Los desafíos de reabrir el ex cine Plaza

06 Feb 2014 Por Fabio Ladetto
La excelente noticia de que se reabrirá un espacio irremplazable de la cultura tucumana como es el ex cine Plaza, cerrado a todo público desde 1992 (por 17 años fue un centro religioso privado), dejó al descubierto las fricciones que existen en el poder.

La prédica por recuperar el querible edificio frente a la plaza Independencia, diseñado por el gran arquitecto tucumano Alberto Prebisch, fue impulsada en 2005 por Olijela del Valle Rivas, quien muy posiblemente será (con suerte) sólo una invitada más a la fiesta de inauguración de la ahora sala Mercedes Sosa. La ex legisladora no es bienvenida por su falta de sangre alperovichista, pero sería una ofensa a la buena memoria dejarla de lado siquiera en el protocolo.

La puja por la gestión del ex Plaza viene desde hace tiempo en forma soterrada, pero desde el momento en que se vio el final de la obra, se potenció fuertemente el enfrentamiento entre los entes provinciales de Cultura y de Turismo, con la Secretaría General de la Gobernación como una suerte de árbitro. 

La salida clásica que tienen los gobiernos (de todo color político) ante las crisis internas, es mantener a los políticos perdidosos dentro de la estructura burocrática. Les inventan cargos, los reposicionan, los designan asesores de algo o funcionarios sin personal a cargo, poder de decisión, incidencia ni mando real.

Esta vez, la solución alperovichista a las peleas será la misma. Se creará una nueva oficina (se la llamará Consorcio) para administrar el auditorio, dependiente en forma directa de la Gobernación, que estará en el medio de los conductores de ambos entes y oficiará de colchón de amortiguación. La posibilidad de que el futuro encargado de la sala tenga facultades concretas para decidir, desde su lugar, una política cultural o de promoción social, será muy limitada. Quizás su labor se limite a la programación de espectáculos.

Una de las primeras cuestiones a definir es el destino que se le dará a la sala. Si se aplicase la buena lógica de optimización del aprovechamiento de los bienes estatales, base de toda política económica estatal, se debería pensar este espacio en articulación con todos los otros que tiene la Provincia. Sin embargo, todo indica que se manejará en forma autónoma del teatro Orestes Caviglia, de la hermosa (y desaprovechada) sala del primer piso del Ente Tucumán Turismo o del museo de la Casa Padilla, por mencionar sólo los tres espacios más cercanos que tienen (o deberían tener) actividad artística casi permanente. Siguiendo en esta misma idea, se podría haber previsto que el Espacio Incaa sea montado en el pullman del ex cine Plaza (nada hubiese sido más apropiado) y no en la Caviglia, evitando así un conflicto con los teatristas.

Con 1.614 butacas, el Mercedes Sosa se presenta como el reemplazante natural del Teatro San Martín en los grandes eventos, que necesita ser preservado para determinados hechos artísticos, no (como se lo viene haciendo) para cualquier clase de actividad, incluso actos políticos poco culturales. No se defiende el perverso concepto de selectividad en el acceso a la cultura (con políticas de mediano y largo plazo, se debe tender a que todos los ciudadanos puedan ir a todos los sitios), sino en la necesaria protección de un edificio centenario que muestra signos de deterioro.

Seguramente, en lo inmediato, el principal objetivo que tendrá en mente el gobernador, José Alperovich, cuando el 14 de marzo reabra la sala con Maximiliano Guerra, sea presentarse con “Espíritu triunfador”, el nombre de una de las dos películas con las cuales se inauguró el Plaza el miércoles 3 de abril de 1946. La otra se llamaba “Como te quise te quiero”, y quizás la lista de invitados dé una pista sobre la vigencia del título dentro del peronismo vernáculo.
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