Patria, así, con mayúscula, escriben los defensores del comerciante que vandalizó una intervención artística en la puerta de la Casa Histórica. Esa Patria no es la infancia de la que hablaba Rilke, está claro. Es ese lugar inmaculado y refulgente en el que los próceres duermen el sueño de los justos. A esa Patria, afirman en una explosión que aturde en foros, en Facebook, en Twitter y en cadenas de whatsapp, no se la mancilla ni se la profana. Es el símbolo de todos los símbolos: la Patria que no se negocia. Nuestra tan transitada Patria Billiken.
Esto se escribió en el foro de lectores de LA GACETA con motivo de la intervención artística del cordobés Res en la puerta de la Casa Histórica:
- “A nuestra nación nos costó muchísimo tener la independencia y lo que esta casa representa, para que venga un iluminado a degradar nuestro emblema de libertad”.
- “No puede ser que cualquier extraviado haga lo que se le da la gana con nuestros símbolos de libertad”.
- “Hay que limpiar la Casa Patria de toda la basura y mamarracho que la desfigura”.
- “Aquí corresponden hacer dos cosas: darle una medalla por su patriotismo y coraje cívico al comerciante, y despedir inmediatamente al director o directora de la Casa Histórica por permitir que se mancille un símbolo patrio”.
- “La Cuna de la Independencia es un símbolo muy propio y sagrado, con el cual no se puede jugar”.
- “Yo quisiera saber dónde está escrito que faltar el respeto a los símbolos caros a los sentimientos de país y de unidad son muestras de arte admirables”.
- “Sepan que es Tucumán una tierra de gente donde por sus venas corre sangre patriota y de independencia”.
Son decenas y decenas de comentarios que apuntan en el mismo sentido. La terminología se repite; símbolo, Patria, mancillar, respeto. Es, básicamente, una exigencia de orden. Nadie desliza el hecho de que la Casa Histórica fue demolida en el siglo XIX y lo que hoy se ve -a excepción del salón de la jura- es una réplica. Seguramente porque la abrumadora mayoría de los tucumanos -y ni hablemos del resto de los argentinos- lo sabe. Esto no le quita ni un milímetro de representatividad a la Casa ni a su condición de Monumento Histórico Nacional, pero sí conduce a un elemento clave, que cruza este episodio de punta a punta: la cultura. O mejor dicho, la carencia de ella.
Sin formación de nuevos públicos no florecerán ni el teatro, ni la música, ni el universo de la creación audiovisual, y mucho menos el arte, cuya apreciación requiere de un mínimo de herramientas intelectuales. Tucumán se debe un mecanismo capaz de ensanchar la base de la pirámide, facilitando el acceso del público a toda clase de expresiones artísticas. Es un ejercicio de educación imprescindible para abrir cabezas. La contracara es ese proceso que une incomprensión con intolerancia y, finalmente, con violencia.
Un ejemplo. Más de un forista se preguntaba: si se trata de arte, ¿por qué no lo hacen en un museo? Tal vez a Tucumán le falten más intervenciones en el espacio público. Quien se acostumbra a toparse con esta clase de iniciativas las va internalizando y las acepta como novedosa y enriquecedora propuesta del paisaje urbano. Para eso hace falta que los artistas se apropien de la ciudad y ese sí que es un desafío.
“Nunca se tendrá un mundo tranquilo hasta que se extirpe el patriotismo en la raza humana”, decía el escritor George Bernard Shaw. La historia demuestra que ese ultranacionalismo grosero y chauvinista es el huevo de la serpiente. Pero hay una patria real, de todos los días, de nombres y de rostros, que es la que suele ignorarse y a la que se refirió el Papa el 9 de julio pasado.
“Quiero estar cerca de los que más sufren: los enfermos, los que viven en la indigencia, los presos, los que se sienten solos, los que no tienen trabajo y pasan todo tipo de necesidad, los que son o fueron víctimas de la trata, del comercio humano y explotación de personas, los menores víctimas de abuso y tantos jóvenes que sufren el flagelo de la droga. Todos ellos llevan el duro peso de situaciones, muchas veces límite. Son los hijos más llagados de la Patria”, escribió Francisco.
