Marcelo Aguaysol
Por Marcelo Aguaysol 11 Septiembre 2014
Henry Brooks Adams, un historiador estadounidense, solía decir que el maestro es el que deja una huella para la eternidad, que nunca puede decirse cuándo se detiene su influencia. Y, en cierta medida, eso es comprobable: con mis años, que no son pocos, aún me acuerdo perfectamente del nombre de las seños de la primaria. Y no es que la educación haya sido distinta antes que ahora, porque pueden cambiar los contenidos, pero nunca los valores. Esos valores son las huellas para la eternidad. Generalmente, las maestras son el mejor complemento para las madres. Contribuyen a definir los perfiles y las personalidades. Son psicólogas, pedagogas y compinches de nuestros niños. Gran parte de las educadoras miran mucho más allá del cuaderno de los escolares. Perciben cuando hay problemas y también aptitudes que explotar para que los más peques crezcan. Pueden llegar a ser las mejores amigas como también las malas de la película; particularmente, cuando llenan el cuaderno de tareas para la casa. Si tienen un mal día, tratan de disimularlo. Aún los grandes no entendemos aquello de darnos un recreo en nuestra rutina para hacer algo distinto por los otros. A eso se dedican las grandes maestras, a transmutar las cargas y obligaciones en situaciones lúdicas y didácticas, a dejar de lado -muchas veces- los fríos y férreos esquemas educativos para ponerles la cuota de amor y de ternura a las actividades diarias. A ser comprensivas y compañeras; a brindar su atención cuando las luces de alerta se encienden, como sucede en nuestro hogar cuando los niños se refugian bajo la protección maternal. A las segundas mamás, gracias, muchas gracias. ¡Feliz día!

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