Es el mediodía del último viernes de enero. Entre el oprobio del termómetro y el cotilleo obligado sobre el "impuestazo" inmobliario que decretó el Gobierno provincial, la sensación térmica entre los contribuyentes que se apiñan en la Dirección Municipal de Rentas se asemeja a la del suelo marciano. De pronto, una mujer que lleva una alcancía en la mano (es un caballito de barro) empieza a gritar: "voy a tener que romper el caballito donde tengo todos mis ahorros para poder pagar lo que me están cobrando". Primero, no la dejan romper la alcancía en el local porque evalúan que el desparramo de monedas sería incontenible. Finalmente, la dejan. Entonces, sobre una mesa tintinean y refulgen doscientas monedas, producto del hábito perdido del ahorro. El gesto de la mujer despierta entre el público algunas sonrisas socarronas: es la reacción de una persona desvariada, parecen decir. Sin embargo, ese gesto tan público en el corazón de la sede tributaria de la Municipalidad es un enunciado político (que proclama: "tengo que deshacerme de mis ahorros para pagarle al Estado") al estilo de los anarquistas que apelaban a los actos de acción directa. O, más próximo en el tiempo, a la actuación "económico-actoral" de Nito Artaza, quien se ganó el corazón de los ahorristas y que, desde entonces, coquetea entre el varieté de las plumas y el de la política partidaria.
El reclamo de la mujer de la alcancía parece exótico en una sociedad cuyo gobernador dice que por ahora no quiere hablar de política. Y que, según algunas encuestas, tampoco quiere saber nada con "la política". Un sondeo que hizo para LA GACETA la consultora Sociología y Mercado muestra que el 61% de los tucumanos no participa en actividades públicas de ninguna índole. Y que, entre los que participan, el 33,3% lo hace en organizaciones religiosas; el 25% trabaja en clubes deportivos y apenas el 8,6% opera en ámbitos solidarios. Idéntico magro porcentaje dice pertenecer a algún partido político.
Esos datos muestran que los tucumanos son esquivos al compromiso con lo público. Y reflejan que comparten las conclusiones de otra investigación, esta vez realizada por el Centro de Estudios para la Participación y la Equidad (Cippec) comandado por el singular empresario Francisco de Narváez, que se dedica a analizar cuestiones de políticas públicas. Hace un par de años, el Cippec hizo un relevamiento de todas las ONG que participan en el diseño y en la ejecución de políticas públicas. Los expertos se sorprendieron, ya que en Tucumán encontraron, comparativamente, mucha menos participación ciudadana que en Jujuy y que en Ushuaia. En el directorio de ONG que finalmente hizo el Cippec (ver en www.cippec.org),Tucumán aporta apenas 10, algunas de ellas sólo estrellas fugaces.
Construir poderHace 25 siglos, en Atenas, Aristóteles entendió la libertad como la participación de los ciudadanos en los asuntos de la polis. Así sigue siendo. Y si bien es cierto que "el que se quema con leche, ve una vaca y llora", no es menos cierto que la política implica la construcción del poder. Y que no participar significa ceder a otros la posibilidad de construir modelos de poder no consensuados.
El gobernador Alperovich, que es un político de la imagen (consciente o intuitivamente), entabla con miles de tucumanos una relación más apoyada en los afectos y en las emociones que en la racionalidad argumentativa: a la posibilidad del debate, él le opone el beso, el abrazo, la permanente situación de juego.
Así, logra la complicidad de una comunidad que -como los chicos- prefiere jugar y ser relevada de la toma de decisiones. Sin embargo, si hay un correlato entre la evolución de una persona y la de una sociedad, a nadie escapa que una persona adulta es aquella que es capaz de tomar decisiones racionales en función del destino que haya proyectado para sí. Con las comunidades pasa lo mismo: si no se construyen desde la racionalidad, desde la discusión de su destino, nunca dejarán de gatear.







