27 Enero 2004 Seguir en 
La piqueta y la desaprensión de propietarios y de autoridades han privado a San Miguel de Tucumán de muchas de sus bellezas arquitectónicas. Un ejemplo de ello es la casa de 25 de Mayo al 200, que está en proceso de demolición, y que fue motivo de una nota en nuestra edición del domingo. La parte alta de la fachada conservaba molduras y rejas de estilo, que ahora pasarán al recuerdo, tal como lo hicieron la Cervecería Norte, demoliida para construir un shopping que jamás se hizo, o las edificaciones que rodeaban a la Casa Histórica, cuya desaparición privó de su contexto arquitectónico al monumento más importante de la ciudad.
San Miguel de Tucumán, alguna vez el centro comercial, cultural y turístico de la región, se ha convertido con los años -y merced a la falta de una legislación que proteja a los edificios de valor patrimonial, arquitectónico o estético- en un híbrido sin identidad, un engendro que pronto será inhabitable para sus ciudadanos. Una de las fallas está en la carencia de una ley que obligue a preservar de la voracidad de la piqueta a los edificios valiosos. Aún más, existe una normativa que va directamente en contra de la pretensión de conservar los edificios tradicionales de Tucumán: la ley "Activo por Activo" permite al Estado entregar sus bienes.
Sólo existe en la Municipalidad una ordenanza que "invita" a los propietarios a conservarlos, a cambio de beneficios tributarios, y que ha tenido un relativo éxito en el caso de construcciones como el Hotel Plaza, la Federación Económica, el conjunto de edificios de El Bajo o la Villa Navarra (en Villa Muñecas). El nudo de la cuestión es la falta de una política urbanística decidida y creativa, de un plan rector que permita pensar en cómo debe crecer la ciudad en el largo plazo, y que busque revertir varias décadas de abandono -o de decidida agresión- contra la ciudad. Varios intentos de poner en marcha ese plan estratégico han ido quedando en el camino, sepultados bajo una montaña de obstáculos burocráticos, financieros y de intereses políticos. La comparación con otras urbes latinoamericanas surge de manera inevitable. Sucre, Cochabamba, el casco histórico de Córdoba, sectores de la Capital Federal son algunos ejemplos. El más cercano, sin embargo, se encuentra a pocos kilómetros de nuestra disminuida ciudad: la capital de Salta, cuyas pintorescas construcciones de estilo colonial -situadas en un contexto armonioso- la han convertido en un atractivo paseo para el turismo internacional.
Pero el reemplazo de antiguas construcciones por edificios en altura no es sólo un problema estético, sino que se ha transformado en una amenaza para el bienestar de los habitantes. Por debajo de las construcciones visibles, otra ciudad se desarrolla en el subsuelo. El sistema de cloacas y de desagües, preparado para recibir el aporte de una cierta cantidad de viviendas, corre peligro de colapsar porque su uso se ha multiplicado diez o veinte veces. Allí donde había una casa, hoy se levanta un edificio de diez o más pisos, y en el espacio donde vivían 10 personas, residen ahora 20 familias, sin que se haya mejorado la infraestructura de cloacas, y sin que se haya pensado en nuevas vías de comunicación para encauzar la mayor cantidad de vehículos.
Hay urbes que son injustas con su historia, y San Miguel de Tucumán es una de ellas. La declaración de "Ciudad Histórica" con que la honró el Congreso en 2002 pronto le quedará grande si se siguen destruyendo los pocos testimonios culturales que aún justifican esa denominación. Sin una intervención urgente de las autoridades municipales y provinciales, esa injusticia se profundizará.
San Miguel de Tucumán, alguna vez el centro comercial, cultural y turístico de la región, se ha convertido con los años -y merced a la falta de una legislación que proteja a los edificios de valor patrimonial, arquitectónico o estético- en un híbrido sin identidad, un engendro que pronto será inhabitable para sus ciudadanos. Una de las fallas está en la carencia de una ley que obligue a preservar de la voracidad de la piqueta a los edificios valiosos. Aún más, existe una normativa que va directamente en contra de la pretensión de conservar los edificios tradicionales de Tucumán: la ley "Activo por Activo" permite al Estado entregar sus bienes.
Sólo existe en la Municipalidad una ordenanza que "invita" a los propietarios a conservarlos, a cambio de beneficios tributarios, y que ha tenido un relativo éxito en el caso de construcciones como el Hotel Plaza, la Federación Económica, el conjunto de edificios de El Bajo o la Villa Navarra (en Villa Muñecas). El nudo de la cuestión es la falta de una política urbanística decidida y creativa, de un plan rector que permita pensar en cómo debe crecer la ciudad en el largo plazo, y que busque revertir varias décadas de abandono -o de decidida agresión- contra la ciudad. Varios intentos de poner en marcha ese plan estratégico han ido quedando en el camino, sepultados bajo una montaña de obstáculos burocráticos, financieros y de intereses políticos. La comparación con otras urbes latinoamericanas surge de manera inevitable. Sucre, Cochabamba, el casco histórico de Córdoba, sectores de la Capital Federal son algunos ejemplos. El más cercano, sin embargo, se encuentra a pocos kilómetros de nuestra disminuida ciudad: la capital de Salta, cuyas pintorescas construcciones de estilo colonial -situadas en un contexto armonioso- la han convertido en un atractivo paseo para el turismo internacional.
Pero el reemplazo de antiguas construcciones por edificios en altura no es sólo un problema estético, sino que se ha transformado en una amenaza para el bienestar de los habitantes. Por debajo de las construcciones visibles, otra ciudad se desarrolla en el subsuelo. El sistema de cloacas y de desagües, preparado para recibir el aporte de una cierta cantidad de viviendas, corre peligro de colapsar porque su uso se ha multiplicado diez o veinte veces. Allí donde había una casa, hoy se levanta un edificio de diez o más pisos, y en el espacio donde vivían 10 personas, residen ahora 20 familias, sin que se haya mejorado la infraestructura de cloacas, y sin que se haya pensado en nuevas vías de comunicación para encauzar la mayor cantidad de vehículos.
Hay urbes que son injustas con su historia, y San Miguel de Tucumán es una de ellas. La declaración de "Ciudad Histórica" con que la honró el Congreso en 2002 pronto le quedará grande si se siguen destruyendo los pocos testimonios culturales que aún justifican esa denominación. Sin una intervención urgente de las autoridades municipales y provinciales, esa injusticia se profundizará.







