Julio Argentino Roca en la perspectiva del siglo

Hoy se cumple un siglo de la muerte de uno de los más ilustres hijos de Tucumán, el teniente general Julio Argentino Roca. Fue una figura clave de aquella Generación del Ochenta, que diseñó la Argentina Moderna, y sus dos presidencias marcaron un formidable paso adelante para el país en todos los órdenes.

Antes de ser político, fue militar. Su carrera de las armas se desarrolló a lo largo de dos décadas. Empezó en Cepeda y en Pavón, como alférez, y culminó con el generalato tras la batalla de Santa Rosa, donde triunfó defendiendo al Gobierno Nacional contra la sedición porteñista.

A todos sus grados los ganó heroicamente y en los campos de combate. Su última campaña de soldado fue la denominada “del Desierto”, que planeó y condujo, y con la que logró instalar la efectiva soberanía nacional sobre quince mil leguas de territorio. Bien se ha dicho que, a no ser por Roca, nuestra Patagonia sería actualmente chilena.

Después vinieron sus dos históricas presidencias. Las dedicó minuciosamente a convertir la Argentina en un país a tono con los que tenían presencia significativa en el mundo de entonces. Un país encarrilado en el progreso, cuya vida se rigiera por las leyes y donde se respetaran a rajatabla las instituciones, todo enmarcado por una política de obras fundamentales en materia de educación, de infraestructuras, de fomento a las actividades productivas, de aliento a la inmigración. Sólo enumerarlas con mínimo detalle, demandaría un grueso tomo.

De especial trascendencia fue su memorable postura pacifista. Precisamente porque era un militar fogueado, odiaba la guerra. Por eso no ahorró esfuerzos para lograr que se alejase de la Argentina el riesgo de ese enfrentamiento armado con Chile por cuestiones limítrofes, que parecía inminente por entonces. Tan memorable éxito lo inscribe, fuera de toda duda, entre los grandes estadistas americanos.

En esos últimos años, un manejo ideológico y mañosamente descontextualizado de la historia nacional, se ha esmerado en denigrar la figura del ilustre tucumano. Desde algunos sectores, se hacen esfuerzos para modificar el concepto que las generaciones argentinas se han formado de su obra de estadista y de leal servidor de la Nación.

Es lamentable que así esté ocurriendo. Pero más vale pensar que se trata de un brote epidémico, pasajero y de ninguna manera generalizado. Entendemos que nuestro país tiene la madurez y el discernimiento suficientes como para saber quién es quién entre sus próceres, y levantarse por encima de los intentos de torcer las evidencias de su pasado.

En 1943, en el centenario de Julio Argentino Roca, la Comisión Nacional de Homenaje descubrió en Tucumán su magnífico monumento, en la avenida Benjamín Aráoz. Dos decenios más tarde, fue arbitrariamente desarmado. La efigie del general se llevó a diversos puntos, hasta dejarla donde se encuentra hoy, empequeñecida al sacarle los relieves y demoler la construcción donde estaba enclavada. Allí se leía, con letras de bronce, el juicio de Leopoldo Lugones, que sigue siendo válido hoy: “Fue dos veces presidente de la República. Mandó en jefe sus ejércitos. Completó su dominio territorial por las armas. Lo aseguró en el Derecho y, dándole todavía prosperidad, orden, paz y justicia, mereció con ello el título de Constructor de la Nación, entre los grandes que así venera la Patria”.

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