26 Enero 2004 Seguir en 
Una encuesta publicada la semana pasada por LA GACETA revela que a más de un 60 % de los tucumanos no le interesa participar de ningún tipo de organización. El análisis del relevamiento realizado por encargo de nuestro diario revela que las instituciones religiosas y los clubes deportivos desplazaron a los partidos políticos y a los nucleamientos sindicales como espacios de compromiso.
Es particularmente revelador el hecho de que la pertenencia a expresiones políticas o a organizaciones no gubernamentales apenas supere el 8%, mientras que la actividad sindical sume a duras penas medio punto en el resultado del muestreo.
Hace tres o cuatro décadas, el interés por integrarse a organizaciones de distinto tipo no reconocía límites de edad o de pertenencia a distintos estratos sociales o económicos. Aquel panorama contrasta con la situación actual, en la que según el sondeo, los más jóvenes eligen participar casi excluyentemente en clubes o en actividades vinculadas al deporte, mientras que el interés por la participación política crece a medida que aumenta la edad de los consultados.
No es casual que los jóvenes sientan un desapego especial por la actividad partidaria. La época oscura que siguió a la efervescencia política de los primeros años de la década del 70 formó en demasiados jóvenes la conciencia de que militancia era sinónimo de terrorismo y que disenso era igual a subversión.
El retorno a la democracia no trajo consigo la ansiada renovación en el mundo de la política. Los partidos mantuvieron estructuras muy fuertes, en manos de núcleos poderosos que apostaron siempre a la continuidad y dejaron muy poco lugar para favorecer la inclusión de nuevos militantes. La lucha por los espacios de poder sepultó en muchos casos al debate ideológico y los mecanismos propios de la vieja política ahogaron una buena parte de los intentos de renovación en los niveles dirigenciales
Los organismos de control tampoco fueron eficaces a la hora de limitar los excesos de los dueños del poder, y la ineficacia en el cumplimiento de su función fue afirmando una sensación de desconfianza generalizada en grupos cada vez mayores de ciudadanos. La misma Justicia dio en más de una ocasión prueba de sus limitaciones a la hora de sancionar a quienes transgredieron las leyes, y contribuyó de esta manera a consolidar la sensación de descrédito hacia las instituciones. La idea de que la corrupción queda impune se hizo carne en el grueso de la ciudadanía, y creció en consecuencia el desaliento por involucrarse en actividades comunitarias.
En el resto de las organizaciones sociales las cosas no fueron muy distintas. La desconfianza en los demás fue creciendo junto con la sensación de inseguridad que se adueñó del sentimiento colectivo y que hoy marca una actitud de excesivo individualismo. La búsqueda de soluciones personales desplazó a todo otra consideración a la hora de desarrollar el comportamiento social.
La falta de líderes inspiradores, de personalidades que con su ejemplo y su trabajo diario motiven a los demás a sumarse a la tarea comunitaria colabora también para desalentar la participación de los ciudadanos.
La última década contribuyó con demasiados ejemplos de corrupción a consolidar una imagen de desencanto que erosionó el sentimiento solidario que en otros tiempos fue moneda corriente. Sólo queda abierta como esperanza para cambiar esta realidad la posibilidad de educar a las generaciones más jóvenes con el acento puesto en la necesidad de la asociación y en la importancia de la solidaridad. De esta manera comenzará a sanar el tejido social severamente dañado durante demasiados años.
Es particularmente revelador el hecho de que la pertenencia a expresiones políticas o a organizaciones no gubernamentales apenas supere el 8%, mientras que la actividad sindical sume a duras penas medio punto en el resultado del muestreo.
Hace tres o cuatro décadas, el interés por integrarse a organizaciones de distinto tipo no reconocía límites de edad o de pertenencia a distintos estratos sociales o económicos. Aquel panorama contrasta con la situación actual, en la que según el sondeo, los más jóvenes eligen participar casi excluyentemente en clubes o en actividades vinculadas al deporte, mientras que el interés por la participación política crece a medida que aumenta la edad de los consultados.
No es casual que los jóvenes sientan un desapego especial por la actividad partidaria. La época oscura que siguió a la efervescencia política de los primeros años de la década del 70 formó en demasiados jóvenes la conciencia de que militancia era sinónimo de terrorismo y que disenso era igual a subversión.
El retorno a la democracia no trajo consigo la ansiada renovación en el mundo de la política. Los partidos mantuvieron estructuras muy fuertes, en manos de núcleos poderosos que apostaron siempre a la continuidad y dejaron muy poco lugar para favorecer la inclusión de nuevos militantes. La lucha por los espacios de poder sepultó en muchos casos al debate ideológico y los mecanismos propios de la vieja política ahogaron una buena parte de los intentos de renovación en los niveles dirigenciales
Los organismos de control tampoco fueron eficaces a la hora de limitar los excesos de los dueños del poder, y la ineficacia en el cumplimiento de su función fue afirmando una sensación de desconfianza generalizada en grupos cada vez mayores de ciudadanos. La misma Justicia dio en más de una ocasión prueba de sus limitaciones a la hora de sancionar a quienes transgredieron las leyes, y contribuyó de esta manera a consolidar la sensación de descrédito hacia las instituciones. La idea de que la corrupción queda impune se hizo carne en el grueso de la ciudadanía, y creció en consecuencia el desaliento por involucrarse en actividades comunitarias.
En el resto de las organizaciones sociales las cosas no fueron muy distintas. La desconfianza en los demás fue creciendo junto con la sensación de inseguridad que se adueñó del sentimiento colectivo y que hoy marca una actitud de excesivo individualismo. La búsqueda de soluciones personales desplazó a todo otra consideración a la hora de desarrollar el comportamiento social.
La falta de líderes inspiradores, de personalidades que con su ejemplo y su trabajo diario motiven a los demás a sumarse a la tarea comunitaria colabora también para desalentar la participación de los ciudadanos.
La última década contribuyó con demasiados ejemplos de corrupción a consolidar una imagen de desencanto que erosionó el sentimiento solidario que en otros tiempos fue moneda corriente. Sólo queda abierta como esperanza para cambiar esta realidad la posibilidad de educar a las generaciones más jóvenes con el acento puesto en la necesidad de la asociación y en la importancia de la solidaridad. De esta manera comenzará a sanar el tejido social severamente dañado durante demasiados años.







