La administración Kirchner, entre dos fuegos

El gobierno no espera sobresaltos en las negociaciones con el FMI, pero se cuida de mostrarse del todo optimista.

25 Enero 2004
Por Carmen Coiro

BUENOS AIRES.- Aunque públicamente los voceros habituales del Gobierno aseguren que no esperan más tensión en las negociaciones con los acreedores, se han lanzado varias señales que permiten al menos dejar un espacio de duda sobre la reacción del Fondo Monetario Internacional cuando tenga que anunciar la crucial definición sobre la revisión del acuerdo con la Argentina.
Después de la Cumbre de Monterrey, donde oficialmente se informó sobre una reunión de excelentes términos entre los presidentes Néstor Kirchner y George Bush, los hechos parecieron desmentir, al menos parcialmente, las palabras.
En una sorpresiva gira del Presidente por pueblos del interior bonaerense, sorprendió una renovada virulencia en sus discursos contra los acreedores que demandan a la Argentina más de lo que les puede pagar.
Se repitió en despachos oficiales, hasta el cansancio, que la oferta de devolver a los bonistas solamente el 25 % del valor de sus papeles es inamovible, y se teorizó sobre la necesidad de mantener el superávit acordado con el FMI para no escatimar fondos destinados al salvataje de los millones de desocupados que siguen sintiendo que no tienen destino en la Argentina.
Sin embargo, voces venidas del norte insistían en la existencia de negociaciones más parecidas a aprietes, que serían el verdadero motivo de la nueva irritación exhibida en el máximo nivel oficial.
El 28 de este mes es la fecha señalada para el veredicto del todopoderoso organismo financiero internacional. En la Casa Rosada dicen que no esperan más tensión en las relaciones, pero que si vienen, se afrontarán con entereza.
El propio ministro de Economía, Roberto Lavagna, se vio obligado a ofrecer una conferencia de prensa para ratificar que no hay modificaciones a lo ya pactado. Simultáneamente, se anunciaba con toda la pompa el aumento de las inversiones en el país, el crecimiento del nivel de empleo y las ganancias de las que estaban comenzando a disfrutar nuevamente los bancos.
Todas señales direccionadas a miles de kilómetros de distancia del auditorio vernáculo. En ese marco, desde Washington, el inefable Roger Noriega aseguraba la condición de Argentina de buen socio de los Estados Unidos, mientras aquí el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, corregía: "sólo buenos ?amigos".

Traspiés diplomáticos
El Gobierno viene de sufrir una colección de traspiés en materia de política diplomática: primero tuvo que salir a replicar al propio Noriega, que había hecho comentarios menos favorables que este último. Luego se discutió con Gran Bretaña por la cuestión de los vuelos a las Malvinas; también tuvo un entredicho con final poco feliz -y por lo tanto disimulado en las esferas oficiales- sobre la polémica con el presidente uruguayo Battlle en torno de los desaparecidos argentinos en el vecino país.
Ahora, Kirchner se prepara para viajar a Madrid, y acaba de resolver extender por 24 horas más la agenda oficial. Al fin y al cabo, aunque poco y nada vincule ideológicamente a José María Aznar al presidente argentino, España viene haciendo buena letra a la hora de hacer "lobby" en favor del país, poblado por sus connacionales.
Habrá que ver la reacción de las empresas privatizadas, que todavía reclaman aumentos en las tarifas, pese a que la Argentina siguió postergando el espinoso tema. Por ahora, Kirchner prefirió enfrentarse a Aguas Argentinas, de capitales franceses, y dejar a un costado sus antiguas quejas hacia empresas españolas.
Lo cierto es que Kirchner no estará en el país cuando se anuncie si el FMI dio el visto bueno o no a la revisión del acuerdo. Al parecer, motivos para negarlo no existen, salvo que el organismo y el propio gobierno de los Estados Unidos hayan decidido colocarse oficialmente del lado de los ahorristas de todo el mundo que quieren que la Argentina les pague todo lo que les debe.
Pero eso, ya está dicho, es imposible. Aunque en despachos del Palacio de Hacienda se deslice que, tal vez, una pizca más se pueda negociar. (DyN)

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