De aquella Harley Davidson a este “museo familiar”

Tres generaciones se unen por el amor al pasado motoquero

Tres generaciones se unen por el amor al pasado motoquero, en este caso de las 500 cilindrada.

13 Ene 2017

René Ruiz (56) era apenas un adolescente cuando hizo un trueque directo con su tío. Le entregó una moto Tehuelche 75 cromada y personalizada con un motor Zanella 175 y un tanque de Puma primera serie estilo “Chopper”. Su tío le entregó a cambio las partes en desuso de una moto que había abandonado hacía años, a causa de un accidente. Ruiz, que no fue ingenuo en el negocio, reconstruyó el vehículo hasta dejarlo impecable. En ese momento tenía 13 años y acababa de restaurar una Harley Davidson.

Era prácticamente un niño y ya podía sentir las explosiones de aquella máquina respondiendo a su pulso sobre el acelerador. Nació su pasión por los “fierros”. Aunque en parte también la heredó de su padre, Hugo Ruiz, aficionado a reparar motos; y la transmitió a sus tres hijos, que también se dedican al oficio, y a sus dos hijas, que aunque no practican la mecánica, comparten este fanatismo.

Santiago Ruiz tiene 20 años y cuenta lo meticuloso y exigente que fue René en la transmisión del conocimiento: “empecé paso a paso, barriendo el taller, después alcanzando herramientas hasta que mi padre fue confiando de a poco, porque para él estas motos son sagradas”.

Aquel adolescente de la Harley Davidson tuvo que desprenderse del vehículo. “Sufrí un accidente y mi mamá me obligó a venderla -recuerda René-. Me arrepiento de haberlo hecho, pero no podía contradecir a mi vieja”.

Sin embargo la vida le dio revancha y hoy en su taller reposan 22 motocicletas antiguas, casi todas de 500 cilindrada, reconstruidas a lo largo de 20 años de trabajo. Un detalle: entre los vehículos predominan los colores vivos. “Me gusta que las motos llamen la atención no sólo por ser antiguas sino también por los tonos llamativos que elegimos como toque final”. Responden a esta premisa una AJS turquesa de 500 cilindrada del año 48, una Norton ES2 amarilla 500 cilindrada también del 48, y una Honda Sport color naranja fluo 150 cilindrada del año 62, entre otras. “Además diseñamos cascos teniendo en cuenta los colores de la máquina o de la bandera del país de origen”, agrega.

El hijo de Ruiz camina por el taller como si paseara entre leones amaestrados que esperan la orden para rugir. Hace arrancar algunas de las motos y las detonaciones estremecen la atmósfera. “Muchos de los escapes son réplicas armadas por mi propio abuelo”, revela. Su padre lo escucha atento y se apresura a señalar una Puma de color negro: “esta era la moto del viejo”, cuenta. La pasión heredada se materializó en este “museo” personal. Padre e hijo lo muestran con complacencia, conscientes de que lo que atesoran los define como una familia motera.

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