El eterno drama de los baldíos

Una muestra de la indiferencia con que los ciudadanos tratamos a nuestro hábitat: la ciudad.

01 Febrero 2004
Abandono es sinónimo de indiferencia. Es similar al "no me importa" y primo hermano de la desidia. Por eso, que una sociedad tenga sectores donde predomina el abandono, habla de lo mal que se encuentra la comunidad. La proliferación de alacranes, de moscas y de todo tipo de alimañas en los más de 7.000 baldíos desparramados por toda la ciudad, es sólo un ejemplo del abandono que existe. El problema no es nuevo. Lleva años instalado en la provincia; pero, justamente por eso, las consecuencias son aún mayores. No sólo resulta una complicación grave para los vecinos que habitan cerca de ese baldío, sino también para el resto de la población. De esos baldíos, en los que la maleza semeja bosques y las alimañas son como gatos, también proliferan virus e insectos que transmiten enfermedades de graves consecuencias sociales, por ejemplo: el dengue. Más aún: si se tiene en cuenta que el calor tucumano es más que apropiado para la multiplicación de las bacterias, el problema pasa de castaño a oscuro.
Por esta razón, tanto las autoridades provinciales como municipales deberían organizarse para que los baldíos abandonados dejen de ser una amenaza -en muchos casos mortal- para los vecinos. Una de las funciones indelegables del Estado es, justamente, bregar para que el pueblo tenga una mejor calidad de vida. Entonces, si no existe actualmente infraestructura para limpiar los 7.000 baldíos abandonados, al menos debería usarse la imaginación y encontrar una solución que permita salir del paso lo más pronto posible. Tanto en Casa de Gobierno como en la sede municipal existen asesores que podrían trabajar específicamente con este problema. Claro que la mayoría de los terrenos sin cuidar pertenecen a contribuyentes que no se ocupan del mantenimiento. Entonces, el Estado debería cumplir el rol de contralor y exigir o multar a los propietarios que no cumplen con la limpieza de los baldíos. De igual modo, debería castigar a los inescrupulosos que usan esos terrenos para depositar toneladas de basura recogida en distintos barrios. Este tipo de tareas debe ser ejercida por los funcionarios. Ningún vecino puede cumplirlas en su lugar. Por otra parte, los vecinos deberían colaborar denunciando a aquellos que transgreden las normas sanitarias y arrojan desperdicios en los lugares abandonados. En definitiva, se trata de cuidar nuestra ciudad de la misma manera en que cuidamos y limpiamos nuestras casas. Nadie quiere vivir en medio de la inmundicia, ni tener como vecinos a unos molestos y muchas veces mortales alacranes. Los cuidados que requiere la sociedad son bien conocidos. Sin embargo, el descuido voluntario de estos y otros aspectos, igualmente importantes, necesariamente afecta el funcionamiento de todo el conjunto de la sociedad. Por eso, es imposible pensar en preocuparse de lo que ocurre en el exterior, cuando somos incapaces de cuidarnos a nosotros mismos. Una vez más, el ejemplo, tanto de los funcionarios como de cada uno de los integrantes de la comunidad, constituye el punto fundamental para la transmisión de valores. ¿Cuál es el resultado de la conciencia de este valor? En principio, la solidaridad que debemos a nuestros semejantes. Tal vez no está en las posibilidades de cada persona acudir al sitio de una catástrofe, pero sí puede contribuir en la protección de la comunidad. Paralelamente, surge el respeto por las personas y por la naturaleza, que son inseparables y que se relacionan entre sí. Dicho de otra manera, representa el compromiso personal por servir a los demás, procurando espacios limpios que faciliten un modo de vida digno para todos. No sólo para los que habitan en la provincia, sino también para aquellos que este verano decidieron pasar sus vacaciones en Tucumán y que a veces debieron salir corriendo, porque se encontraron con un alacrán entre las sábanas de su cama.

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