Los deberes del vecino

La recuperación de San Miguel de Tucumán es una tarea de toda la sociedad.

17 Noviembre 2003
Nadie deja de estar de acuerdo en la urgencia de que la Municipalidad de la capital produzca sustanciales acciones de mejoramiento de la ciudad. Pero no se insiste lo suficiente en otra cuestión, igualmente necesaria, y sin cuya existencia se malogrará todo lo demás que pudiera hacerse. Nos referimos a los principios que el habitante debe empezar a observar (y que en la actualidad generalmente no observa) para que la vida de su ciudad se desarrolle dentro del orden, de la normalidad, del respeto mutuo y de la higiene.
Hay que detenerse en este tema porque el vecino del municipio tiene por norma reclamar permanentemente, a las autoridades, el mejoramiento de los servicios que se le prestan. Se trata, como sabemos, de requerimientos constantes y muchas veces airados, como lo refleja a diario, por ejemplo, nuestra columna de cartas de lectores. Nadie puede dudar de que la razón sustenta con fuerza tales planteos, y mucho más cuando se piensa en el estado de inercia que ha caracterizado a la comuna durante estos últimos años. Pero también es justo recordar que no siempre la conducta del vecino facilita o apoya esa labor municipal que demanda. En efecto, quiere una ciudad limpia, ordenada, de perfil moderno, pero en la práctica no tiene inconvenientes en obrar de manera absolutamente opuesta a ese ideal que dice alentar. A través de múltiples ejemplos podría mostrarse el cúmulo de actitudes antisociales que nuestra falta de cultura comunitaria genera de modo cotidiano, con los efectos negativos que son de imaginar. Y a ese mismo terreno cabe adscribir -hay que subrayarlo- la reticencia para pagar en término las tasas municipales, tesitura que pone, a quien incurre en ella, en la curiosa situación de que reclama servicios que cuestan dinero, pero se niega simultáneamente a contribuir a que esos servicios se paguen, como es su deber.Es evidente que todavía nos falta un largo aprendizaje en lo que a una verdadera conciencia comunitaria respecta. Nos referimos a sentir que nos toca una responsabilidad, directa y personal, en el funcionamiento de la ciudad que habitamos. Ciudad que no es una cosa "de otro" sino de nosotros mismos, y que sólo podrá ser mejor en la medida en que tal conciencia exista y que se manifieste en actitudes concretas.
Basta echar una mirada por el centro o por los barrios tucumanos, para darse cuenta de lo poco que el habitante, por sí solo, realiza en orden a rodearse de la higiene y de la estética cuyo logro está demandando de modo constante a las autoridades municipales. El vecino de nuestra ciudad no sólo no hace nada a ese respecto, sino que opera de modo francamente opuesto y, como si fuera poco, no presta importancia a las actitudes predatorias de sus conciudadanos. ¿Cuántos casos se saben de que alguien denuncie a ese inadaptado que, a la vista de todos, destroza un árbol, embadurna una fachada o rompe un teléfono público, por ejemplo, actitudes que en muchas capitales del mundo suscitarían una recriminación formal por parte de quienes las presencian?
Así, nos parece que un objetivo municipal prioritario debe ser el de formar una nueva conciencia acerca de los deberes del habitante con relación a su ciudad. Conciencia que, creemos, debiera también postularse en las escuelas, como una materia más de las dirigidas a modelar la personalidad. El cada vez más complejo e interrelacionado mundo en que vivimos hace ya imposible ser indiferente hacia las pautas que regulan la convivencia entre los seres humanos de una urbe. Practicarlas como algo permanente, por convicción y no sólo por la posibilidad de sanciones, es un auténtico imperativo, si aspiramos a vivir en la armonía de la civilización y no en el caos.

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