20 Noviembre 2011 Seguir en 

"¿Qué he hecho yo? Tres grandes crímenes infamantes: 1º he dado mi vida entera al estudio de la libertad y de la organización del gobierno de mi país; 2º he escrito su Constitución de libertad; 3º he negociado el reconocimiento de su independencia por España. Crimen adicional: he condenado la alianza y la guerra que nos ha puesto bajo el pie del imperio brasileño". Juan Bautista Alberdi, Escritos Póstumos.
Hay, cuanto menos, dos maneras de leer Juan Bautista Alberdi. Apología y crítica de su pensamiento. Una consiste en abordarlo como el libro que es. Como una obra que, a propósito del bicentenario del nacimiento del prócer tucumano que vino al mundo en 1810, rescata su obra con una profunda honestidad intelectual. Porque este libro (nacido de la cátedra "B" de Derecho Constitucional de la Facultad de Derecho de la UNT, y compilado por Carmen Fontán, encargada de ese equipo académico) desnuda contradicciones, prejuicios, cambios de opinión y frecuentes retractaciones del autor de las Bases. Y, a la vez, expone la trascendencia y la vigencia de buena parte del pensamiento del hombre que fraguó el molde del Estado constitucional de este país.
Contexto histórico
Antes de ocuparse del autor de El gigante Amapolas y sus formidables enemigos, esta apología y crítica se preocupa por ponerlo en contexto. El del surgimiento de la Generación de 1837, cuya mirada sobre el pasado colonial, y su sueño de futuro con progreso, han marcado la cosmogonía argentina de manera ineludible. Fontán se encarga de presentar esa generación y su proyecto político, así como también la Ilustración y el Romanticismo en el Plata.
Luis Iriarte, luego, acomete un extenso y erudito enfoque histórico. Pasan por él el examen de la era colonial, las invasiones inglesas, la revolución de Mayo, Belgrano y la Batalla de Tucumán y la de Salta, la Asamblea del Año XIII, el 9 de Julio de 1816, San Martín y la gesta libertadora, las fracasadas constituciones de 1819 y de 1826, Rivadavia, el Pacto Federal de 1831, las guerras civiles, las segregaciones de Paraguay Bolivia y Uruguay, las agresiones a la Confederación Argentina, la caída de rosas, Urquiza, el Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos.
Sólo después se analiza el pensamiento constitucional, histórico, sociológico y geopolítico de Alberdi.
Fontán se ocupa de la influencia de las Bases en la Carta Magna de 1853. Y eso incluye desde la génesis de la obra hasta la tolerancia religiosa, pasando por el sistema electoral y el rol del Estado en la economía. "Ya no se discute a influencia del pensamiento de Alberdi sobre la obra del Congreso Constituyente de 1853. La polémica subsiste en relación con la verdadera proyección de su propuesta en el texto y en las posteriores leyes dictadas para ponerlo en ejecución", plantea ella.
Oscar Flores se encarga de la feroz polémica entre Alberdi y Sarmiento, que -advierte- no es el memorial de agravios y chicanas al cual suele ser reducido. Esa batalla discursiva esconde la lucha entre modos diferentes de entender la construcción de un nuevo orden político, social y cultural. Y es la búsqueda de legitimar posiciones respecto de Urquiza, algo que sólo el tucumano conseguirá.
Dante Mirra se ocupa de la perdurabilidad de la Constitución prefigurada en las Bases. "El principal medio de afianzar el respeto de la Constitución es evitar en todo lo posible sus reformas -avisa Alberdi-. Estas pueden ser necesarias a veces, pero constituyen siempre una crisis pública, más o menos grave... Deben evitarse todo lo posible, o retardarse lo más".
Advertencias
Párrafo aparte merece el capítulo Del Ejecutivo fuerte a la hegemonía, de Rodolfo Burgos, que aborda frontalmente la situación actual de la provincia natal del autor de Grandes y Pequeños Hombres del Plata frente al ideario del prócer. La Constitución de la Provincia de Tucumán abandona el modelo de organización alberdiano, es el contundente subtítulo de ese texto.
Las palabras de Alberdi en Elementos de Derecho Público Provincial para la República Argentina prologan la advertencia de Burgos: "Todo el arte del gobierno representativo está reducido a establecer un cierto número de reglas que tienen por objeto garantizar al pueblo contra los abusos de sus mandatarios en el ejercicio de la soberanía que delega en ellos... Las más fundamentales de ellas, comunes a todos los sistemas, son: 1º La división del poder; 2º La demarcación en textos escritos y claros de las facultades y atribuciones de cada una de las divisiones de poder y su composición respectiva; 3º La Elección; 4º La responsabilidad; 5º La publicidad".
