Dificultades en la política exterior

Debe haber una continuidad y previsibilidad en el contacto con la comunidad internacional.

28 Enero 2004
La política exterior de la Nación es el marco necesario de las relaciones económicas internacionales y constituye ineludiblemente otra de las llamadas políticas de Estado, concebidas mediante acuerdos consentidos entre los representantes de la sociedad. Ese condicionamiento asegura su continuidad y previsibilidad ante la comunidad internacional, más allá de los cambios de gobierno. Desde la restauración constitucional, pese a la afirmación del espíritu democrático en la ciudadanía, los sucesivos sectores políticos que se desempeñaron en el gobierno, no advirtieron la necesidad de contar con una política de Estado para las relaciones internacionales. Fue así como a los sucesivos cambios en la conducción de la República siguieron rumbos diferentes en esa gestión que provocaron desconfianza entre la comunidad de naciones, agravada por el endeudamiento histórico, que dio lugar a la declaración de insolvencia del Estado ante los acreedores. Especialmente a partir de la década de los 90 nuestra política exterior fue definida por la decisiones de un solo partido, el Justicialista, con excepción de la interrumpida gestión de la Alianza. A pesar de esa circunstancia, los cambios ulteriores fueron tan profundos como la exacerbación de los personalismos que afectaron al PJ, hasta el punto de supeditar esa política identificándosela con los sucesivos presidentes. Tal identificación personalista contrasta con las de nuestros vecinos, Brasil y Chile, donde la política exterior es del Estado y está caracterizada por su continuidad, a pesar de los diferentes partidos que se turnaron en el poder. Después de ocho meses de gestión no se advierte que el presidente Néstor Kirchner haya podido definir una orientación clara y confiable de la política exterior y, en consecuencia, las relaciones económicas y financieras internacionales se desenvuelven con dificultad, condicionadas por el corto y el mediano plazo. La presión de necesidades políticas internas en procura de consolidar el poder presidencial alcanzaría para justificar ese condicionamiento, si no fuera porque esas relaciones trascurren por cauces inapropiados de desavenencias y desconfianzas, impropias de una negociación sobre tan altos intereses. Lo coyuntural y lo táctico, a veces enemigos de lo estratégico, tienen en esas circunstancias una presencia paralizante que resta previsibilidad a nuestro país, por lo que deben desaparecer de los mensajes oficiales. Aun en los casos en que, como ocurre con algunas exigencias de funcionarios de organismos internacionales, se pretenden determinados comportamientos que no condicen con la notoria situación social y económica del país.
Como oportunamente definió el canciller Rafael Bielsa a propósito de nuestra política exterior, "la Argentina va a ser seductora sin necesidad de decirlo, si es un país serio y predecible, responsable y equitativo". Tan clara regla de juego se contradice con frecuentes declaraciones de otros sectores del gobierno al interferir con tono polémico y hasta destemplado en cuestiones propias del Presidente y la Cancillería, responsables inmediatos de la política exterior. Debería entenderse en esos casos que son los Estados soberanos los que se comprometen y no los ocasionales ejecutores de sus políticas. Las relaciones internacionales, fuertemente condicionadas tras la crisis de la Argentina, deben hacer culto de la prudencia, virtud ausente en esas incursiones políticas perturbadoras de los intereses genuinos de la República Argentina.
En ese sentido, el presidente Kirchner no dejará de advertir que buena parte de las dificultades en la negociación de importantes asuntos de orden externo proviene del estilo imprudente de voceros oficiales.

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