Se viene. Falta poco para que llegue. Y asoma intimidante, largo, loco (como siempre), una fiebre de consumo, de fiestas y reuniones, de días de calor volcánico, de noches potenciales de lluvia, de ofertas aquí y allá, de operativos de tránsito especiales en el microcentro, de gente acelerada, de volcado de dinero largo y generoso (y que nadie mire a enero).
Es como esas carreras de largo aliento, en la que los atletas van dosificando el ritmo hasta que enfrentan los metros finales. Y allá van (vamos), lanzados a una meta que quién sabe si es tal cosa, pero bueno, así lo dice el almanaque.
Diciembre tiene ese repiqueteo de campanas de domingo; un atronador taconeo de zapatos sobre la madera; un nervioso reloj de auto de carreras lanzado a toda marcha al final de una recta; ese vuelo rasante de la cacería de un águila; el girar casi incontenible de las aspas de un molino ante un viento de tormenta; el escozor que produce el relato estridente de un gol de campeonato; la tentación irresistible de una copa de frutilla con crema; la excitación de una prenda lucida con gracia y encanto.
Tomarse a este mes frío, caliente, con hielo, con soda o al natural, es cuestión de cada uno. Aquí, al revés de lo que sucede con dolores y enfermedades, la automedicación está autorizada. Al fin y al cabo, con o sin preparación al respecto, cada vez que al calendario le queda la última hojita en pie, cada uno se convierte en doctor de sus propios diciembres.
Es como esas carreras de largo aliento, en la que los atletas van dosificando el ritmo hasta que enfrentan los metros finales. Y allá van (vamos), lanzados a una meta que quién sabe si es tal cosa, pero bueno, así lo dice el almanaque.
Diciembre tiene ese repiqueteo de campanas de domingo; un atronador taconeo de zapatos sobre la madera; un nervioso reloj de auto de carreras lanzado a toda marcha al final de una recta; ese vuelo rasante de la cacería de un águila; el girar casi incontenible de las aspas de un molino ante un viento de tormenta; el escozor que produce el relato estridente de un gol de campeonato; la tentación irresistible de una copa de frutilla con crema; la excitación de una prenda lucida con gracia y encanto.
Tomarse a este mes frío, caliente, con hielo, con soda o al natural, es cuestión de cada uno. Aquí, al revés de lo que sucede con dolores y enfermedades, la automedicación está autorizada. Al fin y al cabo, con o sin preparación al respecto, cada vez que al calendario le queda la última hojita en pie, cada uno se convierte en doctor de sus propios diciembres.