A diferencia del resto de los capítulos, que se ilustran con imágenes de próceres o tapas de libros del ilustre tucumano, el ensayo de Burgos reproduce dos páginas de LA GACETA. Una es la entrevista al gobernador, José Alperovich, publicada el 29 de octubre de 2007, que se titula "Con tanto poder, debo autolimitarme". La otra es la entrevista al vicegobernador, Juan Manzur, del 7 de julio de 2008: "Dicen que tengo la Cámara en un puño: admito que es así".
Luego, Alberdi y el derecho internacional, de Laura Casas, además de llenar de contenido el título del ensayo, repara en la importancia que el autor de El crimen de la guerra, justamente, le atribuye a la paz. Tras definirlo como polémico y contradictorio (no se casa con ningún constitucionalista), la autora destaca las vivencias que rodean el repudio del "ausente" a la violencia. Porque a él le tocó ser testigo, en este continente, de Caseros, de la separación de Buenos Aires y de la guerra con el Paraguay. Y, en otras latitudes, de la Guerra de Crimea, de la guerra Franco-Prusiana y de la Guerra de la Secesión. "Todo pueblo en que el hombre es violento, es pueblo esclavo", escribió después.
Arturo Lazarte escudriña la visión alberdiana sobre el poder legislativo. Y subraya a la cualidad cívica y democrática de Alberdi al haber diseñado el Congreso como un órgano de Gobierno del que participan todas las provincias, constituyéndolo como el máximo poder representativo y plural, receptor e intérprete de las necesidades políticas locales y federales. Teóricamente, claro está.
Humanizando
En el capítulo final, Luces y sombras de su pensamiento y su accionar político, Iriarte sintetiza el espíritu de la obra: desacralizar a Alberdi. Ello incluye una descripción implacable sobre las manifestaciones y comportamientos que permiten describirlo como "tornadizo y cambiante".
Pero también es reconocer que, "pese a las oscilaciones de su pensamiento, tuvo convicciones que defendió incansablemente toda su vida". Como la necesidad imperiosa de limitar y racionalizar el poder político mediante un texto constitucional. Y conformar un poder judicial independiente e idóneo. Y consagrar una unidad federativa que reconocía en las provincias autónomas la fuente misma de la organización nacional. Y la crítica sin pausa al monopolio económico y financiero de Buenos Aires. Y la vigencia irrestricta de la libertad de prensa.
Por cierto, comienza aquí la otra manera en la que se puede leer este libro imprescindible. Porque esta obra atesora el más deslumbrante de los perfiles de Alberdi: el de un intelectual de la acción.
"La Constitución se supone hecha por el pueblo y emanada del pueblo soberano: no para refrenarse a sí mismo, ni para poner límite a su propio poder soberano, sino para refrenar y limitar a sus delegatarios, que son los tres poderes que integran el gobierno", cita Fontán.
"Los grandes edificios de la antigüedad no llegan a nuestros días sino porque están cimentados sobre granito; pero la historia, los precedentes del país, los hechos normales, son la roca granítica en que descansan las constituciones durables", cita Flores.
"Conservar la constitución es el secreto de tener Constitución. ¿Tiene defectos, es incompleta? No la reemplaceis por otra nueva. La novedad de una ley es una falla que no se compensa por ninguna perfección; porque la novedad excluye el respeto y la costumbre, y una ley sin estas bases es un pedazo de papel", cita Mirra.
"Contra la tendencia (del Poder Ejecutivo) a degenerar en poder tiránico son medios que la ciencia ofrece como eficaces la demarcación precisa y terminante de sus atribuciones; su reducción y limitación sólo al poder político, con prohibición de estatuir por sí mismo en lo que es el dominio de la Legislatura y de los Tribunales, y su abstención en todo lo que corresponde a la administración municipal", cita Burgos.
"La guerra: nada más que un gasto público; un simple consumo colosal de los recursos del Estado (?) un consumo de la riqueza pública y privada hecho con el objeto involuntario de alejar la inmigración, de degradar el crédito público, de paralizar los trabajos de la industria, de suspender la instrucción, de despoblar el país de la flor de su población obrera y trabajadora y, finalmente, de alejar más y más la inteligencia y el imperio de la libertad", cita Casas.
"Pensar en la educación sin proteger la formación de las familias es esperar ricas cosechas de un suelo sin abono ni preparación", cita Lazarte.
"Si falsificar la historia para servir a un buen fin es una inmoralidad, falsificarla para servir a un vicio, a una tendencia peligrosa, es doble inmoralidad. Doble crimen. (?) Acostumbrado a la fábula, nuestro pueblo no quiere cambiarla por la historia", cita Iriarte.
