Gustavo Martinelli
Por Gustavo Martinelli 19 Agosto 2014
Esta columna tuvo una génesis singular. Comenzó primero con la idea de hablar sin tapujos sobre la degradación de nuestro lenguaje cotidiano. Pero, de pronto, una historia difundida por el diario español El País hizo que el tema tomara otro rumbo: un rumbo menos combativo y más reflexivo. La nota en cuestión relataba un hecho real, que ocurrió en la escuela experimental Hermann Müller, ubicada en la preciosa ciudad brasileña de Joanville. La protagonista era la profesora Silvana Aparecida quien, cansada del fracaso de muchos escolares, decidió alfabetizar creativamente a los niños de una precaria zona rural. Y el método no pudo ser más prodigioso: utilizó semillas y versos, que se sembraron al mismo tiempo en el jardín de la escuela. La estrategia consistía en lo siguiente: los chicos tomaban una semilla, hacían el agujero en la tierra y depositaban el grano junto a un poema que ellos mismos elegían después de haberlo leído y aprendido. Cuando la simiente brotaba, los versos se convertían en flores y en hojas de palabras. Así se hizo el milagro: aquellos niños de familias pobres aprendieron a leer antes de la edad promedio. Genial y sorprendente ¿no? Aquella maestra singular logró hacer lo que muchos consideran imposible: rescató el valor de las palabras hasta convertirlas en elementos vivos y palpables. Para eso la docente utilizó una estrategia realmente conmovedora. En portugués, el agujero que se hace para colocar las semillas se llama “cova”, que evoca la sepultura. Empecinada en inculcar en sus alumnos la idea motriz de vida en vez de la de muerte, la maestra tuvo la sorprendente idea de cambiar aquella palabra por el término “berço”, que significa cuna. Entonces, les dijo a los niños que para colocar las semillas (de las que nacerían nuevas vidas), debían preparar una “cuna” en vez de una sepultura. Y bastó ese cambio de palabras para que los chicos mostraran otra actitud. “Los niños empezaron a remover la tierra con mayor cariño. Hacían el agujero en forma de cuna, acariciaban sus bordes y se notaba en sus manos que estaban preparando algo precioso, para colocar en él a un recién nacido. Porque la semilla no iba a morir en ese agujero; iba a renacer en esa cuna”, argumentó la docente.

Esta insólita experiencia permite reflexionar no sólo sobre lo equivocada que suele estar toda nuestra pedagogía -anclada aún en estereotipos y modelos medievales-, sino que también rescata la verdadera dimensión de las palabras. Hoy, en esta Argentina pretendidamente inclusiva, el lenguaje de todos los días está perdiendo su dimensión trascendente, se está empobreciendo y embruteciendo a niveles alarmantes. Y buena parte de esa degradación está incitada por nuestros mismos dirigentes y referentes sociales. Políticos, gremialistas, legisladores y hasta profesionales hablan a viva voz, sin tapujos como si estuvieran en una cancha de fútbol. No es sólo las malas palabras o los insultos: desde los programas de televisión hasta las declaraciones de personajes públicos, pasando por los mensajes en las redes sociales, el predominio del lenguaje vulgar es, a todas luces, un claro síntoma de que algo anda mal. La violencia que late en nuestra sociedad se expresa a los gritos: en la calle, en una pelea entre automovilistas, y también en la escuela, entre alumnos y, entre padres y docentes. Violencia cuya peor cara vimos días atrás en el Rectorado de la UNT. Y cuando el grito sobresale sobre el discurso calmado no hay posibilidad alguna de reflexionar. No se trata, claro está, de caer en una pacatería infantil. Pero tampoco es cuestión de abandonar aquello que nos legaron. Porque -aceptémoslo de una buena vez- la palabra no es sólo lo que se oye, sino también lo que se ve, lo que se huele y hasta lo que se toca. Los chicos de esa escuela brasileña lo saben muy bien: la palabra tiene vida y se debe preservar.

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