El viejo se mueve rápido. Levanta la pierna, vuelve a bajarla. Apoya el pie en el suelo: talón, planta, punta. Levanta la otra pierna, vuelve a bajarla. Talón, planta, punta. Le sudan la frente y el cuello; se seca con un antebrazo. Lleva los brazos al costado del cuerpo, con los codos doblados y los puños cerrados. Después de andar un trecho, el viejo cambia de ritmo. Se ha cansado. Lo pasan por el costado. Pero no se rinde. Hasta el último paso. Sólo cuando llega a su meta, se detiene. Está agitado, resopla con fuerza. Son las tres de la tarde de un día de semana. El viejo ha saciado su adicción, su hambre. Ha consumido su dosis diaria de bienestar.
El viejo forma parte de una multitud de apasionados que, cada día más, sale a correr. Se los ve a toda hora, ocupando cualquier pista urbana, improvisada. ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué se someten voluntariamente a tanto esfuerzo? Dicen el viejo y los suyos que, cuando el sol quema y relamés el gusto salado de tu propia transpiración, resbalándose desde la nariz hacia la lengua, te sentís vivo. Que cuando llueve y el agua caída del cielo te empapa a cada paso, te sentís vivo. La pucha, cuán vivo. Que cuando descubrís que sos capaz de llegar hasta donde tus pies y tu cabeza quieran hacerlo, te sentís vivo. Que cuando los músculos de las piernas te arden como si fueran carbones encendidos, te sentís vivo.
Nadie les enseñó. Ni saben por dónde les viene el gusto. Suponen que ya lo traían impreso. O que lo aprendieron mirando a los demás, tratando de atrapar con los ojos el misterio metafísico que hace que algunos corran en punta de pie, que parezca que ni tocan el suelo. Pero sea como fuere, la humanidad ha estado corriendo los últimos dos millones de años, y no hay razones para que se detenga. Para que deje de sentirse libre. Como el viejo, que mañana volverá a la línea de llegada.
El viejo forma parte de una multitud de apasionados que, cada día más, sale a correr. Se los ve a toda hora, ocupando cualquier pista urbana, improvisada. ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué se someten voluntariamente a tanto esfuerzo? Dicen el viejo y los suyos que, cuando el sol quema y relamés el gusto salado de tu propia transpiración, resbalándose desde la nariz hacia la lengua, te sentís vivo. Que cuando llueve y el agua caída del cielo te empapa a cada paso, te sentís vivo. La pucha, cuán vivo. Que cuando descubrís que sos capaz de llegar hasta donde tus pies y tu cabeza quieran hacerlo, te sentís vivo. Que cuando los músculos de las piernas te arden como si fueran carbones encendidos, te sentís vivo.
Nadie les enseñó. Ni saben por dónde les viene el gusto. Suponen que ya lo traían impreso. O que lo aprendieron mirando a los demás, tratando de atrapar con los ojos el misterio metafísico que hace que algunos corran en punta de pie, que parezca que ni tocan el suelo. Pero sea como fuere, la humanidad ha estado corriendo los últimos dos millones de años, y no hay razones para que se detenga. Para que deje de sentirse libre. Como el viejo, que mañana volverá a la línea de llegada.
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