BUENOS AIRES.- Prueba y error, ensayo y definición. Varios gestos producidos por el gobierno de Néstor Kirchner parecen comenzar a marcar -ahora sí con más nitidez- el rumbo insinuado al anticipar su administración.
Tal vez alejándose un poco de los compromisos políticos que asumió y que le permitieron llegar al sillón de Rivadavia, un poco más seguro en sí mismo, y algo más convencido de la necesidad de dejar atrás ciertos espacios grises, Kirchner produjo un par de acciones que tuvieron singular contundencia.
El primero, y probablemente más significativo, fue el de avalar no sólo la anulación del contrato firmado por una empresa privatizada de capitales franceses, sino lo que fue mucho más importante considerado desde el punto de vista estratégico, reestatizar el servicio que explotaba esa compañía.
Después, emprendió un viaje a un país socio natural de la Argentina, que aunque esté momentáneamente gobernado por un hombre con el que debe mantener fuertes diferencias ideológicas, en definitiva es el que ha venido impulsando de alguna manera avales para el país al encarar cruciales negociaciones financieras internacionales.
El camino de la madurez
Mejor plantado sobre sus pies que en la primera visita a España -en el marco de una turbulenta gira europea- y con un altísimo nivel de popularidad, el Presidente tal vez esté comenzando a avanzar hacia el camino de la madurez: pegó donde hubo que pegar y concilió con quien tenía que conciliar.
Con la francesa Thales fue durísimo: la compañía explotaba un área de vital importancia estratégica económica y hasta política, que casi desde la oscuridad -pocas veces aparecía ese nombre en los medios- manejaba nada menos que la concesión de espacios radioeléctricos, con una cuota de poder real que el propio Estado había cedido.
Kirchner cumplió con su promesa al asumir la Presidencia: los servicios públicos fundamentales tendrán que cumplir efectivamente esa función, y no podrán estar al servicio de intereses particulares.
El ejemplo fue contundente: ahora las privatizadas saben a qué atenerse. Y Aguas Argentinas está hoy en la mira, como más adelante podrán estarlo otras compañías que tampoco cumplan correctamente con los compromisos asumidos.
Con semejante antecedente, Kirchner se reunió en Madrid con los representantes de las principales empresas que también explotan servicios vitales en la Argentina. En su primer encuentro, en mayo pasado, los "puso a parir", como reveló el poderoso líder del principal ente que agrupa a los dueños del capital español, José María Cuevas.
En aquella oportunidad se vio un Kirchner casi nervioso, casi prepotente, pero que tenía la urgencia de "marcar territorio": hoy, con el territorio que ya comienza a definirse con trazos más claros, tuvo mayor serenidad para dialogar con esos hombres que reconocieron en él a un político decidido a ir para adelante con sus propósitos. La respuesta fue de respeto y de promesas de hacer buena letra incrementando las inversiones.
Al fin y al cabo, todas ellas han hecho negocios enormemente redituables, aunque hayan llorado lágrimas de cocodrilo con el default. Las empresas también habrán razonado sobre si realmente vale la pena seguir tirando de la cuerda, bajo la amenaza de perder -como ya le pasó a Thales, un caso distinto al del Correo Argentino- una oportunidad inmejorable para seguir ganando dinero.
Kirchner regresa satisfecho de su visita a España y probablemente con la enseñanza de que más valen los hechos que las palabras; más las decisiones firmes que las bravuconadas; más la convicción que los enunciados.
Y vuelve a una realidad que sigue siendo dura para muchísimos argentinos que esperan más, mucho más aún, de su administración.
Más política económica de crecimiento real, más política de empleo, menos política especulativa en busca de generar una base partidaria de sustento que careció al asumir, pero que no necesitará si sigue imponiendo el sentido común a las "roscas" intestinas muy alejadas del interés general y del bien común. (DyN)







