19 Noviembre 2003 Seguir en 
La XIII Cumbre Iberoamericana de Santa Cruz de la Sierra, inspirada en el propósito de formalizar una región mundial de intereses comunes y cuyo planeamiento implica un considerable empeño para tratar de equilibrar la gravitación de los Estados Unidos y de la Unión Europea, ha constituido una nueva experiencia sobre las vacilaciones de nuestra política exterior a partir de la crisis que puso fin al gobierno de la Alianza. Ambigua y contradictoria, tanto como sometida a las necesidades de la política interna y a la fragilidad de los poderes públicos, la política internacional argentina ha sido afectada por la presión de lo coyuntural, con lo que ha perdido su condición de política de Estado.
A partir de la década de los 90, la orientación de nuestras relaciones con la comunidad internacional fue definida desde la visión de un solo partido, el Justicialista, con excepción de los dos años de la Alianza, caracterizados por sus escasas variantes. La fuerte crisis interna que afectó al PJ -y que está lejos de resolverse- exacerbó los personalismos partidarios hasta el punto de que la política exterior de la Nación pasó a identificarse con sus presidentes, perdiendo de vista que su continuidad es condición de previsibilidad en el cumplimiento, más allá de la duración de los gobiernos; es decir, se trata de una política de Estado que contribuye a la cooperación internacional.
Esa identificación personalista remite necesariamente por contraposición a las de nuestros vecinos, Chile y Brasil, cuyas dificultades políticas internas no han sido menos graves, pero cuyos presidentes, Ricardo Lagos y Lula da Silva, rinden culto al principio de continuidad y de servicio a los intereses permanentes de sus países.
El primero, un socialista que ha suscripto el acuerdo comercial con Estados Unidos, mediante reservas suficientes para que se lo considere una vía hacia el Primer Mundo. El segundo, cuya veteranía en la izquierda nacional no le ha impedido ser calificado por sus antiguos adversarios como líder regional, ni tampoco apoyar el proyecto de su antiguo rival, el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, que organiza la secretaría general de la Cumbre.
Si la reunión de Santa Cruz de la Sierra ha vuelto a demostrar que no es una concertación realizable a mediano plazo por los periódicos conflictos coyunturales que afectan a la gran región hemisférica, ha sido también testimonial de que nuestro Gobierno sigue afectado por la crisis de personalismo que perturba al partido oficialista.
El hecho de que el presidente Kirchner concurriese a la reunión -como manifestó el propio canciller, aconsejado por el rey de España-, pero no lo hiciera a la inauguración y, por añadidura, se retirase de ella antes de finalizar, además de otros gestos de muy dudosa oportunidad diplomática entre países con más afinidades y causas comunes que diferencias, no evidencia una estrategia, sino algo muy diferente, que no hace sino contaminar las relaciones de la República en el sector más afín de la comunidad internacional.
Si la imprevisión es el signo que sigue marcando el paso de nuestra política exterior, no se advierte cómo habrán de resolverse las secuelas de la crisis que afecta al país y que requiere de un sólido entramado de confianza en la comunidad internacional. "La Argentina va a ser seductora sin necesidad de decirlo, si es un país serio, predecible, responsable y equitativo", afirmó, a poco de asumir, el canciller Rafael Bielsa. Pero debe reconocerse que mientras perdure esa política ciclotímica con nombres y apellidos, y sin otro rasgo externo que la improvisación al ritmo de la coyuntura interna, el país seguirá siendo un dudoso acreedor de la solidaridad internacional.
A partir de la década de los 90, la orientación de nuestras relaciones con la comunidad internacional fue definida desde la visión de un solo partido, el Justicialista, con excepción de los dos años de la Alianza, caracterizados por sus escasas variantes. La fuerte crisis interna que afectó al PJ -y que está lejos de resolverse- exacerbó los personalismos partidarios hasta el punto de que la política exterior de la Nación pasó a identificarse con sus presidentes, perdiendo de vista que su continuidad es condición de previsibilidad en el cumplimiento, más allá de la duración de los gobiernos; es decir, se trata de una política de Estado que contribuye a la cooperación internacional.
Esa identificación personalista remite necesariamente por contraposición a las de nuestros vecinos, Chile y Brasil, cuyas dificultades políticas internas no han sido menos graves, pero cuyos presidentes, Ricardo Lagos y Lula da Silva, rinden culto al principio de continuidad y de servicio a los intereses permanentes de sus países.
El primero, un socialista que ha suscripto el acuerdo comercial con Estados Unidos, mediante reservas suficientes para que se lo considere una vía hacia el Primer Mundo. El segundo, cuya veteranía en la izquierda nacional no le ha impedido ser calificado por sus antiguos adversarios como líder regional, ni tampoco apoyar el proyecto de su antiguo rival, el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, que organiza la secretaría general de la Cumbre.
Si la reunión de Santa Cruz de la Sierra ha vuelto a demostrar que no es una concertación realizable a mediano plazo por los periódicos conflictos coyunturales que afectan a la gran región hemisférica, ha sido también testimonial de que nuestro Gobierno sigue afectado por la crisis de personalismo que perturba al partido oficialista.
El hecho de que el presidente Kirchner concurriese a la reunión -como manifestó el propio canciller, aconsejado por el rey de España-, pero no lo hiciera a la inauguración y, por añadidura, se retirase de ella antes de finalizar, además de otros gestos de muy dudosa oportunidad diplomática entre países con más afinidades y causas comunes que diferencias, no evidencia una estrategia, sino algo muy diferente, que no hace sino contaminar las relaciones de la República en el sector más afín de la comunidad internacional.
Si la imprevisión es el signo que sigue marcando el paso de nuestra política exterior, no se advierte cómo habrán de resolverse las secuelas de la crisis que afecta al país y que requiere de un sólido entramado de confianza en la comunidad internacional. "La Argentina va a ser seductora sin necesidad de decirlo, si es un país serio, predecible, responsable y equitativo", afirmó, a poco de asumir, el canciller Rafael Bielsa. Pero debe reconocerse que mientras perdure esa política ciclotímica con nombres y apellidos, y sin otro rasgo externo que la improvisación al ritmo de la coyuntura interna, el país seguirá siendo un dudoso acreedor de la solidaridad internacional.
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