05 Noviembre 2003 Seguir en 
Siete días son pocos para analizar la gestión de gobierno, pero son suficientes para develar el "estilo Al". Cuando José Alperovich era ministro de Economía, algo mostraba. En ocasiones se quejó diciendo que no tenía poder y que estaba subordinado a otra autoridad. Hoy está al frente del Poder Ejecutivo y en Tucumán no tiene a nadie más arriba. En su perspectiva, todos están en un plano inferior y necesitan de su auxilio. Se siente a gusto con ese esquema, al que le añade ciertas presiones a los de abajo.
Es una forma de conducir, donde poder y presión son herramientas para exigir ajustes, cambios y nuevas políticas en las estructuras inferiores (léase reparticiones, municipios y comunas). Si a eso se le agrega el manejo de los dineros del Estado, hay que incorporar otras estructuras en la lista. Es parte del estilo Al. Sólo desde esta perspectiva, donde la palabra sometimiento no es extraña, deben entenderse las leyes negociadas por Alperovich con la anterior Legislatura y la alusión a la puesta en marcha del Tribunal Constitucional.
Alperovich necesita asustar y presionar. No conoce otra forma de convencer para que se produzcan los cambios que pregona para Tucumán. No es sutil ni afecto al consenso -una palabra que no figura en su vocabulario-. Sólo admite volver atrás si le demuestran que se equivoca, según dice. A las normas las promulgó a todas. Parece que nadie lo convenció aún. Para eso se necesita jugar con sus propias armas.
Así, con la excusa de la reforma estatal, cuenta con una ley que le permite disponer de los empleados públicos y trasladarlos a su antojo; con un buen justificativo, claro. Un mal pensado diría que puede afectar a dirigentes molestos o empleados protestones. Lo real es que tiene un instrumento para asustar a estatales y para presionar a los gremios. Otro tanto ocurre con la posibilidad de intervenir municipios y comunas. Es un arma poderosa para convencer a intendentes y a delegados rurales, como para obligarlos a hacer bien los deberes y para subirlos al tren político del alperovichismo.
Pero apostó más arriba, por si algún legislador afectado en sus intereses comarcanos (léase ascendencia sobre algún municipio o comuna) trataba de devolverle el guante desde la Cámara. Fiel a su estilo de usar el poder y la presión, tiró al ruedo el Tribunal Constitucional. En términos políticos -más allá de toda la discusión institucional- es lo mismo que decirles que, en determinadas circunstancias, no los necesita.
Todo lo que actuó hasta hoy, como prometer visitas con su gabinete al interior -que hizo Ramón Ortega-, aparecer por sorpresa en las oficinas -lo mismo hizo Antonio Bussi- o salir a la calle a dar la cara -lo mismo que Julio Miranda-, es parte del folclore de todo gobernante en sus primeros días de gestión. Es un mal necesario que hace a la imagen. Lo que cambia es el estilo de conducción, y Alperovich asomó el suyo. Y está por reflejarse en la Municipalidad de la capital. Es un secreto a voces que la quiere manejar con alguien de su confianza, en transición o intervenida. El aspecto institucional es lo de menos. Juega con la necesidad económica de la intendenta Carolina Vargas Aignasse y presiona con la exigencia de un plan a cambio de ayuda. Alperovich confía en que el peso de la crisis la hará caer en sus manos en poco tiempo. Por eso no le dará más ayuda que la necesaria. Obligará a que lo busquen para imponer exigencias, poner a su gente y extender su base de sustento político.
La intendenta no parece amilanarse; ella también tiene su propio estilo. Y parece que es de choque. Como no obtiene lo que quiere de Alperovich -$ 3 millones y un trabajo conjunto-, estaría tendiendo puentes con Kirchner -quien no mandó emisarios a la asunción del gobernador- a través de su padre. Algunos concejales siguen con inquietud esta pelea porque temen que el conflicto político-institucional los arrastre a todos y no quede nadie en pie.
Es una forma de conducir, donde poder y presión son herramientas para exigir ajustes, cambios y nuevas políticas en las estructuras inferiores (léase reparticiones, municipios y comunas). Si a eso se le agrega el manejo de los dineros del Estado, hay que incorporar otras estructuras en la lista. Es parte del estilo Al. Sólo desde esta perspectiva, donde la palabra sometimiento no es extraña, deben entenderse las leyes negociadas por Alperovich con la anterior Legislatura y la alusión a la puesta en marcha del Tribunal Constitucional.
Alperovich necesita asustar y presionar. No conoce otra forma de convencer para que se produzcan los cambios que pregona para Tucumán. No es sutil ni afecto al consenso -una palabra que no figura en su vocabulario-. Sólo admite volver atrás si le demuestran que se equivoca, según dice. A las normas las promulgó a todas. Parece que nadie lo convenció aún. Para eso se necesita jugar con sus propias armas.
Así, con la excusa de la reforma estatal, cuenta con una ley que le permite disponer de los empleados públicos y trasladarlos a su antojo; con un buen justificativo, claro. Un mal pensado diría que puede afectar a dirigentes molestos o empleados protestones. Lo real es que tiene un instrumento para asustar a estatales y para presionar a los gremios. Otro tanto ocurre con la posibilidad de intervenir municipios y comunas. Es un arma poderosa para convencer a intendentes y a delegados rurales, como para obligarlos a hacer bien los deberes y para subirlos al tren político del alperovichismo.
Pero apostó más arriba, por si algún legislador afectado en sus intereses comarcanos (léase ascendencia sobre algún municipio o comuna) trataba de devolverle el guante desde la Cámara. Fiel a su estilo de usar el poder y la presión, tiró al ruedo el Tribunal Constitucional. En términos políticos -más allá de toda la discusión institucional- es lo mismo que decirles que, en determinadas circunstancias, no los necesita.
Todo lo que actuó hasta hoy, como prometer visitas con su gabinete al interior -que hizo Ramón Ortega-, aparecer por sorpresa en las oficinas -lo mismo hizo Antonio Bussi- o salir a la calle a dar la cara -lo mismo que Julio Miranda-, es parte del folclore de todo gobernante en sus primeros días de gestión. Es un mal necesario que hace a la imagen. Lo que cambia es el estilo de conducción, y Alperovich asomó el suyo. Y está por reflejarse en la Municipalidad de la capital. Es un secreto a voces que la quiere manejar con alguien de su confianza, en transición o intervenida. El aspecto institucional es lo de menos. Juega con la necesidad económica de la intendenta Carolina Vargas Aignasse y presiona con la exigencia de un plan a cambio de ayuda. Alperovich confía en que el peso de la crisis la hará caer en sus manos en poco tiempo. Por eso no le dará más ayuda que la necesaria. Obligará a que lo busquen para imponer exigencias, poner a su gente y extender su base de sustento político.
La intendenta no parece amilanarse; ella también tiene su propio estilo. Y parece que es de choque. Como no obtiene lo que quiere de Alperovich -$ 3 millones y un trabajo conjunto-, estaría tendiendo puentes con Kirchner -quien no mandó emisarios a la asunción del gobernador- a través de su padre. Algunos concejales siguen con inquietud esta pelea porque temen que el conflicto político-institucional los arrastre a todos y no quede nadie en pie.
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