Los niños y la droga: la cruda y cada vez más habitual realidad de Villa 9 de Julio

Si uno recorre la zona se encuentra con postales que duelen; el paco les roba la infancia a muchos pequeños del lugar.

LA GACETA / FOTO DE GUSTAVO RODRÍGUEZ VÍA MÓVIL
LA GACETA / FOTO DE GUSTAVO RODRÍGUEZ VÍA MÓVIL
Por Redacción Sociedad 13 Febrero 2017
El sol comenzaba a picar en Villa 9 de Julio. Tambaleante se acercó a cada mesa pidiendo comida. No tuvo éxito. Los no llegaban acompañados con miradas de desconfianza. Se fue arrastrando porque casi no tenía fuerzas para caminar.           
Se salvó de milagro que no lo atropellaran en la esquina de Coronel Suárez y Gobernador del Campo. No distinguía las luces del semáforo. Con la mirada perdida siguió caminando sin saber a dónde, y arrastrando una bolsa artillería que parecía pesar varias toneladas.                        
Transitó hacia el norte por Coronel Suárez unos 20 metros. De la bolsa sacó la única zapatilla que llevaba y la puso al costado. Extendió sobre la vereda el envoltorio como si se tratara de un aullido cobertor. A los segundos se rindió al sueño.                        
Los parroquianos pasaron a su lado como si nada. Es que no veían nada nuevo en esa postal. Es la cruda y cada vez más habitual realidad de Villa 9 de Julio. Sólo un perro Callejero se apiado de esa alma arruinada por el paco y el pegamento.                        
El can, que minutos antes le había ladrado y mostrado los dientes, eligió una sombra y se echó a dormir. Recién en ese momento los vecinos sintieron algo de compasión.

El sol comenzaba a picar en Villa 9 de Julio. Tambaleante se acercó a cada mesa pidiendo comida. No tuvo éxito. Los "no" llegaban acompañados con miradas de desconfianza. Se fue arrastrando porque casi no tenía fuerzas para caminar. 

Se salvó de milagro que no lo atropellaran en la esquina de Coronel Suárez y Gobernador del Campo. No distinguía las luces del semáforo. Con la mirada perdida siguió caminando sin saber a dónde, y arrastrando una bolsa de arpillera que parecía pesar varias toneladas.

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Transitó hacia el norte por Coronel Suárez unos 20 metros. De la bolsa sacó la única zapatilla y la puso al costado. Extendió sobre la vereda el envoltorio como si se tratara de un mullido cobertor. A los segundos se rindió al sueño. 

Los parroquianos pasaron a su lado como si nada. Es que no veían nada nuevo en esa postal. Es la cruda y cada vez más habitual realidad de Villa 9 de Julio. Sólo un perro Callejero se apiadó de esa alma arruinada por el paco y el pegamento.

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El can, que minutos antes le había ladrado y mostrado los dientes, eligió una sombra y se echó a dormir. Recién en ese momento los vecinos sintieron algo de compasión.

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