18 Noviembre 2003 Seguir en 
Cuando el intendente Domingo Amaya salió de Tribunales, no quiso decir ni una palabra. Dejó la denuncia en contra de su antecesora Marta de Ezcurra, y salió corriendo a refugiarse bajo el ala de quien le devolvió el protagonismo político. Junto a su creador, José Alperovich, habló sobre las irregularidades que se plantearon a la Justicia sobre la administración anterior.
A los múltiples roles que cumple el gobernador de la provincia, ayer se sumó el de guardaespaldas del intendente. Es cierto que el municipio de capital es un moribundo que respira sólo porque el Poder Ejecutivo no le apaga el pulmotor.
Sin embargo, este juego de sombras que encararon Amaya y Alperovich puede terminar siendo un verdadero bumerán para ambos.
Los éxitos del intendente pasarán inadvertidos y los terminará cosechando el mandatario provincial. Los fracasos o los yerros también repercutirán en el gobernador, porque es él quien manda en la Municipalidad de capital a control remoto.
Los más desubicados son los concejales, ya que el día que asumió Amaya firmaron su propio certificado de defunción al delegarle facultades especiales que incluso afectan su propia autonomía. ¿Adónde deben dirigir sus quejas? ¿A la casona de Alberdi 151 o a la Casa de Gobierno? Los municipales están en la misma. Cuando termine el idilio, el humo de las cubiertas quemadas llegará hasta el palacio que le prestaron a Alperovich.
Dos grandes ausentes
Ayer fue el Día de la Militancia Peronista, y los dos principales referentes del justicialismo estuvieron ausentes en el acto central. Julio Miranda, el presidente del partido, se quedó en Buenos Aires y sólo tuvo algunos contactos telefónicos con referentes del PJ. Tampoco asistió Alperovich, pese a ser un novel peronista que aún no sabe la marchita de memoria; pero es el hombre que el justicialismo eligió para gobernar la provincia. En cambio, sí dijo presente Fernando Juri, el vicegobernador.
Las ausencias y presencias son todo un símbolo de lo que vendrá en la provincia. Miranda oteará desde lejos, y Juri y Alperovich mantendrán una pelea sorda y silenciosa que no se traducirá en palabras sino en hechos.
Las batallas del "general"
El titular del Poder Ejecutivo suma frentes de combate. Avanza como un "general" y se apodera de territorios como el del municipio de capital. A la vez da batalla dentro del peronismo, mientras los viejos dirigentes se agazapan. En este afán de controlar todo lo que pasa dentro de la comarca, descuidó los problemas que están más allá de las fronteras. Alperovich conoce muy bien cómo se manejan las cosas en Buenos Aires. Tuvo la capacidad de acodarse en la mesa duhaldista cuando era senador. Cuando hacía campaña, se puso el saco de kirchnerista y se vendió como el hombre del cambio nacional. Sin embargo, ni aquella experiencia ni el ropaje que utilizó le sirvieron para que Tucumán tuviera privilegios en el Presupuesto nacional a la hora de la repartija de fondos. Al mandatario le faltó la capacidad para sentar a los diputados y senadores provinciales y exigirles la tan declamada unidad por Tucumán. Sin dudas, fue una falla del gobernador, pero también hay responsabilidades compartidas con los tres senadores y con los nueve diputados que mandaron los tucumanos al Congreso.
Ninguno supo hacer respetar a esta provincia que todos reconocen en situación crítica. Tucumán tiene índices preocupantes, pero a la hora de la distribución de fondos es tratada como si fuera rica y como si no tuviera problemas para afrontar el futuro.
A los múltiples roles que cumple el gobernador de la provincia, ayer se sumó el de guardaespaldas del intendente. Es cierto que el municipio de capital es un moribundo que respira sólo porque el Poder Ejecutivo no le apaga el pulmotor.
Sin embargo, este juego de sombras que encararon Amaya y Alperovich puede terminar siendo un verdadero bumerán para ambos.
Los éxitos del intendente pasarán inadvertidos y los terminará cosechando el mandatario provincial. Los fracasos o los yerros también repercutirán en el gobernador, porque es él quien manda en la Municipalidad de capital a control remoto.
Los más desubicados son los concejales, ya que el día que asumió Amaya firmaron su propio certificado de defunción al delegarle facultades especiales que incluso afectan su propia autonomía. ¿Adónde deben dirigir sus quejas? ¿A la casona de Alberdi 151 o a la Casa de Gobierno? Los municipales están en la misma. Cuando termine el idilio, el humo de las cubiertas quemadas llegará hasta el palacio que le prestaron a Alperovich.
Dos grandes ausentes
Ayer fue el Día de la Militancia Peronista, y los dos principales referentes del justicialismo estuvieron ausentes en el acto central. Julio Miranda, el presidente del partido, se quedó en Buenos Aires y sólo tuvo algunos contactos telefónicos con referentes del PJ. Tampoco asistió Alperovich, pese a ser un novel peronista que aún no sabe la marchita de memoria; pero es el hombre que el justicialismo eligió para gobernar la provincia. En cambio, sí dijo presente Fernando Juri, el vicegobernador.
Las ausencias y presencias son todo un símbolo de lo que vendrá en la provincia. Miranda oteará desde lejos, y Juri y Alperovich mantendrán una pelea sorda y silenciosa que no se traducirá en palabras sino en hechos.
Las batallas del "general"
El titular del Poder Ejecutivo suma frentes de combate. Avanza como un "general" y se apodera de territorios como el del municipio de capital. A la vez da batalla dentro del peronismo, mientras los viejos dirigentes se agazapan. En este afán de controlar todo lo que pasa dentro de la comarca, descuidó los problemas que están más allá de las fronteras. Alperovich conoce muy bien cómo se manejan las cosas en Buenos Aires. Tuvo la capacidad de acodarse en la mesa duhaldista cuando era senador. Cuando hacía campaña, se puso el saco de kirchnerista y se vendió como el hombre del cambio nacional. Sin embargo, ni aquella experiencia ni el ropaje que utilizó le sirvieron para que Tucumán tuviera privilegios en el Presupuesto nacional a la hora de la repartija de fondos. Al mandatario le faltó la capacidad para sentar a los diputados y senadores provinciales y exigirles la tan declamada unidad por Tucumán. Sin dudas, fue una falla del gobernador, pero también hay responsabilidades compartidas con los tres senadores y con los nueve diputados que mandaron los tucumanos al Congreso.
Ninguno supo hacer respetar a esta provincia que todos reconocen en situación crítica. Tucumán tiene índices preocupantes, pero a la hora de la distribución de fondos es tratada como si fuera rica y como si no tuviera problemas para afrontar el futuro.
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