Oportunidad

Las expectativas de consumo frente a la suba impositiva.

12 Febrero 2004
Este tiempo de la poscrisis instaló en el país una nueva normalidad. Las mejoras de las variables económicas, tras el impacto de la devaluación y la caída de 2001-2002, y un largo período de incertidumbre, trajeron aparejados criterios, hábitos y vinculaciones novedosas con la realidad social que está en pleno proceso de construcción. De ese reacomodamiento de los argentinos para entender el mundo y las cosas propias, la relación con la política refleja un ánimo pendular y contradictorio. En el plano de la economía y, particularmente en las cuestiones de consumo, los índices de confianza de los consumidores y de los ahorristas permiten analizar tendencias y comportamientos más terrenos, probablemente menos volátiles.Una constatación evidente es que desde buena parte de 2003 y en estos primeros meses de 2004, la reactivación general de la economía empuja un crecimiento de la confianza de los consumidores. En esa línea, las familias se orientan a la búsqueda de esa nueva percepción de lo que puede considerarse normal en el país, tras la gran depresión. Y esa normalidad se decanta hacia una tendencia de consumo más tonificado, menor intención en la capacidad de ahorro y una decisión de gastar una canasta tipo, según un estudio de expertos. El fenómeno es, sin embargo, desparejo, porque el ritmo de la recuperación y el comportamiento de las distintas variables económicas no son los mismos ni tienen la misma velocidad en todo el país. En Tucumán, una provincia fuertemente vinculada a los ciclos de sus principales producciones, la confianza del consumidor se muestra distinta que en el resto de los principales conglomerados de la Argentina, porque, en buena medida, es también distinto el nivel de reacción de su economía.
Un análisis elaborado por la fundación Mercado analiza que los índices de expectativa de consumo en Tucumán -medido en enero pasado- giran en torno del 53,2%, contra el 61,6% de Bahía Blanca, el 63,1% de Córdoba, el 59,3% de Mendoza o el 55,6% de la Capital Federal o el 58,4% de Neuquén. En los índices de confianza de los ahorristas, nuestra provincia también figura rezagada en relación con otros distritos. Aparecen valores del 33,5%, mientras que en otros grandes centros de actividad, el promedio está por arriba del 34%, aunque algunos están ligeramente más bajos. Iguales evidencias aparecen en los datos sobre los niveles de confianza de las familias: Tucumán tiene 35,9%, mientras que Bahía Blanca, Córdoba o el Gran Buenos Aires revelan informes superiores al 40%.
Estas referencias están mostrando que, mayoritariamente, los tucumanos gastan sólo lo necesario y que, en gran medida, el consumo por estos lares sigue atado a lo básico. Es cierto que son mejores momentos y que hay una perspectiva de estabilidad, más chances en la economía y un buen comportamiento del Estado. Pero es igualmente real que la amplia franja de desclasados que ocupan entre el 50 al 60% de la población tiene necesidades básicas insatisfechas y a duras penas se acerca al supermercado o al almacén.
Se sabe que muchos tucumanos hacen sus compras en los barrios; a veces hasta tres veces por día, porque sólo pueden adquirir fracciones de un producto.
Por eso, la decisión del Gobierno de impulsar una canasta de primera necesidad con valores uniformes, destinada a cubrir la demanda de consumidores de bajo poder adquisitivo, pareció adecuada -no suficiente- para atender una parte de esta deficiencia estructural.
Pero la política centrada en aumentar la carga impositiva -así como está- antes que una decidida estrategia para combatir la evasión y la pronta eliminación de los impuestos distorsivos va en el sentido opuesto. Con el fantasma del faltante de gas planeando sin una solución en vista, un aumento en la estructura de costo de las empresas y en el manejo de la economía familiar sólo podría entenderse si sirve para resolver el cuadro de emergencia casi crónica en el que prácticamente se encuentra la provincia. No debería agregarse incertidumbre a una mejor oportunidad.

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