La oratoria nunca fue uno de los fuertes del gobernador, José Alperovich. Sin embargo, supo suplir esa debilidad con algunas otras virtudes. La más significativa, su extraordinaria capacidad de incentivo. En la noche del jueves, el saliente mandatario dio una de sus últimas exhibiciones del talento que lo caracteriza ante una veintena de candidatos a legisladores de la Capital. Como quien ofrece un chupetín a un niño para atraerlo, pero sin mostrarle la bolsa repleta de golosinas, Alperovich les dijo a sus dirigentes que si logran un triunfo contundente el 9 de agosto, recibirán un jugoso premio antes de las elecciones del 23 de agosto.
En esa comida, el anfitrión les pidió a los líderes territoriales capitalinos “reventar las urnas” en las PASO para demostrarles a “Daniel” (Scioli) y a “Cristina” (Kirchner) que “Tucumán es peronista”. A modo de estímulo, de inmediato, les completó la frase adelantándoles que en caso de cumplir con ese objetivo, tendrán el obsequio dos semanas después, cuando cada uno de ellos se juegue su futuro en las urnas.
Los comensales respiraron aliviados, porque muchos de ellos suponían que iban a tener que costear las Primarias del domingo 9 de sus bolsillos, o que en todo caso recibirían un único envío de dinero para afrontar ambos comicios. Así, pudieron probar bocado sin atragantarse, a pesar de que debieron degustar el postre sin el invitado más importante del mitin. Es que Pablo Yedlin, el ministro de Salud que la rema desde atrás en la lucha por la Intendencia capitalina, se mostró despreocupado del análisis electoral y se retiró antes con el argumento de pasar a saludar a su padre, que cumplía años.
Al mediodía, el gobernador había reunido a los intendentes peronistas para “mandarlos a trabajar electoralmente”.
¿Por qué Alperovich se preocupa tanto por remarcar la trascendencia de lograr una excelente performance el 9 de agosto? Porque entiende que José Cano y Domingo Amaya serán los principales derrotados de esa jornada. Aunque ambos hayan desistido de participar de las Primarias y enfocarse en las provinciales, el oficialismo supone que no podrán eludir cargar con esa mochila. Y si a ello se suma una victoria contundente de Scioli en el país y en Tucumán, los indecisos y los dirigentes justicialistas zigzagueantes se volcarán a favor de Juan Manzur el 23.
Apuesta, además, a ganar la Capital el 9 para dejar flotando la sensación de que sí es posible remontar la buena presencia del canismo y del amayismo en ese distrito electoral. Así, imaginan en la Casa de Gobierno que sus rivales locales quedarían a merced del remate final, como jugadores tambaleantes antes de sufrir una “fatality” del videojuego Mortal Kombat. Esa, claro está, es la lectura alperovichista del escenario.
Por eso el gobernador no escatimará en recursos para afrontar las elecciones. Si su sello electoral siempre fue el dispendio de dinero, ¿por qué habría de cambiar de estrategia en dos comicios que son trascendentes para él? El que se avecina será el agosto del derroche y de la exhibición pública del clientelismo.
Como contrapartida, será el momento de mayor lejanía de la ciudadanía hacia la política. Es que enfrentados estarán dos bloques que usarán las mismas mañas para hacerse del poder: Cano ha asumido que debe pelear con esas mismas herramientas que el alperovichismo si quiere tener chances reales de ganar. Incómodos y nerviosos, aquellos dirigentes que podrían escribir manuales sobre clientelismo detallan todos los gastos, pero de inmediato aclaran que esa inversión no garantiza un resultado y que la gente vota a quien quiere en el cuarto oscuro.
Tomando por cierta esta última aclaración, igualmente hay una conclusión irrefutable: con ese dispendio de recursos, la política se ha tornado inaccesible para el ciudadano común que quiera participar. Los números mandan, y esos dicen que un acople legislativo medio en San Miguel de Tucumán necesitará unos $ 5 millones. Si el alperovichismo alista una veintena de colectoras en la Capital y el canismo una cifra similar, la conclusión es que para un domingo se moverán unos $ 200 millones sólo en esta ciudad. Los costos en este distrito electoral se irán por las nubes en las próximas semanas porque el alperovichismo necesita achicar allí los puntos de diferencia que le lleva el canismo. Así, el goteo de fondos será brutal. Hay candidatos que se jactan de haber encargado 80.000 bolsones para repartir ese día (a $ 40 cada uno) y los más austeros dicen que dispondrán de 20 bolsas con mercadería por vehículo, de tener a disposición 1.000 autos para llevar y traer votantes (a $ 800 como mínimo cada uno) y de contar con un movilizador por cada vehículo (a $ 500 el jornal). Si a eso se suma un fiscal por cada mesa de votación (1.268 mesas) y uno general por escuela (son 120), a quienes pagarán $ 500 por el día más la bandeja de comida, la cartelería y la impresión de votos, la cifra se torna insondable. Una pregunta al margen, ¿cuántos meses necesita un legislador para recuperar semejante inversión?