Si la primera lectura presenta una obra trascendente, la segunda muestra cómo este libro preserva la belleza del pensamiento de Alberdi, tan paradójicamente tucumano. Porque bello, como advertía Juan Ramón Jiménez, es lo que el tiempo no hace vulgar. © LA GACETA
Hay, cuanto menos, dos maneras de leer Juan Bautista Alberdi. Apología y crítica de su pensamiento. Una consiste en abordarlo como el libro que es. Como una obra que, a propósito del bicentenario del nacimiento del prócer tucumano que vino al mundo en 1810, rescata su obra con una profunda honestidad intelectual. Porque este libro (nacido de la cátedra "B" de Derecho Constitucional de la Facultad de Derecho de la UNT, y compilado por Carmen Fontán, encargada de ese equipo académico) desnuda contradicciones, prejuicios, cambios de opinión y frecuentes retractaciones del autor de las Bases. Y, a la vez, expone la trascendencia y la vigencia de buena parte del pensamiento del hombre que fraguó el molde del Estado constitucional de este país.
Contexto histórico
Antes de ocuparse del autor de El gigante Amapolas y sus formidables enemigos, esta apología y crítica se preocupa por ponerlo en contexto. El del surgimiento de la Generación de 1837, cuya mirada sobre el pasado colonial, y su sueño de futuro con progreso, han marcado la cosmogonía argentina de manera ineludible. Fontán se encarga de presentar esa generación y su proyecto político, así como también la Ilustración y el Romanticismo en el Plata.
Luis Iriarte, luego, acomete un extenso y erudito enfoque histórico. Pasan por él el examen de la era colonial, las invasiones inglesas, la revolución de Mayo, Belgrano y la Batalla de Tucumán y la de Salta, la Asamblea del Año XIII, el 9 de Julio de 1816, San Martín y la gesta libertadora, las fracasadas constituciones de 1819 y de 1826, Rivadavia, el Pacto Federal de 1831, las guerras civiles, las segregaciones de Paraguay Bolivia y Uruguay, las agresiones a la Confederación Argentina, la caída de rosas, Urquiza, el Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos.
Sólo después se analiza el pensamiento constitucional, histórico, sociológico y geopolítico de Alberdi.
Fontán se ocupa de la influencia de las Bases en la Carta Magna de 1853. Y eso incluye desde la génesis de la obra hasta la tolerancia religiosa, pasando por el sistema electoral y el rol del Estado en la economía. "Ya no se discute a influencia del pensamiento de Alberdi sobre la obra del Congreso Constituyente de 1853. La polémica subsiste en relación con la verdadera proyección de su propuesta en el texto y en las posteriores leyes dictadas para ponerlo en ejecución", plantea ella.
Oscar Flores se encarga de la feroz polémica entre Alberdi y Sarmiento, que -advierte- no es el memorial de agravios y chicanas al cual suele ser reducido. Esa batalla discursiva esconde la lucha entre modos diferentes de entender la construcción de un nuevo orden político, social y cultural. Y es la búsqueda de legitimar posiciones respecto de Urquiza, algo que sólo el tucumano conseguirá.
Dante Mirra se ocupa de la perdurabilidad de la Constitución prefigurada en las Bases. "El principal medio de afianzar el respeto de la Constitución es evitar en todo lo posible sus reformas -avisa Alberdi-. Estas pueden ser necesarias a veces, pero constituyen siempre una crisis pública, más o menos grave... Deben evitarse todo lo posible, o retardarse lo más".
Advertencias
Párrafo aparte merece el capítulo Del Ejecutivo fuerte a la hegemonía, de Rodolfo Burgos, que aborda frontalmente la situación actual de la provincia natal del autor de Grandes y Pequeños Hombres del Plata frente al ideario del prócer. La Constitución de la Provincia de Tucumán abandona el modelo de organización alberdiano, es el contundente subtítulo de ese texto.
Las palabras de Alberdi en Elementos de Derecho Público Provincial para la República Argentina prologan la advertencia de Burgos: "Todo el arte del gobierno representativo está reducido a establecer un cierto número de reglas que tienen por objeto garantizar al pueblo contra los abusos de sus mandatarios en el ejercicio de la soberanía que delega en ellos... Las más fundamentales de ellas, comunes a todos los sistemas, son: 1º La división del poder; 2º La demarcación en textos escritos y claros de las facultades y atribuciones de cada una de las divisiones de poder y su composición respectiva; 3º La Elección; 4º La responsabilidad; 5º La publicidad".
A diferencia del resto de los capítulos, que se ilustran con imágenes de próceres o tapas de libros del ilustre tucumano, el ensayo de Burgos reproduce dos páginas de LA GACETA. Una es la entrevista al gobernador, José Alperovich, publicada el 29 de octubre de 2007, que se titula "Con tanto poder, debo autolimitarme". La otra es la entrevista al vicegobernador, Juan Manzur, del 7 de julio de 2008: "Dicen que tengo la Cámara en un puño: admito que es así".
