SEBASTIÁN ROSSO
ARCHIVO / LA GACETA
Cuando despertaba el siglo XXI, el sueño de una cultura global comenzó a despejarse. Las comunicaciones, el comercio y el mercado rompían fronteras, pero, a la hora de viajar, se seguían necesitando papeles: se pedían pasaportes y las visas eran carísimas. Objetos culturales, obras de arte y artistas pasaban un riguroso proceso de clasificación.
Habían sido unos pocos años de ilusionar una comunidad internacional abierta, donde un “esperanto total” nos esperaba a la vuelta de la esquina. El lenguaje internacional que artistas y gestores venían largamente procesando, terminó por imponerse. Pero eso no incluyó los intercambios igualitarios y las posiciones equivalentes.
El centro y la periferia seguían determinando quien era quien. Todo seguía estrictamente jerarquizado y había que cumplir un rol predeterminado en ese juego plural: el del artista con marcas locales en un lenguaje internacional. ¿Qué era entonces lo local?
Local
Cien años antes, nuestro primer trío artístico partió rumbo a Europa: Lola Mora, Julio Oliva y Pompilio Villarrubia Norri fueron becados para aprender la “buena forma” en Italia: la “Libertad” de Lola Mora o la “Parábola” de Villarrubia son piezas ejemplares. A fines de los 20, el interés por imponer una forma vernácula hizo su aparición con Teófilo Castillo. A partir de allí, la formación europea tuvo que adaptarse a las realidades locales. En las tres décadas que van de 1930 a 1960 se inclinó la balanza hacia una imagen local que subrayaba los suburbios mestizos y la pobreza omnipresente. La pintura de Timoteo Navarro reunió todos sus condimentos. Tanto los temas como el público se cerraban sobre aquel Tucumán que miraba y se alimentaba de la región.
Desde la llegada del porteño Linares hasta mediados de los 80, la pintura neofigurativa volvió a crear un espacio ficcional con fuertes vinculaciones foráneas. Se pronunciaban por referentes latinoamericanos, aunque las influencias españolas, inglesas, belgas eran evidentes. Las colecciones del Museo de Bellas Artes y la de la Facultad de Artes son los reservorios privilegiados de esos períodos.
Global
Luego de la caída de la dictadura iba a ponerse todo patas para arriba.
Los 90 fue la década que puso al mundo en una red y definió una nueva universalidad en el arte. Es revelador hojear un suplemento HOY (LA GACETA , 24-11-1999), donde se anunciaba la actividad plástica del fin de año. Pablo Guiot y Florencia Vivas se habían quedado con los premios del Salón Navarro. En otros espacios exponían Rosalba Mirabella, Javier Juárez y Natalia Lipovetzki. La imagen central era una obra de Sandro Pereira. Todos mascarones de proa de la primera armada tucumana que conquistó Buenos Aires. Todos jóvenes emergentes que dieron origen a las generaciones migrantes que les siguieron.
Primero el Taller C de la Facultad de Artes y luego La Baulera, como espacio cultural independiente, construyeron fuertes vínculos con instituciones porteñas y de alcance nacional. Los intercambios, las exposiciones y los viajes pasaron a ser moneda corriente. El sistema de becas, clínicas y residencias se convirtió en el trámite necesario para acceder a una nueva especialización: el artista global.
Regional
Diverso, confrontativo y abierto, Tucumán siempre lo fue. Los artistas fueron inquietos y renovadores. Atractivos para toda la región y para la capital. Un volumen considerable de artistas salteños, santiagueños o catamarqueños pasaron por una formación tucumana.
El Museo de Bellas Artes de Salta está dirigido por la tucumana Andrea Elías. El Espacio La Guarda, de importante actuación en la escena plástica salteña estuvo dirigido también por varias artistas formadas en nuestra ciudad.
Hace un par de meses, el gobierno de Tucumán puso en marcha un programa para la adquisición de 30 obras plásticas destinado a artistas locales. Elogiable iniciativa en una provincia cuya actividad artística excede en mucho el apoyo estatal.
Con todo, los programas provinciales y los campos regionales son todavía débiles en función de las expectativas de desarrollo de los talentos que salen a la calle. Aunque el gobierno provincial y las instituciones regionales se esfuercen, no parece que se vaya a modificar la tendencia a buscar el litoral. Todavía Buenos Aires está en el medio.
En un mundo globalizado no alcanza con un triunfo provincial y apenas con uno regional.
Tributo
“Congreso de Tucumán, 200 años de arte argentino” es el nombre de la muestra plástica más importante del año. Ya pasó por Tucumán y se acaba de abrir en Rosario. La organizó el Museo Nacional de Bellas Artes y estuvo dirigida por Andrés Duprat y el tucumano Jorge Gutiérrez, actual director de la escuela de Bellas de Artes. La elección de Gutiérrez confirma el nivel de nuestros gestores, pero en definitiva ¿Qué rol nos hacen jugar los porteños?
Salir de la provincia es sin dudas enriquecedor, pero el interés de Buenos Aires por las provincias puede ser leído con suspicacia. Mientras mantiene una cantera de originalidad y recambio permanente, el efecto, en esta periferia, no pasa de funcionar como un magnetismo encandilante.
Hace pocos días, el suplemento RADAR de Página 12, publicó una nota donde el artista Leopoldo Estol afirmaba lo que nadie dice en voz alta: “En ocasión del Bicentenario se promueve la inclusión de artistas de todas las provincias, pero se observa claramente que quien no tributa con años su paciencia en Buenos Aires difícilmente puede ser considerado en la historia del arte vernacular”
Agustín González Goytía, Gabriel Chaile. Lucrecia Lionti, Valeria Maggi, son sólo algunos de nuestros actuales tributantes. Desde el segundo lustro del 2000 comenzó una migración a gran escala que no podemos decir que haya terminado. Junto a los plásticos, noveles profesionales del cine, músicos varios, incluso profesionales de toda laya recién recibidos, se han instalado en la capital.
Migrante
Los artistas quieren más. El casi constante abandono de la ciudad chiquita y marginal para establecerse en la gran metrópolis marca también la habitual hoja de ruta de un artista emergente.
Son muy pocos los que en estos últimos años no hicieron su estancia. Se la hace con el rigor y la penitencia de una religión. Las últimas generaciones dejaron el rastro de un éxodo. Se fueron muchos y con muchos intereses. Generaron vecindades provincianas con el alto grado de cosmopolitismo y profesionalización que exige Buenos Aires.
El teórico cubano Gerardo Mosquera afirma que es un problema mundial. La periferia negocia débiles rasgos de localía en los poderosos centros mundializados: “la producción elitista de los centros es automáticamente considerada internacional o universal, y sólo se accede a estas categorías al triunfar en ellos”.
Los artistas tucumanos de hoy no son locales ni globales. Hablan el lenguaje internacional del arte contemporáneo, pero todavía aspiran a la distribución de favores de su puerto, pero Ezeiza queda en un apartado turístico aún. Las consecuencias de ese tributo todavía no se pueden medir. Los beneficios están a la vista de una amplia y codiciada comunidad artística que todavía no sabe como actuar. La pregunta de ellos es ¿cómo sigue esto?








