El desafío de la imagen

El televisor es un integrante más en la mesa familiar.

02 Noviembre 2003
Por Gustavo Martinelli

Habrá tenido razón Marshall McLuhan? ¿Será la televisión actual su utopía realizada? Muchas cosas han cambiado desde que el legendario profesor canadiense publicó algunos de sus libros más importantes como "La galaxia Gutenberg" o "El medio es el mensaje". En ellos, McLuhan postulaba que cada adelanto de la técnica constituiría una prolongación del cuerpo humano. Así, como la palanca es la prolongación del brazo y la rueda, del pie, cada técnica es también y, sobre todo, una prolongación de alguno de los sentidos del hombre. Por ejemplo, la invención del alfabeto impuso el predominio de la visión por sobre los otros sentidos, debido a que la actividad principal pasó a ser la lectura. Esto modificó la forma de vivir e hizo nacer una nueva civilización. En la actual era de los satélites y de los celulares, la visión sigue siendo preponderante. Tanto que hoy es difícil concebir el funcionamiento de la sociedad moderna sin contar con la televisión.
En la gran mayoría de los hogares, por ejemplo, los televisores están encendidos un promedio de ocho horas por día. Los adultos pasan la mitad de su tiempo de ocio frente a la pequeña pantalla y los chicos dedican al aparato más tiempo que al colegio. Es más: una encuesta, difundida recientemente por el sitio argentino Televisión.com.ar, revela que la gran mayoría de las familias argentinas mira televisión durante el horario de la comida. Aquello que los psicólogos y sociólogos alguna vez recomendaron no hacer, en la Argentina se hace. Y el rating también lo refleja. De 12.30 a 16 y de 20 a 24 son considerados "horarios calientes". Es decir, cuando hay una mayor cantidad de televisores encendidos y, en consecuencia, programas más taquilleros y mayor cantidad de anunciantes. Así las cosas, una de las sillas de las mesas argentinas siempre está ocupada por el televisor. Y muchas de las charlas, debates, tristezas y alegrías familiares también son disparadas por la pantalla chica. Ahora bien, ¿qué mira la familia argentina cuando almuerza o cuando cena? Lo primero son las noticias. Los hombres de esta era posmoderna -estamos en ella ¿no?- necesitan mantenerse informados por sobre todas las cosas. Las mujeres, en cambio, prefieren los programas de chimentos y las novelas, algo que sobra en estas franjas horarias. Sin embargo, esta abundancia no siempre está acompañada por la calidad y el buen gusto. Ciclos como "Rebelde way", que narra la vida zafada de los estudiantes de un colegio exclusivo de Buenos Aires; "Resistiré", que mezcla el tráfico de órganos con pasiones demenciales; "Soy gitano", que plantea la lucha despiadada y los embrujos de dos familias gitanas; "Kaos en la ciudad", con notas que bordean lo bizarro o "Sol negro", que retrata el oscuro mundo de un psiquiátrico son algunos de los productos que consumen masivamente las familias argentinas.

Convivencia
¿Cómo se debe actuar ante el efecto de estas programaciones? Muchas voces se han alzado en los últimos días para criticar duramente la emisión de estos envíos. Sin embargo, prohibirlas o censurarlas es tan inútil como si un adolescente pretendiera decretar graciosamente la abolición del acné en su cara. No pasaría nada. Por el contrario, la reacción podría ser aún más virulenta. Por eso, hay que aprender a convivir con los más diversos programas, sin darles más importancia de la que tienen. Pero lo que no se puede dejar de hacer es de crear conciencia en el seno de la familia. Algunos progresos tienen una contracara peligrosa. Pero sólo el hacerse cargo de esa peligrosidad y el ejercicio de la libertad para evitarla, pueden preservar la integridad y los valores familiares. Hasta ahora, los mortales han acumulado muchas derrotas en el camino del progreso, pero nadie podría existir ni seguir respirando, aun en las condiciones culturales más desventajosas, si no tuviera la esperanza de que todo puede cambiar. Ingenuidad o no, ese sentimiento está en la esencia misma de la vida.

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