Luego, Alberdi y el derecho internacional, de Laura Casas, además de llenar de contenido el título del ensayo, repara en la importancia que el autor de El crimen de la guerra, justamente, le atribuye a la paz. Tras definirlo como polémico y contradictorio (no se casa con ningún constitucionalista), la autora destaca las vivencias que rodean el repudio del "ausente" a la violencia. Porque a él le tocó ser testigo, en este continente, de Caseros, de la separación de Buenos Aires y de la guerra con el Paraguay. Y, en otras latitudes, de la Guerra de Crimea, de la guerra Franco-Prusiana y de la Guerra de la Secesión. "Todo pueblo en que el hombre es violento, es pueblo esclavo", escribió después.
Arturo Lazarte escudriña la visión alberdiana sobre el poder legislativo. Y subraya a la cualidad cívica y democrática de Alberdi al haber diseñado el Congreso como un órgano de Gobierno del que participan todas las provincias, constituyéndolo como el máximo poder representativo y plural, receptor e intérprete de las necesidades políticas locales y federales. Teóricamente, claro está.
Humanizando
En el capítulo final, Luces y sombras de su pensamiento y su accionar político, Iriarte sintetiza el espíritu de la obra: desacralizar a Alberdi. Ello incluye una descripción implacable sobre las manifestaciones y comportamientos que permiten describirlo como "tornadizo y cambiante".
Pero también es reconocer que, "pese a las oscilaciones de su pensamiento, tuvo convicciones que defendió incansablemente toda su vida". Como la necesidad imperiosa de limitar y racionalizar el poder político mediante un texto constitucional. Y conformar un poder judicial independiente e idóneo. Y consagrar una unidad federativa que reconocía en las provincias autónomas la fuente misma de la organización nacional. Y la crítica sin pausa al monopolio económico y financiero de Buenos Aires. Y la vigencia irrestricta de la libertad de prensa.
Por cierto, comienza aquí la otra manera en la que se puede leer este libro imprescindible. Porque esta obra atesora el más deslumbrante de los perfiles de Alberdi: el de un intelectual de la acción.
"La Constitución se supone hecha por el pueblo y emanada del pueblo soberano: no para refrenarse a sí mismo, ni para poner límite a su propio poder soberano, sino para refrenar y limitar a sus delegatarios, que son los tres poderes que integran el gobierno", cita Fontán.
"Los grandes edificios de la antigüedad no llegan a nuestros días sino porque están cimentados sobre granito; pero la historia, los precedentes del país, los hechos normales, son la roca granítica en que descansan las constituciones durables", cita Flores.
"Conservar la constitución es el secreto de tener Constitución. ¿Tiene defectos, es incompleta? No la reemplaceis por otra nueva. La novedad de una ley es una falla que no se compensa por ninguna perfección; porque la novedad excluye el respeto y la costumbre, y una ley sin estas bases es un pedazo de papel", cita Mirra.
"Contra la tendencia (del Poder Ejecutivo) a degenerar en poder tiránico son medios que la ciencia ofrece como eficaces la demarcación precisa y terminante de sus atribuciones; su reducción y limitación sólo al poder político, con prohibición de estatuir por sí mismo en lo que es el dominio de la Legislatura y de los Tribunales, y su abstención en todo lo que corresponde a la administración municipal", cita Burgos.
"La guerra: nada más que un gasto público; un simple consumo colosal de los recursos del Estado (?) un consumo de la riqueza pública y privada hecho con el objeto involuntario de alejar la inmigración, de degradar el crédito público, de paralizar los trabajos de la industria, de suspender la instrucción, de despoblar el país de la flor de su población obrera y trabajadora y, finalmente, de alejar más y más la inteligencia y el imperio de la libertad", cita Casas.
"Pensar en la educación sin proteger la formación de las familias es esperar ricas cosechas de un suelo sin abono ni preparación", cita Lazarte.
"Si falsificar la historia para servir a un buen fin es una inmoralidad, falsificarla para servir a un vicio, a una tendencia peligrosa, es doble inmoralidad. Doble crimen. (?) Acostumbrado a la fábula, nuestro pueblo no quiere cambiarla por la historia", cita Iriarte.
Si la primera lectura presenta una obra trascendente, la segunda muestra cómo este libro preserva la belleza del pensamiento de Alberdi, tan paradójicamente tucumano. Porque bello, como advertía Juan Ramón Jiménez, es lo que el tiempo no hace vulgar. © LA GACETA
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