Recorren el país en moto sembrando solidaridad

Recorren el país en moto sembrando solidaridad

El matrimonio de Erna Escalante y Raúl Véliz ha logrado una noble combinación: hacer lo que les gusta y ayudar a los demás. Donaciones a una escuela.

29 Oct 2016

Erna Escalante (60 años) y Raúl Véliz (56) son artesanos y aficionados a viajar en motocicleta, a “rodar” como dicen en el entorno motero. En 2009 Erna estuvo al borde de la muerte, hecho que fue determinante para que pusiera su corazón y las dos ruedas de su moto en el mejor de los caminos posibles, el de la solidaridad: “cuando peor estuve le prometí a Dios que, si me dejaba en este mundo, yo encontraría la forma de hacer algo por los demás”, cuenta. “Fue ahí cuando se me ocurrió hacer esto que es quizás lo que más me sostiene: rodar y ayudar”, agrega. A su pasatiempo el matrimonio le sumó un fin humanitario: ir a pequeñas comunidades escondidas en las montañas para llevar donaciones y compartir charlas e inquietudes con sus pobladores. Y eligieron un nombre: Los Ángeles Solidarios.


Qué fuerzas activaron su voluntad, sigue siendo un misterio. Lo cierto es que cuando a Erna le anunciaron que tenía cáncer, luego de estar 10 días internada en grave estado, ella le pidió a su marido que la sacase del hospital. Los médicos no estuvieron de acuerdo: “no puede hacer eso, tiene que operarse; si se va, puede morir”, le advertían. “Yo no me voy a morir”, les respondió Erna. Y no se murió.

Es la media mañana de un domingo luminoso. El rostro impecable de Escalante abreva del sol y del viento de los Valles calchaquíes. Viaja como acompañante en una motocicleta Falcon guiada por su marido. Van “rodando” (viajando) por la ruta 40 acompañados por un grupo de 15 “moteros”. Se dirigen a Talapaso, una pequeña comunidad ubicada a unos ocho kilómetros de la ruta, entre Amaicha y Colalao del Valle. Llevan donaciones para la escuelita del lugar.

La caravana de motos llega al mediodía a la escuela número 37 de Talapaso. Las imponentes montañas del lugar se deslizan como lienzos áridos hasta toparse con un verde vallecito cubierto de nogales y árboles frutales que rodean el pueblito. Allí sólo viven unas 25 familias.

Los moteros son recibidos por Paola Agüero y por Florencia Suárez, vecinas de la zona, acompañadas de los siete chicos de entre seis y 11 años que concurren a la escuela. “Aquí los chicos desayunan, meriendan y cenan y el Estado nos da sólo $ 10 por cada uno; eso no nos alcanza, así que las donaciones son fundamentales -se queja Agüero-. Antes contábamos con un supermercado que nos apadrinaba pero ya no funciona en la provincia; hoy nuestros padrinos son los moteros; son los únicos que se acuerdan de nosotros”.

Erna llega a la escuela transportada por uno de sus compañeros. La Falcon en la que venía con su esposo tuvo un problema en la rueda y se quedó unos kilómetros antes de llegar al lugar. Varios compañeros encienden las motos y salen a buscar y a asistir a Raúl que se quedó con el vehículo a la vera del camino. “Desde hace varios años que acompañamos esta iniciativa de Los Ángeles Solidarios”, cuenta Eduardo Sequeira, otro de los “motoviajeros” del grupo, que esta vez tuvo que dejar las dos ruedas y acompañar con su auto para poder transportar las donaciones. “Yo ayudo con la difusión a través de las redes sociales para conseguir ayuda para la escuela y para convocar a moteros de distintas agrupaciones”, cierra Sequeira. En esta ocasión, Los Ángeles Solidarios estuvieron acompañados por miembros de Sembrando Huellas, Los Cuervos, El Tropel y Kilómetro 0.

Luego de guardar las donaciones en la escuela y de compartir un almuerzo, los moteros se prepararan para regresar a la ciudad. Antes de que partan, Agüero los reúne en el patio y les agradece al borde del llanto por acordarse de la escuelita de Talapaso: “Quizás esto que traen a ustedes les puede parecer poco pero para nosotros es muchísimo; no saben lo importante que es”. El valor de Los Ángeles Solidarios se sintetiza en ese momento, cuando se cruzan las lágrimas, los abrazos y las señales de gratitud son mutuas. “Recibir el cariño de estas personas y de estos niños es algo que hace que todo valga la pena”, dice Véliz, conmovido. Los motociclistas donaron leche, fideos, azúcar, cacao, arroz, medicamentos, ropa, calzados y diccionarios.

Luego de salir del hospital, Escalante continuó la lucha contra su enfermedad probando con tratamientos alternativos; homeopatía primero y terapia de infrarrojo lejano después. Jamás bajó los brazos y fue en el momento más duro de la batalla cuando se le ocurrió combinar su pasión por las motos con la solidaridad. “Esto me llena el alma y me sirve para seguir adelante; me ayudó muchísimo”, asegura la mujer y luego revela que los últimos estudios médicos determinaron que ya no hay rastros de enfermedad en su cuerpo. Erna sonríe cuando cuenta esto último. Su sonrisa resplandece con la luz que tiene el amor a lo que uno hace. Ese amor fue quizás el remedio intangible que formó parte de la cura.

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