31 Enero 2004 Seguir en 
La explosión del turismo interno que por estos días vive la Argentina, no sólo es producto de un cambio en las reglas del juego económico. También es parte de una política nacional que apunta a fomentar los viajes dentro de la Argentina. Esto, sin dudas, benefició al interior del país, más que a la capital. Tucumán, por ejemplo, recibió un aluvión inusitado de visitantes, que hicieron olvidar aquella vieja tradición de que a la provincia sólo se puede venir en invierno. Esto, por supuesto, es auspicioso. El turismo no sólo genera ganancias genuinas, sino que posibilita el engrandecimiento de una ciudad ya que obliga a realizar mejoras para poder atender más convenientemente a los viajeros. Las cifras oficiales indican que la cantidad de turistas que visitaron los principales centros del país supera el medio millón, lo que a juicio de la Secretaría de Turismo de la Nación podría ser considerado un verdadero récord.
Informes provenientes de Mar del Plata, Córdoba, Bariloche, Mendoza, Salta y Tucumán dieron cuenta de un constante movimiento de viajeros entre los que se vieron, además de argentinos, chilenos, brasileños, peruanos, uruguayos y, en el caso de los Valles Calchaquíes, también europeos y asiáticos. El turismo ha sufrido una conversión. Ya no es expulsivo, sino que ahora el grueso de los viajeros decide quedarse en el país.
Pero, como sucede con la mayoría de las cosas, este auge tiene su lado oscuro. Sólo basta observar lo que sucede en San Pedro de Colalao, Tafí del Valle, Cafayate o Amaicha del Valle para comprobar que no todo lo que brilla es oro. Y es que la invasión de turistas no sólo copó la capacidad hotelera en todas las villas turísticas, sino que los prestadores de servicios se vieron totalmente desbordados. Restaurantes que no pueden atender todas las demandas, campings que no tienen la infraestructura adecuada, caminos en mal estado y, sobre todo, atención deficiente, pueden llegar a transformar este éxito turístico en un verdadero fiasco.
Por eso va siendo tiempo que las autoridades pongan en marcha, de una buena vez, una política turística que apunte al desarrollo integral del sector. Con todo lo que esto significa. Y, en el diseño de este plan, habría que considerar especialmente que la esencia misma de la actividad reside en la prestación de servicios; fundamentalmente, a una clientela que, de antemano, espera una esmerada atención. No cabe duda que esta circunstancia, junto con la formación técnica del trabajador, exige un mayor esfuerzo de formación e incluso de educación personal. También debería contemplarse el caso del llamado "turismo gasolero", es decir, aquellas personas que viajan con poco dinero y que generalmente se instalan en campings y hosteles. Para ellos, también debería haber servicios apropiados y dignos que hoy prácticamente no existen en la provincia. Salta, por ejemplo, está a punto de poner en marcha un plan de desarrollo turístico que aplicó exitosamente un pueblo japonés llamado Oita y que transformó varios pueblos rurales en polos de alto desarrollo. Como se ve, la política es el fundamento de la organización turística. En ella se apoya la creatividad estratégica que es el basamento de las realizaciones concretas. Si hay una dirección, seguramente habrá una llegada, un puerto adonde arribar. Claro que, para alcanzarlo, hay que hacer hincapié en la interacción que debe existir entre las instituciones educativas, el Gobierno, las empresas y organizaciones empresariales y profesionales.
Informes provenientes de Mar del Plata, Córdoba, Bariloche, Mendoza, Salta y Tucumán dieron cuenta de un constante movimiento de viajeros entre los que se vieron, además de argentinos, chilenos, brasileños, peruanos, uruguayos y, en el caso de los Valles Calchaquíes, también europeos y asiáticos. El turismo ha sufrido una conversión. Ya no es expulsivo, sino que ahora el grueso de los viajeros decide quedarse en el país.
Pero, como sucede con la mayoría de las cosas, este auge tiene su lado oscuro. Sólo basta observar lo que sucede en San Pedro de Colalao, Tafí del Valle, Cafayate o Amaicha del Valle para comprobar que no todo lo que brilla es oro. Y es que la invasión de turistas no sólo copó la capacidad hotelera en todas las villas turísticas, sino que los prestadores de servicios se vieron totalmente desbordados. Restaurantes que no pueden atender todas las demandas, campings que no tienen la infraestructura adecuada, caminos en mal estado y, sobre todo, atención deficiente, pueden llegar a transformar este éxito turístico en un verdadero fiasco.
Por eso va siendo tiempo que las autoridades pongan en marcha, de una buena vez, una política turística que apunte al desarrollo integral del sector. Con todo lo que esto significa. Y, en el diseño de este plan, habría que considerar especialmente que la esencia misma de la actividad reside en la prestación de servicios; fundamentalmente, a una clientela que, de antemano, espera una esmerada atención. No cabe duda que esta circunstancia, junto con la formación técnica del trabajador, exige un mayor esfuerzo de formación e incluso de educación personal. También debería contemplarse el caso del llamado "turismo gasolero", es decir, aquellas personas que viajan con poco dinero y que generalmente se instalan en campings y hosteles. Para ellos, también debería haber servicios apropiados y dignos que hoy prácticamente no existen en la provincia. Salta, por ejemplo, está a punto de poner en marcha un plan de desarrollo turístico que aplicó exitosamente un pueblo japonés llamado Oita y que transformó varios pueblos rurales en polos de alto desarrollo. Como se ve, la política es el fundamento de la organización turística. En ella se apoya la creatividad estratégica que es el basamento de las realizaciones concretas. Si hay una dirección, seguramente habrá una llegada, un puerto adonde arribar. Claro que, para alcanzarlo, hay que hacer hincapié en la interacción que debe existir entre las instituciones educativas, el Gobierno, las empresas y organizaciones empresariales y profesionales.