Los costos de la logística son abrumadores por las reglas que impusieron la mayoría de los candidatos. Para ellos se ha vuelto común hablar de que fulano puso $ 3 millones para ir segundo y que mengano ha puesto $ 7 millones para quedarse con el primer lugar. Así, han logrado crear y naturalizar un sistema electoral que parece inexpugnable para buena parte de la sociedad.
En esa comida, el anfitrión les pidió a los líderes territoriales capitalinos “reventar las urnas” en las PASO para demostrarles a “Daniel” (Scioli) y a “Cristina” (Kirchner) que “Tucumán es peronista”. A modo de estímulo, de inmediato, les completó la frase adelantándoles que en caso de cumplir con ese objetivo, tendrán el obsequio dos semanas después, cuando cada uno de ellos se juegue su futuro en las urnas.
Los comensales respiraron aliviados, porque muchos de ellos suponían que iban a tener que costear las Primarias del domingo 9 de sus bolsillos, o que en todo caso recibirían un único envío de dinero para afrontar ambos comicios. Así, pudieron probar bocado sin atragantarse, a pesar de que debieron degustar el postre sin el invitado más importante del mitin. Es que Pablo Yedlin, el ministro de Salud que la rema desde atrás en la lucha por la Intendencia capitalina, se mostró despreocupado del análisis electoral y se retiró antes con el argumento de pasar a saludar a su padre, que cumplía años.
Al mediodía, el gobernador había reunido a los intendentes peronistas para “mandarlos a trabajar electoralmente”.
¿Por qué Alperovich se preocupa tanto por remarcar la trascendencia de lograr una excelente performance el 9 de agosto? Porque entiende que José Cano y Domingo Amaya serán los principales derrotados de esa jornada. Aunque ambos hayan desistido de participar de las Primarias y enfocarse en las provinciales, el oficialismo supone que no podrán eludir cargar con esa mochila. Y si a ello se suma una victoria contundente de Scioli en el país y en Tucumán, los indecisos y los dirigentes justicialistas zigzagueantes se volcarán a favor de Juan Manzur el 23.
Apuesta, además, a ganar la Capital el 9 para dejar flotando la sensación de que sí es posible remontar la buena presencia del canismo y del amayismo en ese distrito electoral. Así, imaginan en la Casa de Gobierno que sus rivales locales quedarían a merced del remate final, como jugadores tambaleantes antes de sufrir una “fatality” del videojuego Mortal Kombat. Esa, claro está, es la lectura alperovichista del escenario.
Por eso el gobernador no escatimará en recursos para afrontar las elecciones. Si su sello electoral siempre fue el dispendio de dinero, ¿por qué habría de cambiar de estrategia en dos comicios que son trascendentes para él? El que se avecina será el agosto del derroche y de la exhibición pública del clientelismo.
Como contrapartida, será el momento de mayor lejanía de la ciudadanía hacia la política. Es que enfrentados estarán dos bloques que usarán las mismas mañas para hacerse del poder: Cano ha asumido que debe pelear con esas mismas herramientas que el alperovichismo si quiere tener chances reales de ganar. Incómodos y nerviosos, aquellos dirigentes que podrían escribir manuales sobre clientelismo detallan todos los gastos, pero de inmediato aclaran que esa inversión no garantiza un resultado y que la gente vota a quien quiere en el cuarto oscuro.
Tomando por cierta esta última aclaración, igualmente hay una conclusión irrefutable: con ese dispendio de recursos, la política se ha tornado inaccesible para el ciudadano común que quiera participar. Los números mandan, y esos dicen que un acople legislativo medio en San Miguel de Tucumán necesitará unos $ 5 millones. Si el alperovichismo alista una veintena de colectoras en la Capital y el canismo una cifra similar, la conclusión es que para un domingo se moverán unos $ 200 millones sólo en esta ciudad. Los costos en este distrito electoral se irán por las nubes en las próximas semanas porque el alperovichismo necesita achicar allí los puntos de diferencia que le lleva el canismo. Así, el goteo de fondos será brutal. Hay candidatos que se jactan de haber encargado 80.000 bolsones para repartir ese día (a $ 40 cada uno) y los más austeros dicen que dispondrán de 20 bolsas con mercadería por vehículo, de tener a disposición 1.000 autos para llevar y traer votantes (a $ 800 como mínimo cada uno) y de contar con un movilizador por cada vehículo (a $ 500 el jornal). Si a eso se suma un fiscal por cada mesa de votación (1.268 mesas) y uno general por escuela (son 120), a quienes pagarán $ 500 por el día más la bandeja de comida, la cartelería y la impresión de votos, la cifra se torna insondable. Una pregunta al margen, ¿cuántos meses necesita un legislador para recuperar semejante inversión?
Los costos de la logística son abrumadores por las reglas que impusieron la mayoría de los candidatos. Para ellos se ha vuelto común hablar de que fulano puso $ 3 millones para ir segundo y que mengano ha puesto $ 7 millones para quedarse con el primer lugar. Así, han logrado crear y naturalizar un sistema electoral que parece inexpugnable para buena parte de la sociedad.
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