15 Febrero 2004 Seguir en 
En los años 70, a los organismos de inteligencia se los acusaba de macartistas y de perseguir al vecino. En los 80 pasaron a ser ineficaces, seres retardatarios, quedados en el tiempo: eran la famosa "mano de obra desocupada". En los 90 se transformaron en los maleteros de la nueva economía, el lleva y trae del menemismo. En ese tiempo, por ejemplo, cada que vez que se mencionaba a la SIDE (ahora SI -Secretaría de Inteligencia-, según la ley 25.520, de 2001) prácticamente sólo se hablaba de los fondos reservados y de las misteriosas partidas de seis dígitos que se anotaban en servilletas con rouge.
En este nuevo siglo, el de las Torres Gemelas, mientras el mundo caza terroristas y no tanto, a los espías argentinos los acusan de coimeros y de financiar leyes viciadas. Por esto último está procesado el ex Señor 5, Fernando de Santibañes, el maletero, en este caso, de Fernando de la Rúa. Pero poco se habla acerca de a qué o a quiénes vigilan los espías. Se sabe que las fuerzas militares de inteligencia encabezan la lista de agentes mejor organizados y entrenados del país, además de la vieja SIDE o nueva SI, y de los sabuesos de la Policía Federal. Sin embargo, en tiempos del teniente general Martín Balza, cuando el jefe de Inteligencia del Ejército era el general Jorge Pedro Miná, se comprobó que varios espías verde oliva trabajaron en el encubrimiento del crimen del soldado Omar Carrasco. Y también, que la inteligencia del Ejército se infiltró en la Justicia y en el periodismo cordobés para seguir los pasos de la causa contra los represores de los años de plomo. Estos son apenas dos escándalos de los varios que trascendieron. La inteligencia militar, en vez de entender en cuestiones de Estado, como Malvinas, los atentados, la llamativa carrera armamentista chilena o la triple frontera narcoterrorista, se ocupa de tapar la trágica y vergonzosa fiestita de Zapala, que le costó la vida al chico Carrasco, o de distorsionar las barbaridades de un Gobierno que enmudece a un auditorio judicial en cualquier país del mundo.
En Tucumán, los espías también se pisan los cordones, los suyos y los nuestros, mientras los delincuentes corren una carrera sin obstáculos. El incidente ocurrido en la sede del Partido Socialista Popular el martes pasado, cuando un comisario visitó el local mientras se realizaba una asamblea con dirigentes políticos de distintos partidos opositores, abre un debate postergado.
Los ex legisladores Rodolfo Succar y Gumersindo Parajón entendieron que el jefe de la seccional 2a, Antonio Sacarías Rodríguez, al visitar la sede en medio de una reunión donde se discutían temas que molestan al Gobierno, tuvo una actitud que osciló entre el espionaje político y la intimidación. Tal vez sí, tal vez no. Pero es extraño que un hombre que llegó a comisario sea tan ingenuo como para irrumpir uniformado a una célula de políticos con probada experiencia. Además, es probable que ni Succar ni Parajón ignoren que entre las manos que se levantaron esa noche en la asamblea podría haber habido al menos dos que pertenecían al D2, la inteligencia policial. El mismo D2 que marcha con los piqueteros, que va a la huelga con los gremios, que protesta con los universitarios y que monta operativos mediáticos. Y que, por supuesto, discute y vota en las muchas reuniones de los partidos políticos.
Es cierto que a muchos espías locales, como a sus socios federales, les queda suelto el uniforme de Inteligencia y vigilan más al vecino que a los verdaderos delincuentes, pero del mismo modo es cierto que los servicios también caminaron los últimos veinte años de ensayos democráticos. Si el comisario Rodríguez estaba haciendo "inteligencia" en la casa Socialista, como dicen los ex legisladores, o bien es un retardatario, de esos que pensaban que la independencia se ganaba con operativos, o bien estaba haciendo ruido como el tero, que pone el nido aquí y grita más allá. O tal vez Rodríguez dice la verdad y sólo fue a saludar. Lo que es seguro es que donde más inteligencia realiza cualquier Gobierno tucumano no es en el Partido Socialista, sino en las entrañas del justicialismo, donde está la verdadera oposición, desde hace ya bastante tiempo.
