La lectura como cuestión de Estado

Hay que recrear el placer de leer en los argentinos y en especial en los niños.

29 Enero 2004
Según datos de la última Encuesta Nacional de Lectura realizada por el Ministerio de Educación de la Nación, el 90% de los argentinos lee sólo entre 15 y 20 minutos diarios o "de vez en cuando". Tres de cada diez argentinos no lee nunca y el 45% no leyó ningún libro durante el año que pasó. Tal vez por esta razón, que los niños y jóvenes lean cada vez menos no debería causar sorpresa. En realidad, los chicos no hacen más que seguir la conducta de los adultos. Si en la familia los adultos leen, los chicos también lo harán. Es precisamente en la primera década de la vida cuando las personas pueden adquirir este hábito. En esos diez años se tiene la oportunidad de asimilar para siempre el placer de leer como una necesidad consentida y deseada. Los pedagogos afirman que en los primeros años se aprende a disfrutar de la lectura y que, por lo tanto, hay que ser conscientes de que se trata de algo que se puede enseñar. Para ello es básico el núcleo familiar. Enseñar a leer es la asignatura que los padres deben transmitir a sus hijos, teniendo en cuenta siempre su carácter, motivación, apetencias e intereses. En definitiva, el reto es estimular la curiosidad por los libros. En su última visita a Tucumán, la escritora Ana María Shua le confesó a LA GACETA su particular visión sobre el desarrollo de esta actividad. Más que un hábito, la escritora dijo que la lectura debe ser una actividad placentera y opcional que no debería representar una obligación para el chico. "Debería darse en forma natural y espontánea", señaló. Nunca se debe obligar a leer, pero sí se puede (y debe) convertir en un hecho cotidiano. La clave radica en que acabe formando parte del tiempo de ocio, igual que ver la televisión o jugar.
Esta fue precisamente la razón por la que el Gobierno nacional lanzó el Plan de Lectura. El objetivo principal es generar una relación de placer con los libros, "el verbo leer no acepta imperativo, igual que el verbo amar; si los chicos sienten la lectura como una obligación no van a leer", subrayó el ministro de Educación, Daniel Filmus. De inmediato, comenzó la distribución de libros de cuentos de autores como Dolina, Fontanarrosa, Galeano, Sacheri y Soriano en la canchas de fútbol, en los hospitales y hasta en los ómnibus y en los subtes. Y, recientemente, se entregaron 650.000 libros en cuatro localidades de la costa, en el marco de una amplia campaña para fomentar el hábito entre grandes y chicos. Además, la Secretaría de Cultura porteña dispuso que los alumnos de esta ciudad conozcan, desde el jardín de infantes, la obra y la vida de Jorge Luis Borges. Una estrategia que, hasta el momento, no ha llegado a Tucumán y que debería ser tenida en cuenta. No sólo porque la lectura está en franca regresión en estas latitudes, sino porque existen serios impedimentos económicos para llegar o acceder al libro. Entonces, adherirse a esta campaña (que desde un primer momento se planteó en forma federal) es prioritario para que la sociedad tucumana suba unos peldaños en la escalera de la cultura. Los principales obstáculos para que salte esa chispa que enganche para siempre a los estudiantes tucumanos con los libros son los modelos de ocio que han heredado de sus padres; las tentaciones múltiples de la tecnología y, sobre todo, la falta de orientación y de medios en los colegios e institutos. Los datos sobre hábitos de lectura revelan que el principal reto en el fomento de la lectura no es familiarizar a los niños con los libros, sino evitar que se alejen de ellos al acercarse a la adolescencia. Está comprobado que los libros pierden su atractivo inicial a medida que los contenidos narrativos ceden terreno a las materias de estudio y a los textos más especializados. De allí que se necesite de un empujón adicional y, por eso, la puesta en vigencia del Plan Nacional de Lectura sería una buena herramienta en este sentido. La lectura como una cuestión de Estado es, entonces, la gran asignatura pendiente que tienen la provincia y la Nación. Se puede tener gusto por la lectura o no, pero leer no es una cuestión de gusto o afición, sino una necesidad verdadera, y sólo necesitamos percatarnos de ello. Miguel de Cervantes Saavedra llamaba a esto caer en la cuenta de que tenemos un ánima o unos adentros; es decir, una vida. Pero esta es breve y limitada. Por eso queremos vivir otras vidas, tener otros sentires. Y esto es lo que encontramos en los libros.

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