Nadie es perfecto

Cada ciudadano es responsable del crecimiento social .

25 Enero 2004
Por Juan Carlos Di Lullo

El hombre se dispone a salir de su casa, y al llegar a la puerta, encuentra el aviso de vencimiento de un impuesto. Inmediatamente lo rompe en pedazos y lo tira. "No pienso regalarles un peso a estos corruptos", piensa. Sube a su automóvil y arranca sin colocarse el cinturón de seguridad. "Eso es para cuando uno anda en la ruta, en la ciudad no hace falta", se dice. A pocas cuadras se encuentra con un semáforo en rojo, pero cruza sin obedecer la señal. "No viene nadie, estoy apurado y no hay varitas a la vista", se justifica.
En el camino, por una avenida, se adelanta a otro coche por la derecha manejando con una sola mano mientras conversa por el celular que sostiene en la otra. "Por suerte me acordé de hacer esta llamada antes de llegar al centro", se congratula.
Deja el coche en el taller de un mecánico que le recomendaron, que le colocará un sofisticado equipo de radio y un reproductor de CD a un precio irrisorio. "Sin factura, por supuesto", acuerda. Para completar el viaje, el hombre deja pasar un par de taxis y elige un remise ilegal. "Con la tarifa que cobran los taxis ya no se puede viajar", reflexiona. Ya en el centro de la ciudad, pasa junto a una mesita en la vereda en la que se exhiben CD. Compra una copia pirata del disco que le pidió su hija. "Pagué la tercera parte de lo que cuesta en la disquería", se alegra.
Llega al banco, donde hay una interminable cola para acceder a las cajas. Distingue a un amigo detrás del mostrador, y se le acerca. "Haceme el favor, cambiame este cheque, que estoy envuelto en llamas", explica. El amigo habla con un cajero, que accede al pedido de su compañero mientras los que están en la cola siguen esperando.
Ya en su trabajo, usa el teléfono de la oficina para hacer varias llamadas personales y arreglar algunas reuniones con amigos para el fin de semana. A media mañana, charla animadamente con varios compañeros sobre la conveniencia de reemplazar al director técnico de la selección nacional cuando le avisan que hay dos personas esperándolo. "Dígales que no los voy a poder atender porque estoy en medio de una reunión importante", se molesta. Después de retirar el auto, tiene que pasar a buscar a su hijo por la escuela, pero en el camino, se encuentra una calle cerrada al tránsito. Se acerca al agente que desvía los vehículos y, con un guiño, le desliza un billete plegado en la mano. "Voy hasta la otra cuadra, nada más", miente. Llega a la escuela de su hijo. Deja el auto en doble fila y se baja para buscar al pequeño. "Si no, lo tengo que estacionar a dos cuadras de aquí", se excusa. La maestra le pide que asista a la próxima reunión de padres para discutir algunos problemas en el grado del chico. "No voy a poder porque justo ese día tengo un importante viaje de negocios", inventa.
Ya en su casa, lee en el diario que se realizó una marcha de protesta por las calles de la ciudad. "Por eso este país anda como anda, porque todo el mundo hace lo que se le antoja", se exaspera. "Hace falta mano dura, y a los que se quieren pasar de vivos, hay que fusilarlos", concluye.
Tal vez el lector se haya reconocido en algún pasaje de esta historia ficticia y seguramente tendrá una justificación a flor de labios.
Si no es así, no se haga demasiados problemas. Recuerde el genial remate de la película "Una Eva y dos Adanes", en la que el personaje de Jack Lemmon se hace pasar por una mujer para escapar de una banda de gángsters. Pero, sin querer, enamora al multimillonario Osgood Fielding III, encarnado por Joe Brown, quien finalmente lo/a rapta. En la última escena, Lemmon le confiesa finalmente que no es una mujer. "Nadie es perfecto", le responde el magnate con una amplia sonrisa.
No sólo los gobernantes marcan el rumbo de una comunidad con sus decisiones. Cada uno de nosotros, diariamente, contribuye con pequeñas acciones a que la vida en sociedad tenga mayor o menor calidad.

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