Promesas del Bicentenario que quedaron devaluadas

09 Jul 2017

Cuando el ser humano carece de algo esencial, lo valora más, lucha hasta obtenerlo. Cuando este deseo finalmente se concreta, el desafío posterior es conservarlo para no volver atrás. Eso deben haber sentido hace 201 años, el 9 de julio de 1816, los 29 diputados reunidos en la casa de doña Francisca Bazán de Laguna, cuando decidieron por unanimidad que las Provincias de la Unión fuesen una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli. Tal vez porque sólo siente la libertad quien ha vivido oprimido. Por esa razón, el Día de la Independencia es la celebración más importante de una nación.

El año pasado, se conmemoró el bicentenario de esta magna fecha; por su trascendencia, autoridades nacionales y provinciales expresaron sus augurios para la nueva centuria en San Miguel de Tucumán, donde se decidió el destino de la patria naciente. A comienzos de ese julio, representantes judiciales provinciales, nacionales y federales hicieron votos por el federalismo, el acceso a la justicia, la protección de la población vulnerable, el cuidado del ambiente, la defensa de la república y la lucha por la transparencia y contra la corrupción. Los legisladores ratificaron su compromiso de trabajar por la construcción de igualdad de oportunidades para todos, la universalidad y calidad de la educación pública y el trabajo digno, así como el cuidado del medio ambiente y el desarrollo sustentable para las próximas generaciones.

Las promesas de limar las diferencias, de trabajar conjuntamente tras un objetivo común florearon los discursos. También hubo largos párrafos para referirse a la unión, el patriotismo, el respeto por el otro, de dignificar los cargos públicos. Pocos días antes, en el XI Congreso Eucarístico Nacional que tuvo sede en nuestra ciudad, las homilías y discursos habían tenido un tono de crítica a los hechos de corrupción, y se apeló a la reconciliación que permitiera cerrar la llamada grieta social. “Para la sociedad actual, marcada por tanto egoísmo, por la especulación desenfrenada, por tensiones y contrastes, por tanta violencia, la Eucaristía es una llamada a la apertura hacia los demás, a saber amar, a saber perdonar; es una invitación a la reconciliación, a la solidaridad y al compromiso con los pobres, con los ancianos, con los sufrientes, con los pequeños y los marginados”, dijo el enviado papal.

“Juntarnos porque es el tiempo, hay un futuro implorando, juntarnos, no hay más excusas, nos urge juntarnos”, reza la letra de la pieza del tucumano Lucho Hoyos que fue elegida por el Gobierno provincial en esa ocasión como la canción del Bicentenario de la Independencia.

Pero poco o nada de ello sucedió el día después. Las peleas se ahondaron casi a diario. Ahora, por ejemplo, en Tucumán, funcionarios nacionales y provinciales disputan por fondos por proyectos inconclusos, por moras administrativas que impiden efectuar obras para evitar nuevas inundaciones o para mejorar la calidad de vida de los habitantes. La mayor energía se utiliza en rebatir el argumento del otro, en torcerle el brazo; se observa una vez más una incapacidad de poner en primer plano las necesidades de la ciudadanía. A tanto llega esta disputa que la Provincia y la Nación -en su caso junto al municipio capitalino- no han sido capaces de organizar juntas una sola fiesta por la fecha patria y hubo dos anoche, por separado, sin importarles además los gastos que le ocasionan a la ciudadanía.

Como en la fiesta del 31 de diciembre, donde bajo los efectos de la euforia, por lo general los parientes se abrazan y se besan, y se prometen amor y felicidad, algo similar ha ocurrido en la celebración del ya pasado bicentenario. Con una politiquería que les resulta bastante cara a los argentinos, no se puede construir nada positivo y menos un país digno.

Comentarios