En el estreno del ciclo de entrevistas de LA GACETA, el jefe técnico del teatro Mercedes Sosa, Oli Alonso, se muestra sorprendido con que en Tucumán, una suerte de paraíso legal donde las normas están ahí para que nadie las cumpla, la única que sí se respeta es la de no fumar en los lugares públicos. Milagrosamente, la ley 7.575 se cumple casi sin chistar desde que entró en vigencia.
La explicación de este misterioso respeto podría estar no en la propia ley, ni en el rigor de las instituciones para hacer que se cumpla, ni en los inspectores que deben salir a la calle a supervisarla. La explicación está en los propios ciudadanos: si usted un día decide que no le importa nada y que un café se acompaña con un cigarrillo en un bar, antes de que el mozo llegue a recordarle la ley vigente es muy probable que el cliente de al lado active su mirada de rayos láser y lo obligue a apagar el pucho de inmediato.
No ocurre lo mismo con el tránsito, por ejemplo. Un bocinazo o un insulto apurado es lo máximo que puede esperar alguien que estaciona doble fila para recoger los chicos del colegio, o para hacer un trámite de “voy y vengo”. Ningún vecino, ningún ciudadano se lo va a reclamar seriamente; porque el otro también lo hace y entre fantasmas no nos vamos a pisar la sábana... Incluso los agentes municipales suelen recibir insultos cuando están colocándole el cepo a un auto mal estacionado o removiendo una moto que descansa en la vereda; es cierto, los “zorros” tienen una mala fama bien ganada, pero el tucumano no está dispuesto a admitir cuando están cumpliendo con su tarea.
Mendoza sirve siempre de ejemplo para ilustrar las buenas pautas de convivencia en la ciudad. Y si usted piensa que el respeto por las normas viene grabado en la información genética de los ciudadanos, se equivoca. Según un funcionario consultado por este diario en 2010, cuando en nuestra ciudad se evaluaba el uso de megáfonos para marcar las faltas de los conductores -sistema que usó la metrópoli cuyana-, el mendocino está muy pendiente de la mirada de sus pares: la sanción social le pesa más que el martillo de cualquier juez y sabe que siempre habrá un comedido dispuesto a marcarle el error.
Entonces, si el vecino, si el ciudadano no le exige a sus pares que cumplan las normas -sobre todo porque él tampoco las cumple o no las va a cumplir-, si las leyes muestran debilidad, si las instituciones miran para otro lado y si los funcionarios no gobiernan con el ejemplo, no hay motivos aparentes para respetar nada. En cualquier caso, sería interesante estudiar la ley 7.575 y tratar de comprender cómo es que ha logrado dominar la esencia de la tucumanidad.
La explicación de este misterioso respeto podría estar no en la propia ley, ni en el rigor de las instituciones para hacer que se cumpla, ni en los inspectores que deben salir a la calle a supervisarla. La explicación está en los propios ciudadanos: si usted un día decide que no le importa nada y que un café se acompaña con un cigarrillo en un bar, antes de que el mozo llegue a recordarle la ley vigente es muy probable que el cliente de al lado active su mirada de rayos láser y lo obligue a apagar el pucho de inmediato.
No ocurre lo mismo con el tránsito, por ejemplo. Un bocinazo o un insulto apurado es lo máximo que puede esperar alguien que estaciona doble fila para recoger los chicos del colegio, o para hacer un trámite de “voy y vengo”. Ningún vecino, ningún ciudadano se lo va a reclamar seriamente; porque el otro también lo hace y entre fantasmas no nos vamos a pisar la sábana... Incluso los agentes municipales suelen recibir insultos cuando están colocándole el cepo a un auto mal estacionado o removiendo una moto que descansa en la vereda; es cierto, los “zorros” tienen una mala fama bien ganada, pero el tucumano no está dispuesto a admitir cuando están cumpliendo con su tarea.
Mendoza sirve siempre de ejemplo para ilustrar las buenas pautas de convivencia en la ciudad. Y si usted piensa que el respeto por las normas viene grabado en la información genética de los ciudadanos, se equivoca. Según un funcionario consultado por este diario en 2010, cuando en nuestra ciudad se evaluaba el uso de megáfonos para marcar las faltas de los conductores -sistema que usó la metrópoli cuyana-, el mendocino está muy pendiente de la mirada de sus pares: la sanción social le pesa más que el martillo de cualquier juez y sabe que siempre habrá un comedido dispuesto a marcarle el error.
Entonces, si el vecino, si el ciudadano no le exige a sus pares que cumplan las normas -sobre todo porque él tampoco las cumple o no las va a cumplir-, si las leyes muestran debilidad, si las instituciones miran para otro lado y si los funcionarios no gobiernan con el ejemplo, no hay motivos aparentes para respetar nada. En cualquier caso, sería interesante estudiar la ley 7.575 y tratar de comprender cómo es que ha logrado dominar la esencia de la tucumanidad.
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