24 Junio 2014 Seguir en 

El ser humano suele llamarlo su amigo y va incluso más allá, al colocarlo junto al perro y al caballo en la categoría de mejores camaradas. “El árbol es compañero del caminante, defensor del perseguido, centinela de los pueblos, adorno de las ciudades, cabaña en la tempestad, toldo durante el estío, refugio durante la lluvia. El árbol es el cantor de la naturaleza, el guía de la producción, el reflejo de la fecundidad de la madre tierra”, escribió Antonio Velázquez Alonso. Pero no siempre las declaraciones afectivas se concretan en la realidad, por lo menos, en Tucumán.
La depredación, la falta de cuidado y mantenimiento atentan a menudo contra los árboles tucumanos. Una de las maneras de matar lentamente a estos amigos es ahogándolos con tasas cubiertas con cemento. Ello sucede, por ejemplo, en Las Piedras al 1.000, donde las raíces de un árbol habían levantado la vereda y un vecino decidió combatirlo con cemento. Un hecho parecido ocurre en Ayacucho al 500 y en Santa Fe al 700. En nuestra edición de ayer, se indica que en Mendoza al 200, en la puerta de un instituto perteneciente a la Sociedad de Empleados y Obreros del Comercio, las raíces de un árbol sobrepasan el cordón de la vereda y llegan hasta la calle. Del otro lado, el cemento cubre todo el perímetro que le permitiría al árbol respirar y vivir mejor. Pero no sólo en la capital; también en Aguilares y en Yerba Buena se observa este maltrato arbóreo. A veces por denuncias de vecinos se han podido salvar a los ejemplares, como ocurrió con el árbol que se halla en la calle Maipú, entre Marcos Paz y Santa Fe, cuya taza fue arreglada; un lector había enviado una fotografía a LA GACETA que se publicó en la edición online. “El árbol es un ser vivo que respira a través de las raíces y se alimenta con el agua. No sé cuánto tiempo podría vivir, pero al no tener las condiciones necesarias puede enfermarse”, dijo la directora del Jardín Botánico de la Fundación Miguel Lillo.
La depredación es otro enemigo de los árboles. En nuestra sección Cartas, un lector escribió: “Uno de los árboles que caracteriza a la ciudad es el naranjo agrio que, en filas cada vez más despobladas, brinda sombra, frutos y un perfume de azahares que inunda el aire anticipándose a la primavera de los lapachos... en nuestra ciudad, parece que cualquier obra o necesidad de los que construyen ‘justifica’ que se arranquen los árboles, que se los dañe de a poco hasta su extinción. Una incultura ciudadana que habla muy mal de nosotros”. Cita como ejemplo un naranjo de Santa Fe al 700. Por otro lado, hay ejemplares empestados, como sucede con varios naranjos de la plaza San Martín u otros antiguos que si fueran podados y se aliviara el peso de las ramas, podrían tener una vida más larga y no provocarían daños en su caída.
Cabe preguntarse cuál es el control que realiza la Dirección de Espacios Verdes de la Municipalidad. Nos parece que debería diseñarse una normativa específica, previa consulta a investigadores del Instituto Lillo. Sería positivo si se efectuaran campañas de concientización en cada barrio sobre los beneficios que nos brindan los árboles y la importancia de cuidarlos. Se podría organizar que escolares y adolescentes plantaran árboles en los paseos públicos, en las márgenes de ríos o a la vera de las rutas con cierta periodicidad. “Los árboles son poemas que la Tierra escribe en el cielo”, decía el poeta Khalil Gibran.
La depredación, la falta de cuidado y mantenimiento atentan a menudo contra los árboles tucumanos. Una de las maneras de matar lentamente a estos amigos es ahogándolos con tasas cubiertas con cemento. Ello sucede, por ejemplo, en Las Piedras al 1.000, donde las raíces de un árbol habían levantado la vereda y un vecino decidió combatirlo con cemento. Un hecho parecido ocurre en Ayacucho al 500 y en Santa Fe al 700. En nuestra edición de ayer, se indica que en Mendoza al 200, en la puerta de un instituto perteneciente a la Sociedad de Empleados y Obreros del Comercio, las raíces de un árbol sobrepasan el cordón de la vereda y llegan hasta la calle. Del otro lado, el cemento cubre todo el perímetro que le permitiría al árbol respirar y vivir mejor. Pero no sólo en la capital; también en Aguilares y en Yerba Buena se observa este maltrato arbóreo. A veces por denuncias de vecinos se han podido salvar a los ejemplares, como ocurrió con el árbol que se halla en la calle Maipú, entre Marcos Paz y Santa Fe, cuya taza fue arreglada; un lector había enviado una fotografía a LA GACETA que se publicó en la edición online. “El árbol es un ser vivo que respira a través de las raíces y se alimenta con el agua. No sé cuánto tiempo podría vivir, pero al no tener las condiciones necesarias puede enfermarse”, dijo la directora del Jardín Botánico de la Fundación Miguel Lillo.
La depredación es otro enemigo de los árboles. En nuestra sección Cartas, un lector escribió: “Uno de los árboles que caracteriza a la ciudad es el naranjo agrio que, en filas cada vez más despobladas, brinda sombra, frutos y un perfume de azahares que inunda el aire anticipándose a la primavera de los lapachos... en nuestra ciudad, parece que cualquier obra o necesidad de los que construyen ‘justifica’ que se arranquen los árboles, que se los dañe de a poco hasta su extinción. Una incultura ciudadana que habla muy mal de nosotros”. Cita como ejemplo un naranjo de Santa Fe al 700. Por otro lado, hay ejemplares empestados, como sucede con varios naranjos de la plaza San Martín u otros antiguos que si fueran podados y se aliviara el peso de las ramas, podrían tener una vida más larga y no provocarían daños en su caída.
Cabe preguntarse cuál es el control que realiza la Dirección de Espacios Verdes de la Municipalidad. Nos parece que debería diseñarse una normativa específica, previa consulta a investigadores del Instituto Lillo. Sería positivo si se efectuaran campañas de concientización en cada barrio sobre los beneficios que nos brindan los árboles y la importancia de cuidarlos. Se podría organizar que escolares y adolescentes plantaran árboles en los paseos públicos, en las márgenes de ríos o a la vera de las rutas con cierta periodicidad. “Los árboles son poemas que la Tierra escribe en el cielo”, decía el poeta Khalil Gibran.
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