Progresistas se denomina el espacio que invita a votar por Margarita Stolbizer, candidata a presidenta de la Nación con el respaldo de un entramado en el que confluyen el GEN, Libres del Sur y el Partido Socialista de Nicolás Repetto, Lisandro de la Torre y Alfredo Palacios. No la tienen fácil los Progresistas de Stolbizer, cascoteados por -supuestamente- funcionales al kirchnerismo. Van a la caza del voto socialdemócrata, respaldados por una agenda de centroizquierda a la que el trío Scioli-Macri-Massa está lejos de responder. No muy distinto al discurso de Progresistas es el que esgrime el Frente Popular de Víctor De Gennaro, quien pesca de arranque en el mismo muelle que Stolbizer. El 9 de agosto sabrán dónde están parados; hasta qué punto son capaces de interpelar y convencer al electorado de los riesgos de una polarización que las encuestas dan por hecha. Claro que las encuestas vienen pronosticando fuera del tarro, y si no que les pregunten a Rodríguez Larreta y a Loustau.
Esa pelea política se da muy lejos de Tucumán, distrito en el que a expresiones como Progresistas y el Frente Popular les cuesta horrores hacer pie. Tiene que ver, está claro, con la historia reciente. En estos 32 años de democracia la centroizquierda provincial no consiguió afirmar una propuesta electoral consistente y pensada a largo plazo, capaz de seducir a un padrón que vino inclinándose por las variantes más conservadoras del peronismo o por la derecha lisa y llana que encarna Fuerza Republicana.
De la ortodoxia peronista de Fernando Riera y José Domato, discursivamente anclados en el pejotismo a la vieza usanza, Tucumán saltó al pragmatismo desideologizado de Ramón Ortega. En el medio, el interventor cordobés “Chiche” Aráoz preanunció el huracán neoliberal que surcaría la década. Al fracaso del bussismo (“no afirmo ni niego”, dijo el entonces gobernador cuando le preguntaron si tenía cuentas no declaradas en Europa) le siguieron el mirandismo y sus chicos desnutridos. Triste destino para un obrero aupado al sillón de Lucas Córdoba, lo que no ocurría desde los tiempos del maquinista Luis Cruz (1952-1955). Para cientistas políticos y sociólogos quedará desentrañar la matriz del pensamiento alperovichista, teniendo en cuenta que al núcleo duro de su gestión lo conforman funcionarios formados en el clásico Partido Comunista, ex radicales, peronistas más o menos conversos y técnicos amparados en las sombras de Francis Fukuyama y Samuel Huntington. Propensos, en otras palabras, a deslizar esa flagrante mentira histórica de la muerte de las ideologías.
El abrazo de José Cano con Mauricio Macri no deja dudas respecto del posicionamiento del candidato. Fue un gesto coherente y honesto de Cano; habrá que ver cómo cayó en el ala progresista del radicalismo, esa que todavía no digiere el resultado de la convención de Gualeguaychú. Ubicados en la centroderecha del tablero, Cano y Manzur polarizan una elección que no ofrece flancos para un tercero en la discusión. ¿Cómo encaja el voto progresista entonces?
Hay otros cinco candidatos a la gobernación. Ricardo Bussi está corrido a la derecha del espectro, Renzo Cirnigliaro obedece al conservadurismo popular del primer PJ, Mario Koltan levantó la bandera de Sergio Massa -obsesionado por mostrarse como un hombre “de centro”- y la izquierda se reparte en el trotskismo de Daniel Blanco y la Alternativa Popular que aglutina a Pueblo Unido, el PTP y el MST detrás de la incombustible figura de Gumersindo Parajon.
De 1983 a la fecha, para la izquierda pura y dura Tucumán es un dolor de cabeza. A los partidos en esencia revolucionarios -desde el PC a “troskos”, “chinos” y sus vertientes- no les resulta cómodo hacer base en una sociedad compleja y en crisis permanente desde 1966 a la fecha. Condicionada además por la ferocidad con la que actuó la dictadura y por los cuadros que perdió, con Isauro Arancibia, Ángel Pisarello y Atilio Santillán a la cabeza de una lista larguísima y dolorosa.
