Menos asistencialismo y más cultura del trabajo

La solución pasa por mejorar las condiciones laborales.

17 Noviembre 2003
Por Carmen Coiro

BUENOS AIRES.- La tibia pero al parecer firme tendencia hacia la reactivación de la economía; la necesidad de mantener los planes sociales para atender a los sectores de mayor riesgo, y la urgencia del Gobierno por conservar en alto su nivel de popularidad son factores que comienzan a combinarse en forma compleja y permiten entrever un debate en ciernes.
Las recientes decisiones oficiales de mejorar, aunque fuera muy tenuemente, las remuneraciones de los trabajadores privados y los haberes jubilatorios, junto con el aguinaldo social otorgado a los beneficiarios de los planes para desocupados, siguen en línea con la tesis económica que sustenta el Gobierno de elevar el poder adquisitivo para incrementar el consumo interno y terminar de construir así un círculo virtuoso a favor del crecimiento económico. Ninguna medida tiene el efecto mágico de conformar a todos: los sorpresivos anuncios de la semana pasada fueron apenas bien recibidos por trabajadores privados, jubilados y desocupados, pero incomodaron a empresarios y a los empleados estatales que volvieron a sentirse postergados a la hora de recibir algunas migas del escaso derrame causado -según la versión oficial- por el aumento en la recaudación.
Se advirtió, además, el inicio de una incipiente discusión de alcances amplios y críticos para el Gobierno.Los $ 50 agregados a los subsidios para desempleados recibieron algunos cuestionamientos, incluso de sectores clasificados dentro del progresismo. Analistas de la actual situación social advierten sobre el riesgo que significa fomentar el asistencialismo en contra de la cultura del trabajo. Las estadísticas parecen demostrar que los beneficiarios de los planes, que en teoría deberían cumplir una tarea como contrapartida, pero que en realidad siguen siendo clientes políticos, prefieren la comodidad de mantenerse improductivos a cambio de una mínima recompensa, en lugar de presentarse a las ofertas de trabajo que, aunque comienzan a aparecer con timidez, siguen prometiendo remuneraciones exiguas.

Piden firmeza
Algunos dignatarios eclesiásticos también tercian en la discusión, e incluso se suman a ciertos sectores políticos -entre ellos, representativos de la clase media- que reclaman al Gobierno una política más firme a la hora de encarar el aluvión de manifestaciones piqueteras que, día a día, presionan sobre el Gobierno e incomodan a los ciudadanos comunes.
Al calor de opiniones contrapuestas, el Gobierno pareció dar marcha atrás a la iniciativa antes impulsada de desprocesar a los piqueteros con distintas causas, atento a una corriente de rechazo al proyecto.
Quedó así atrapado en sus propias redes: su política de seducción a los piqueteros, hoy por hoy únicos emergentes de la protesta social que antes lideraban las organizaciones sindicales, parece no estar dando resultado, debido a lo anárquico de las distintas agrupaciones, totalmente ajenas a la verticalidad y la política de buen negociador que otrora ostentaban las centrales obreras.

Recompensa
Los piqueteros son desocupados, y la mayoría de ellos, beneficiarios de los planes sociales. Se desprende que la protesta social permanecerá atada, paradojalmente, a la política asistencialista de la actual administración, continuación de la inaugurada por Eduardo Duhalde, claro que en circunstancias políticas, económicas y sociales bastante diferentes -afortunadamente- de las que ahora se atraviesan.
La solución al conflicto no parece ser otra que la de apuntar a iniciativas destinadas al mejoramiento de las condiciones laborales. A nadie le debe atraer hoy por hoy sumarse al mercado activo del trabajo si la recompensa son apenas $ 300 o $ 400 mensuales -poco más que el subsidio a desempleados- a cambio de 10 o 12 horas de trabajo diario.
La denominada "flexibilización laboral" impuesta durante el menemismo no hizo más que transformarse -como muchos vaticinaban entonces- en casi una nueva versión del sistema de esclavitud, pero en el tercer milenio.
La salida de ese sistema parece imprescindible para frenar la constante marcha de una gran porción de la población hacia la marginalidad, la protesta impotente y la desaparición total de la esperanza en una vida mejor. (DyN)

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