En cuanto a las redes sociales, Umberto Eco tenía las cosas muy claras cuando despotricaba contra la “democratización de la opinión”. “El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”, subrayaba Eco, meneando la cabeza y encogiéndose de hombros. Sabía que es un terreno en el que no hay vuelta atrás.
Esto se escribió en el foro de lectores de LA GACETA con motivo de la intervención artística del cordobés Res en la puerta de la Casa Histórica:
- “A nuestra nación nos costó muchísimo tener la independencia y lo que esta casa representa, para que venga un iluminado a degradar nuestro emblema de libertad”.
- “No puede ser que cualquier extraviado haga lo que se le da la gana con nuestros símbolos de libertad”.
- “Hay que limpiar la Casa Patria de toda la basura y mamarracho que la desfigura”.
- “Aquí corresponden hacer dos cosas: darle una medalla por su patriotismo y coraje cívico al comerciante, y despedir inmediatamente al director o directora de la Casa Histórica por permitir que se mancille un símbolo patrio”.
- “La Cuna de la Independencia es un símbolo muy propio y sagrado, con el cual no se puede jugar”.
- “Yo quisiera saber dónde está escrito que faltar el respeto a los símbolos caros a los sentimientos de país y de unidad son muestras de arte admirables”.
- “Sepan que es Tucumán una tierra de gente donde por sus venas corre sangre patriota y de independencia”.
Son decenas y decenas de comentarios que apuntan en el mismo sentido. La terminología se repite; símbolo, Patria, mancillar, respeto. Es, básicamente, una exigencia de orden. Nadie desliza el hecho de que la Casa Histórica fue demolida en el siglo XIX y lo que hoy se ve -a excepción del salón de la jura- es una réplica. Seguramente porque la abrumadora mayoría de los tucumanos -y ni hablemos del resto de los argentinos- lo sabe. Esto no le quita ni un milímetro de representatividad a la Casa ni a su condición de Monumento Histórico Nacional, pero sí conduce a un elemento clave, que cruza este episodio de punta a punta: la cultura. O mejor dicho, la carencia de ella.
Sin formación de nuevos públicos no florecerán ni el teatro, ni la música, ni el universo de la creación audiovisual, y mucho menos el arte, cuya apreciación requiere de un mínimo de herramientas intelectuales. Tucumán se debe un mecanismo capaz de ensanchar la base de la pirámide, facilitando el acceso del público a toda clase de expresiones artísticas. Es un ejercicio de educación imprescindible para abrir cabezas. La contracara es ese proceso que une incomprensión con intolerancia y, finalmente, con violencia.
Un ejemplo. Más de un forista se preguntaba: si se trata de arte, ¿por qué no lo hacen en un museo? Tal vez a Tucumán le falten más intervenciones en el espacio público. Quien se acostumbra a toparse con esta clase de iniciativas las va internalizando y las acepta como novedosa y enriquecedora propuesta del paisaje urbano. Para eso hace falta que los artistas se apropien de la ciudad y ese sí que es un desafío.
“Nunca se tendrá un mundo tranquilo hasta que se extirpe el patriotismo en la raza humana”, decía el escritor George Bernard Shaw. La historia demuestra que ese ultranacionalismo grosero y chauvinista es el huevo de la serpiente. Pero hay una patria real, de todos los días, de nombres y de rostros, que es la que suele ignorarse y a la que se refirió el Papa el 9 de julio pasado.
“Quiero estar cerca de los que más sufren: los enfermos, los que viven en la indigencia, los presos, los que se sienten solos, los que no tienen trabajo y pasan todo tipo de necesidad, los que son o fueron víctimas de la trata, del comercio humano y explotación de personas, los menores víctimas de abuso y tantos jóvenes que sufren el flagelo de la droga. Todos ellos llevan el duro peso de situaciones, muchas veces límite. Son los hijos más llagados de la Patria”, escribió Francisco.
En cuanto a las redes sociales, Umberto Eco tenía las cosas muy claras cuando despotricaba contra la “democratización de la opinión”. “El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”, subrayaba Eco, meneando la cabeza y encogiéndose de hombros. Sabía que es un terreno en el que no hay vuelta atrás.
Lo más popular








