El ciudadano y el tránsito

El simple hecho de trasladarse de un lugar a otro en el ámbito urbano puede constitiuir un riesgo cierto

06 Noviembre 2003
Parecería obvio recordar que algo de fundamental importancia en el transcurrir cotidiano de las ciudades, es la forma en que la vía pública es utilizada por los habitantes y el respeto que los mismos tributan a las normas vigentes. Si este respeto no existe como norma general, el simple hecho de trasladarse de un lugar a otro en el ámbito urbano puede constitiuir un riesgo cierto para la seguridad de las personas y de sus bienes.
En el caso de San Miguel de Tucumán, cualquiera que realice una recorrida por sus calles, y en particular por algunas zonas de densa circulación, puede corroborar que el tránsito de nuestra capital está pasando por una etapa de notoria desorganización. Ella arranca desde mucho tiempo atrás, y el paso de los años -y de las administraciones municipales- no parece producir ninguna modificación.
El tema ha sido tocado en incontables oportunidades por nuestro comentario y por cartas de lectores. Partamos de la base de que el crecimiento del parque automotor, que es sin duda exponencial, no ha sido acompañado por un incremento en la capacidad y en el nivel educativo de quienes conducen vehículos, los que, por el contrario, han descendido notablemente. Así lo muestra la sistemática violación de las normas, suscitada por el desconocimiento de las mismas o, lo que es mucho más grave, por una concepción ligera de su obligatoriedad y por la convicción de la impunidad de las infracciones.
En la inmensa mayoría de nuestras calles, los conductores hacen caso omiso de las reglamentaciones del tránsito, negativa tesitura que se incrementa, si cabe, en los casos de motociclistas y ciclistas, que parecen considerarse exentos de toda pauta. Hay una sistemática violación a las indicaciones de los semáforos y a las disposiciones sobre estacionamiento (como lo revela el gran número de vehículos que se dejan tranquilamente en cuadras prohibidas o en doble fila).
Hay que agregar que este panorama que exhibe tan impresionante gama de conductas negativas, tiene un agregado último que aumenta notablemente los peligros de las calles tucumanas. Hablamos de la presencia de carros de tracción a sangre, en pleno centro y a todas horas, a pesar de las ordenanzas que lo prohíben específicamente desde hace casi medio siglo.
En suma, estamos ante una realidad cuantiosa de infracciones, que no puede continuar tolerando una ciudad civilizada. Su corrección demanda, en primer término, la aplicación estricta de las providencias que son resorte del poder municipal. Debe crearse en los conductores la noción de que toda inobservancia será registrada por los inspectores, mediante la correspondiente acta, y la posterior aplicación de la multa.
La tolerancia, que viene siendo norma en este sentido, no puede prolongarse por más tiempo. Debe existir sanción contra quienes desacatan las disposiciones vigentes, que de otro modo se transforman en vacías entelequias. No puede ser que el capricho de cada uno rija en la ciudad, y que el desdén por la ley carezca de las consecuencias que ella prevé.
Por otro lado, deben ponerse en marcha otros recaudos. Nos referimos a una "educación para el tránsito", impartida a todo ciudadano a través de intensas y sistemáticas campañas, aptas para interiorizar a todos sobre las reglas de circulación vehicular y peatonal. Y capaz de generalizar una conciencia acerca del atropello que entraña, contra el buen orden de la ciudad y en definitiva contra la convivencia, este permanente desdén hacia disposiciones que se han dictado para que la vida ciudadana sea más cómoda y grata para todos. Lograr estos propósitos debiera ser una meta del nuevo equipo municipal.

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