestra historia es movilizante”, comenta él sin dejar de sonreír.

La Casa Histórica era el punto final de un corredor de sentimientos patrios, que comenzaba en el parque 9 de Julio con el desfile cívico militar y subía hacia la plaza Independencia, donde se desarrollaba un colorido festival musical, en el que convivían sin competir la orquesta sinfónica de la UNT y el Coro de la Facultad de Medicina con Gladys la Bomba, el Oficial Gordillo y la banda Alem, entre una gran variedad de artistas locales e invitados. Por la 24 de Septiembre había dos cuadras de tentaciones. Hacia la esquina de Virgen de La Merced se disponían tres filas de puestos de artesanías. Hacia la 9 de Julio, un aluvión de sabores despertaba el apetito con solo recorrerlo.

Turistas de todo el país se dieron cita este 9 de Julio. Plácida Rosales, que vino con un contingente desde Neuquén, cuenta que la visita a Tucumán era el sueño de toda su vida. “¡Tantas veces repitiendo las lecciones sobre la Independencia que se había declarado en la Casita de Tucumán. Bueno, ahora estoy aquí!”, se sorprende de sí misma.

Tras la puerta azul de la Casa Histórica, Alejandro Marcial y Sofía Filgueira calculan el ingreso de un promedio de 700 personas cada media hora. Hay dos hileras de gente, una que entra y otra que sale, en forma permanente, no se corta. Desde las 15.30 hasta que cierran las puertas pueden haber entrado más de 3.000 personas si se cuentan los niños, opinan los empleados. Un dato a favor: no se cobra entrada. Por la noche hay tres funciones del espectáculo de Luz y Sonido, a las 20, a las 20.50 y a las 21.30.

La familia de Adolfo Toranzo, Graciela Morales, Romina, Abril y Federico acaban de llegar de Rosario de Santa Fe. Han pasado cinco horas desde el mediodía y aunque todavía no han almorzado (después de 10 horas manejando) sólo quieren una cosa: “ver la Casita de Tucumán”. “Me gusta como la tienen, bien cuidadita”, dice Romi con un gesto de aprobación. Graciela cuenta que tiene una compañera de trabajo que es tucumana, que la desilusionó: “siempre me prometió que me iba a hacer las empanadas de carne cortada a cuchillo y todavía estoy esperando. ¡Me tuve que venir a Tucumán para probarlas!”, bromea.

Eduardo Ayusa, un profesor de Artes de Catamarca, honra la Casa Histórica a su manera, dibujándola en una hoja. Después de las 17 la plaza Independencia parece estallar. Desborda por los cuatro costados. Por micrófono anuncian que hay 20.000 personas. La gente ocupa el verde de la plaza, toma mate, descansa, disfruta del espectáculo y piensa, quizás, que ha cumplido con su deber patrio: pasar un 9 de Julio en Tucumán, aunque sea una vez en la vida.

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