La lepra de la muerte

Pbro. marcelo barrionuevo.

Por Redacción Sociedad 09 Octubre 2016
La lepra de la muerte
pbro. marcelo barrionuevo
San Lucas nos cuenta cómo Jesús, en su último viaje a Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Y al entrar en una aldea le salieron al encuentro 10 leprosos que se detuvieron a lo lejos, pues la ley prohibía a estos enfermos acercarse a las gentes. En el grupo va un samaritano, a pesar de que no había trato entre judíos y samaritanos. La desgracia les ha unido, como ocurre en tantas ocasiones en la vida. Y levantando la voz, pues están lejos, dirigen a Jesús una petición, llena de respeto, que llega directamente a su corazón: “Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros”. Han acudido a su misericordia, y Cristo se compadece y les manda ir a mostrarse a los sacerdotes, como estaba preceptuado en la Ley, para que certificaran su curación. Se encaminaron donde les había indicado el Señor, como si ya estuvieran sanos; a pesar de que todavía no lo estaban, obedecieron. Y por su fe y docilidad, se vieron libres de la enfermedad. 
Este Evangelio nos debe llevar a meditar lo que hemos vivido y experimentado a través de la muerte de un sacerdote como de tantos que sufren en el mundo la lepra de la injusticia y la marginalidad. 
Siempre la muerte produce dolor y rabia, ya sea personal o con la propia existencia. Nos preguntamos por qué y de qué manera. Es un rechazo existencial desde el fondo del corazón. La lepra es el símbolo de las miserias e injusticias ocultas de nuestra sociedad moderna: la lepra de la pobreza, de la droga, de la guerra, de la injusticia, de la muerte en tantos jóvenes, la lepra de la muerte existencial a querer vivir y seguir adelante. 
Para los cristianos la muerte también es signo que puede producir vida, Cristo murió y resucitó. Por ello hemos de producir semillas de nueva vida ante las adversidades que se presentan. La muerte no nos debe atomizar, nos debe hacer crecer para regenerar nuestras vidas e instituciones. Esa renovación debe venir como fruto de la oración, del perdón y de la unión entre nosotros. De nada vale enojarse con la existencia y buscar culpables sino reaccionamos a un cambio de mejora y crecimiento. Para ello es necesaria la búsqueda de la unión en el cambio y la mejora de nuestras vidas. El diablo siempre desune, siempre busca muerte que produzca muerte; los cristianos debemos luchar por la vida para producir vida. Y si la muerte de un hermano sacerdote produce dolor, que esa muerte haga regenerar nuevas semillas de vida para la Iglesia y la sociedad.

San Lucas nos cuenta cómo Jesús, en su último viaje a Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Y al entrar en una aldea le salieron al encuentro 10 leprosos que se detuvieron a lo lejos, pues la ley prohibía a estos enfermos acercarse a las gentes. En el grupo va un samaritano, a pesar de que no había trato entre judíos y samaritanos.

La desgracia les ha unido, como ocurre en tantas ocasiones en la vida. Y levantando la voz, pues están lejos, dirigen a Jesús una petición, llena de respeto, que llega directamente a su corazón: “Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros”. Han acudido a su misericordia, y Cristo se compadece y les manda ir a mostrarse a los sacerdotes, como estaba preceptuado en la Ley, para que certificaran su curación. Se encaminaron donde les había indicado el Señor, como si ya estuvieran sanos; a pesar de que todavía no lo estaban, obedecieron. Y por su fe y docilidad, se vieron libres de la enfermedad. 

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Este Evangelio nos debe llevar a meditar lo que hemos vivido y experimentado a través de la muerte de un sacerdote como de tantos que sufren en el mundo la lepra de la injusticia y la marginalidad. 
Siempre la muerte produce dolor y rabia, ya sea personal o con la propia existencia. Nos preguntamos por qué y de qué manera. Es un rechazo existencial desde el fondo del corazón. La lepra es el símbolo de las miserias e injusticias ocultas de nuestra sociedad moderna: la lepra de la pobreza, de la droga, de la guerra, de la injusticia, de la muerte en tantos jóvenes, la lepra de la muerte existencial a querer vivir y seguir adelante. 

Para los cristianos la muerte también es signo que puede producir vida, Cristo murió y resucitó. Por ello hemos de producir semillas de nueva vida ante las adversidades que se presentan. La muerte no nos debe atomizar, nos debe hacer crecer para regenerar nuestras vidas e instituciones. Esa renovación debe venir como fruto de la oración, del perdón y de la unión entre nosotros. De nada vale enojarse con la existencia y buscar culpables sino reaccionamos a un cambio de mejora y crecimiento. Para ello es necesaria la búsqueda de la unión en el cambio y la mejora de nuestras vidas.

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El diablo siempre desune, siempre busca muerte que produzca muerte; los cristianos debemos luchar por la vida para producir vida. Y si la muerte de un hermano sacerdote produce dolor, que esa muerte haga regenerar nuevas semillas de vida para la Iglesia y la sociedad.

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