El cobro compulsivo de servicios no solicitados

LA  GACETA
Por LA GACETA 16 Marzo 2016
Recientemente, nuestra información policial dio cuenta de cierto incidente callejero acaecido en Las Piedras y San Luis. Al salir de un bar, una persona se encontró con que un “trapito” le exigía pago por haber “cuidado” su motocicleta. Cuando se negó al requerimiento, al encontrar que habían ensuciado el vehículo en su ausencia, el “trapito” quiso agredirlo físicamente. El episodio hace oportuno un comentario respecto a esa legión que pulula en torno a los vehículos, reclamando pagos, muchas veces en forma violenta, por servicios que no les fueron solicitados y que se desarrollan al margen de todo control.

Cuando se quiere abordar un taxi en las paradas, aparece corriendo alguien que aferra la puerta, la abre y extiende la mano para recibir dinero. Si no se lo entrega, el pasajero se arriesga a un incidente. En las esquinas con semáforos, el conductor que aguarda paso se ve enfrentado a una persona que empieza a enjabonar el parabrisas de su auto, operación que prosigue sin importarle que se lo intime a detenerla. No entregar dinero a cambio de este servicio compulsivo, tiene como consecuencia airados insultos, a veces subrayados por un raspón en la carrocería.

El que pone en marcha su auto para salir del estacionamiento en la calle, es detenido rápidamente por alguien que se acerca a cobrarle. Algunas veces el cobro parece autorizado, ya que deja un recibo. Pero por regla general no hay recibo alguno, ni letrero que advierta que el estacionamiento sea oneroso. Todo indica que está forzado a satisfacer un “honorario” que alguien se atribuye, arbitrariamente, por “cuidar” del vehículo.

Obvio es decir que estas modalidades, tan injustas como singulares, constituyen un abuso y un foco generador de enconadas discusiones, que a veces concluyen a golpes. Nos parece que se trata de algo que merecería instalarse en la agenda de preocupaciones de la autoridad municipal. No solamente la de esta capital, sino también la de Yerba Buena, donde los casos idénticos son frecuentes.

Una elemental mirada al asunto, indica la necesidad de reglamentar en qué lugares corresponde pago por estacionar y quiénes están habilitados para cobrar, así como la fijación de una tarifa y la obligación de entregar recibo. Al mismo tiempo, se debiera impedir que quien toma un taxi se vea compelido a pagar a quien le abre la puerta sin pedido previo; o que el conductor de un auto se halle forzado a aceptar, y a pagar, una limpieza de parabrisas ejecutada, por lo general, en contra de su explícita voluntad.

Se trata de modalidades irritantemente compulsivas que ha adoptado la mendicidad callejera estos últimos años, y cuyo crecimiento y diversificación son ya alarmantes. La autoridad puede y debe controlar tales desbordes. Ellos contribuyen a desordenar la vida cotidiana de la ciudad, y crean injustas molestias a sus habitantes. Hay que notar que “abrepuertas” y “trapitos” no son ancianos ni incapacitados, sino personas jóvenes, perfectamente aptas para trabajar, que han encontrado una fácil manera de recibir dinero sin razón y manejándose con prepotencia en muchos casos.

Es hora, nos parece, de que este tan particular rubro se encuadre en un orden razonable, y deje de ser una auténtica molestia para vecinos y para visitantes.

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