En más de 30 autorretratos, Vincent van Gogh permanece en el tiempo según su propia -y tremenda- visión plasmada al óleo. Como tantos otros artistas de las artes visuales en la historia, el holandés usaba el retrato como un método de introspección, para hacer dinero y para desarrollar su técnica.
En el tercer milenio todos devinimos fotógrafos amateurs con práctica recurrente de la autofoto.
¡Qué gran invento la selfie! Permite que el viajero solitario no lo sea tanto porque puede mostrarse ante su familia y sus amigos con el Uritorco o la Tour Eiffel al fondo. En otra categoría clasifican los “aspirantes a” y las superestrellas, que estructuran su marketing en el informe pormenorizado de lo que les interesa mostrar, sin tapujos, sobre la trascendencia de sus vidas. También los comunes mortales que se volvieron adictos al autorretrato. Si dedicaran el tiempo que les lleva autorretratarse y subir a las redes sociales cada imagen a meditar, algunos ya serían lamas tibetanos.
Selfie es un neologismo que podría traducirse como fotito. En 2013 los diccionarios Oxford de Inglés la eligieron palabra del año. A esta altura, a pesar de que la RAE aconseja que digamos autofoto, seguiremos diciendo selfie porque es más cool. Tal como mandan el narcisismo reinante y la necesidad de mostrarse todo el tiempo para poder existir socialmente.
Dictadura de que solo existe lo que está en los medios, para poder autoafirmar la existencia. ¡Estamos tan inseguros, pidiendo que los demás nos aprueben y nos acepten! Solo a Facebook me remito, que con más de 3.000 millones de fotos personales publicadas por mes atesora más miradas, sonrisas y poses que la memoria de la humanidad.
En medio del vertiginoso tráfico de imágenes se trata siempre de lo mismo: de intentar detener el tiempo y con el mismo recurso desde 1839, la fotografía. Para persistir y permanecer, en pixeles, por décimas de segundos o por la eternidad.
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