¿La alternativa progresista no se consolida porque la sociedad atiende otros intereres o porque todavía no surgió ese espacio dotado de voluntad de poder y capacidad de gestión que convenza a los tucumanos de redireccionarse en el cuarto oscuro? Es el debate del huevo y la gallina, y como siempre la respuesta mezcla ambos elementos. Las provincias son reacias a los cambios de fondo y el NOA, con su tradición caudillesca, nepotista y reaccionaria, más todavía. Pero la historia enseña que las construcciones políticas que más cuestan son los que mejores resultados consiguen. Buen mensaje para una centroizquierda que persigue su destino.
Esa pelea política se da muy lejos de Tucumán, distrito en el que a expresiones como Progresistas y el Frente Popular les cuesta horrores hacer pie. Tiene que ver, está claro, con la historia reciente. En estos 32 años de democracia la centroizquierda provincial no consiguió afirmar una propuesta electoral consistente y pensada a largo plazo, capaz de seducir a un padrón que vino inclinándose por las variantes más conservadoras del peronismo o por la derecha lisa y llana que encarna Fuerza Republicana.
De la ortodoxia peronista de Fernando Riera y José Domato, discursivamente anclados en el pejotismo a la vieza usanza, Tucumán saltó al pragmatismo desideologizado de Ramón Ortega. En el medio, el interventor cordobés “Chiche” Aráoz preanunció el huracán neoliberal que surcaría la década. Al fracaso del bussismo (“no afirmo ni niego”, dijo el entonces gobernador cuando le preguntaron si tenía cuentas no declaradas en Europa) le siguieron el mirandismo y sus chicos desnutridos. Triste destino para un obrero aupado al sillón de Lucas Córdoba, lo que no ocurría desde los tiempos del maquinista Luis Cruz (1952-1955). Para cientistas políticos y sociólogos quedará desentrañar la matriz del pensamiento alperovichista, teniendo en cuenta que al núcleo duro de su gestión lo conforman funcionarios formados en el clásico Partido Comunista, ex radicales, peronistas más o menos conversos y técnicos amparados en las sombras de Francis Fukuyama y Samuel Huntington. Propensos, en otras palabras, a deslizar esa flagrante mentira histórica de la muerte de las ideologías.
El abrazo de José Cano con Mauricio Macri no deja dudas respecto del posicionamiento del candidato. Fue un gesto coherente y honesto de Cano; habrá que ver cómo cayó en el ala progresista del radicalismo, esa que todavía no digiere el resultado de la convención de Gualeguaychú. Ubicados en la centroderecha del tablero, Cano y Manzur polarizan una elección que no ofrece flancos para un tercero en la discusión. ¿Cómo encaja el voto progresista entonces?
Hay otros cinco candidatos a la gobernación. Ricardo Bussi está corrido a la derecha del espectro, Renzo Cirnigliaro obedece al conservadurismo popular del primer PJ, Mario Koltan levantó la bandera de Sergio Massa -obsesionado por mostrarse como un hombre “de centro”- y la izquierda se reparte en el trotskismo de Daniel Blanco y la Alternativa Popular que aglutina a Pueblo Unido, el PTP y el MST detrás de la incombustible figura de Gumersindo Parajon.
De 1983 a la fecha, para la izquierda pura y dura Tucumán es un dolor de cabeza. A los partidos en esencia revolucionarios -desde el PC a “troskos”, “chinos” y sus vertientes- no les resulta cómodo hacer base en una sociedad compleja y en crisis permanente desde 1966 a la fecha. Condicionada además por la ferocidad con la que actuó la dictadura y por los cuadros que perdió, con Isauro Arancibia, Ángel Pisarello y Atilio Santillán a la cabeza de una lista larguísima y dolorosa.
¿La alternativa progresista no se consolida porque la sociedad atiende otros intereres o porque todavía no surgió ese espacio dotado de voluntad de poder y capacidad de gestión que convenza a los tucumanos de redireccionarse en el cuarto oscuro? Es el debate del huevo y la gallina, y como siempre la respuesta mezcla ambos elementos. Las provincias son reacias a los cambios de fondo y el NOA, con su tradición caudillesca, nepotista y reaccionaria, más todavía. Pero la historia enseña que las construcciones políticas que más cuestan son los que mejores resultados consiguen. Buen mensaje para una centroizquierda que persigue su destino.
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