Un problema mundial
La TV los muestra llorando ante el derrumbe. Pero no lloran exactamente por la muerte de Fabio Luiz Pereira y Ronaldo Oliveira, los dos obreros fallecidos ante el accidente. Lloran porque se derrumbó un sector del estadio que esperan desde toda una vida. Corinthians, se sabe, es junto con Flamengo el equipo más popular de Brasil, una "nación de 30 millones de hinchas". Pero sin estadio. Sin estadio en serio, porque el primer campo, en realidad, estaba en el barrio de Bom Retiro, donde el club fue fundado en 1910 por cinco trabajadores de San Pablo, pintores de brocha gorda, zapateros y motorman, inspirados en el nombre de un equipo inglés que por esos días visitaba Brasil. Era el Corinthian FC, un equipo que rechazaba los penales, a favor o en contra, porque consideraba que ponían en duda la "honestidad" del fútbol y que sacaba a uno de sus jugadores si un rival se lesionaba. Fue el club amateur más famoso del mundo, bandera del "fair play" (juego limpio). Protagonizó goleadas históricas con su juego de ataque y pases cortos (8-3 al campeón Blackburn Rovers y 11-3 a Manchester United), pero cayó al rechazar los nuevos tiempos del profesionalismo, porque sostenía que sus "gentleman" que jugaban por placer no debían siquiera compartir vagones de tren con los "players" que jugaban por dinero. CB Fry, su mítico capitán, enloqueció tras el retiro, se postuló como Rey de Albania y admiró a Hitler.

Lejos de todo elitismo, los trabajadores que fundaron al brasileño Corinthians comenzaron jugando en el precario "Campo do Lenheiro", hasta que en 1918 inauguraron el estadio Ponte Grande, para 5.000 personas. Allí jugaron nueve años, porque luego los socios del club pusieron dinero para construir el Estadio Alfredo Schurig, en homenaje a un ex presidente. El Parque Sao Jorge, como aún hoy se lo conoce, tiene capacidad para 18.000 personas, pequeño para tantos hinchas, por lo que Corinthians pasó a jugar sus partidos en el Pacaembú, para casi 40.000 espectadores, pero que pertenece a la Prefectura de San Pablo. Corinthians amagó comprarlo en 2005, pero la Prefectura sospechó, y con razón, del origen de los dineros de Kia Joorabchian, el empresario iraní que había comprado el club. Corinthians soportaba burlas eternas de Palmeiras, su clásico rival, que al menos tiene estadio propio para 28.000 personas (Parque Antartica). Las burlas mayores llegaban del Sao Paulo, que juega en el Morumbí, para 100.000 espectadores. Si hasta Boca llegó a burlarse este año en la Libertadores cuando dijo que si hacía gol de visitante no valdría doble porque Corinthians carecía de estadio.

Cuando Brasil ganó la sede del Mundial 2014 (sin competencia, porque toda Sudamérica se unió a su candidatura y la FIFA rotaba las sedes por continente), todos creyeron que el Morumbí sería, sin duda alguna, el estadio que representaría a Sao Paulo. Pero Corinthians, máximo campeón paulista, ya había dejado de ser el Racing de Brasil, como contamos en esta columna un tiempo atrás. Aquel equipo sufriente de los años 60-70, tiempos de pura sequía, en los que hasta los comerciantes hinchas de Palmeiras se burlaban colocando carteles que decían "Fiado sólo cuando Corinthians salga campeón". Había cracks como Roberto Rivellino (el ídolo de Diego Maradona), pero el equipo no hacía honor al apodo de O Timao (Equipazo), que recibió cuando en 1966 fichó a Garrincha. En 2013, su año de gloria, ganó Libertadores y Mundial de Clubes, valiosos, porque carecía de títulos internacionales y eso también era motivo de burlas. Y, además, creció la construcción del Itaqueirao, el nuevo estadio al que Brasil había elegido para representar a San Pablo en el Mundial. Tal era el orgullo que los obreros rechazaron el color verde del campo sintético en el que jugaban partidos en tiempos de descanso. Eligieron jugar sobre un césped gris. Verde, decían los obreros, es Palmeiras, el rival odiado.

Más que el equipo del pueblo de los orígenes, Corinthians pasó a ser en los últimos años el equipo del poder en Brasil. Ayudaron el paso marketinero de Ronaldo y el arribo de Andrés Sánchez, un dirigente polémico, apoyado por Gavioes da Fiel (la mayor hinchada organizada del mundo, con sectores radicales) y también por la poderosa cadena Globo. Sanchez como nuevo hombre fuerte de la propia Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) y Ronaldo ya no más como jugador sino como empresario y rostro del Mundial 2014 posicionaron al Itaqueirao (también le dicen "Fielzao") de su querido Corinthians como estadio paulista del Mundial. Pero hubo otros hombres acaso más decisivos. Fueron el entonces presidente Lula y el constructor Emilio Odebrecht. Lula pensó en impulsar la zona Este de la ciudad; Odebrecht en nuevos negocios y Sanchez en una obra que puede terminar impulsándolo a la presidencia de la CBF. La grúa que falló el miércoles, derrumbó una parte del techado, mató a dos obreros y, tal vez, derrumbó también algunos proyectos. Descontrolado, Sánchez, que justo cuando se produjo el accidente atendía a periodistas a pocos metros de lugar, recurrió a la seguridad privada de Odebrecht y a miembros de la Policía Militar para quitar cámaras a fotógrafos y agredir a periodistas que querían registrar el accidente. Sanchez ya había dado muestras de su impunidad cuando buscó desmentir una entrevista grabada que había dado en noviembre de 2011 al periodista Luiz Maklouf de Carvalho, de la revista Epoca. Dijo allí que Lula fue quien decidió la construcción del Itaqueirao y quien ordenó además que la obra debía ser realizada por Odebrecht con dineros propios, pero obtenido a través de créditos públicos, una suma que Corinthians, todos lo saben, jamás podrá devolver.

Números que asombran

El Itaqueirao, hay que decirlo, forma parte de un proyecto que el periodista Juca Kfouri definió como "megalómano", pues la FIFA quería ocho sedes, pero Brasil impuso 12 sedes y 12 estadios, algunos, se sabe, en ciudades como Cuiabá, Brasilia, Natal y Fortaleza, donde ni siquiera hay equipos en segunda división. La prensa brasileña dice ahora que el Mundial de Alemania 2006 gastó 3.600 millones de reales (unos 1.500 millones de dólares, 1.100 millones de euros) para el mismo número de estadios y Sudáfrica 2010 unos 3.200 millones de reales (casi 1.400 millones de dólares, cerca de 1.000 millones de euros) para 10 estadios. Brasil, añaden los informes, ya superó ambas cifras sumadas para sus 12 estadios, pues la previsión inicial de 2.500 millones de reales, subida luego a 5.400, es ahora de 8.000 millones de reales (unos 3.400 millones de dólares, 2.500 millones de euros). Recuerdo haberle preguntado hace unos meses a Kfouri, uno de los periodistas más respetados de Brasil, quién tenía más poder para el Mundial, si el gobierno de Dilma Rouseff o la cuestionada conducción de la CBF. "El poder -me respondió Kfouri- lo tienen las empresas constructoras, las que soportan las campañas electorales en Brasil. Es una verdad a todo precio". Pero, a veces, falla una grúa y los planes se complican.

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