Los accidentes viales siguen siendo unos de los mayores problemas de nuestra sociedad. Como ya hemos consignado en reiteradas oportunidades desde estas columnas, no corresponde referirnos a “accidentes de tránsito” pues, en la amplia mayoría de los casos, son hechos prevenibles, no accidentales, que lamentablemente vuelven a reiterarse año tras año. Y las estadísticas son realmente alarmantes. En su “Análisis de la siniestralidad vial en la Argentina”, entre 2014 y 2015, el Instituto de Seguridad y Educación Vial ha publicado conclusiones que inquietan. El Plan Mundial de la Década de la Seguridad Vial (2011-2020) tiene como objetivo central la reducción del 50% de ese tipo de mortalidad, pero -como se puede concluir de una simple comparación de datos estadísticos- todo indica que no alcanzaremos el fin propuesto. Por el contrario, todo tiende a agravarse. De hecho, en 2015, el índice de siniestralidad vial grave (hechos que como mínimo reconocen un lesionado fracturado) se incrementó 19,7% respecto de 2014; el de mortalidad vial, 7,7%, y el de morbilidad vial, es decir, los lesionados graves en siniestros de ese tipo, 8,8%.
Por eso, nos urge como sociedad luchar contra este flagelo para reducir los índices de muertes y lesiones. Y para ello se requiere un accionar conjunto y coordinado que permita abordar la problemática simultáneamente desde distintas aristas. Una de ellas, es la educación. Salvo contadas excepciones, en los conductores tucumanos es notable el desprecio por las normas elementales que rigen la convivencia, la desconsideración para con los demás y el egoísmo respecto de los espacios comunes. La responsabilidad parecería ser siempre ajena, mientras que nadie se hace cargo de la desaprensión y de los errores propios. Por eso los expertos ratifican que no basta conducir correctamente. También es necesario respetar el espacio común, ese que involucra al prójimo y que exige, sobre todo, respeto.
En este sentido es digna de elogio la iniciativa del municipio de Yerba Buena, que incorporó la figura de los educadores viales. En una nota que publicamos días atrás, el intendente, Mariano Campero, explicó que seleccionaron, tras un examen, estudiantes terciarios y universitarios de la ciudad, quienes cumplirán labores como auxiliares de tránsito. Se trata de 40 jóvenes, de entre 25 y 28 años, que necesitan una ayuda económica para continuar con sus estudios. Por ello, a cambio de su prestación, recibirán remuneración de $ 3.000. Su contratación se encuadra en la figura de beca de ayuda social. A través de estos becarios, la intendencia apuesta a generar educación vial en los establecimientos educativos, no sólo organizando el tránsito -que a la entrada y salida se vuelve por demás caótico-, sino también formando a los niños en todo los concerniente al tránsito. Con esta iniciativa se procura participar en la formación integral del individuo, contribuyendo a incorporar a su comportamiento, desde la niñez, principios de autoconducción y de participación responsable, sentimientos de respeto por su integridad física y la de sus semejantes.

Además se busca transmitir el respeto por sus bienes y los ajenos, circunstancias que, hoy en día, se encuentran en riesgo en nuestra sociedad a causa de la conducta incivil de muchos tucumanos. Por eso, es de desear que esta iniciativa sea replicada en otros municipios, a fin de que la siniestralidad vial comience, de una vez por todas, a bajar. Insistimos: la necesaria concientización sobre este drama es un paso imprescindible para que la exigencia de cambios dé paso a resultados concretos.