En este nuevo siglo, el de las Torres Gemelas, mientras el mundo caza terroristas y no tanto, a los espías argentinos los acusan de coimeros y de financiar leyes viciadas. Por esto último está procesado el ex Señor 5, Fernando de Santibañes, el maletero, en este caso, de Fernando de la Rúa. Pero poco se habla acerca de a qué o a quiénes vigilan los espías. Se sabe que las fuerzas militares de inteligencia encabezan la lista de agentes mejor organizados y entrenados del país, además de la vieja SIDE o nueva SI, y de los sabuesos de la Policía Federal. Sin embargo, en tiempos del teniente general Martín Balza, cuando el jefe de Inteligencia del Ejército era el general Jorge Pedro Miná, se comprobó que varios espías verde oliva trabajaron en el encubrimiento del crimen del soldado Omar Carrasco. Y también, que la inteligencia del Ejército se infiltró en la Justicia y en el periodismo cordobés para seguir los pasos de la causa contra los represores de los años de plomo. Estos son apenas dos escándalos de los varios que trascendieron. La inteligencia militar, en vez de entender en cuestiones de Estado, como Malvinas, los atentados, la llamativa carrera armamentista chilena o la triple frontera narcoterrorista, se ocupa de tapar la trágica y vergonzosa fiestita de Zapala, que le costó la vida al chico Carrasco, o de distorsionar las barbaridades de un Gobierno que enmudece a un auditorio judicial en cualquier país del mundo.
En Tucumán, los espías también se pisan los cordones, los suyos y los nuestros, mientras los delincuentes corren una carrera sin obstáculos. El incidente ocurrido en la sede del Partido Socialista Popular el martes pasado, cuando un comisario visitó el local mientras se realizaba una asamblea con dirigentes políticos de distintos partidos opositores, abre un debate postergado.
Los ex legisladores Rodolfo Succar y Gumersindo Parajón entendieron que el jefe de la seccional 2a, Antonio Sacarías Rodríguez, al visitar la sede en medio de una reunión donde se discutían temas que molestan al Gobierno, tuvo una actitud que osciló entre el espionaje político y la intimidación. Tal vez sí, tal vez no. Pero es extraño que un hombre que llegó a comisario sea tan ingenuo como para irrumpir uniformado a una célula de políticos con probada experiencia. Además, es probable que ni Succar ni Parajón ignoren que entre las manos que se levantaron esa noche en la asamblea podría haber habido al menos dos que pertenecían al D2, la inteligencia policial. El mismo D2 que marcha con los piqueteros, que va a la huelga con los gremios, que protesta con los universitarios y que monta operativos mediáticos. Y que, por supuesto, discute y vota en las muchas reuniones de los partidos políticos.
Es cierto que a muchos espías locales, como a sus socios federales, les queda suelto el uniforme de Inteligencia y vigilan más al vecino que a los verdaderos delincuentes, pero del mismo modo es cierto que los servicios también caminaron los últimos veinte años de ensayos democráticos. Si el comisario Rodríguez estaba haciendo "inteligencia" en la casa Socialista, como dicen los ex legisladores, o bien es un retardatario, de esos que pensaban que la independencia se ganaba con operativos, o bien estaba haciendo ruido como el tero, que pone el nido aquí y grita más allá. O tal vez Rodríguez dice la verdad y sólo fue a saludar. Lo que es seguro es que donde más inteligencia realiza cualquier Gobierno tucumano no es en el Partido Socialista, sino en las entrañas del justicialismo, donde está la verdadera oposición, desde hace ya bastante tiempo.







