SIN TREGUA. Espínola lucha contra Abecasis. El formoseño ingresó por Longo y no desentonó. Colaboró mucho. FOTOBAIRES (ESPECIAL PARA LA GACETA)
14 Noviembre 2011 Seguir en 

Por Andrés Burgo
Especial para LA GACETA desde Buenos Aires
Fueron los 10 segundos más perfectos de una historia centenaria, la de Atlético. Un contraataque para exhibirlo en todos los museos de arte moderno del mundo. Silvio Iuvalé hizo su mejor quite del campeonato, interceptó el pase de Carlos Sánchez y habilitó a César Montiglio que, disfrazado de Bochini, metió un pase como una puñalada. Luis Rodríguez dominó la pelota con la derecha, superó en velocidad a Adalberto Román, quedó enfrente de Chichizola y definió cruzado, de zurda. Puso la pelota en un rincón y en todos los libros de historia del club. De Atlético.
Iban 13 minutos y, con tres toques, el "decano" empezaba a construir su mejor triunfo, el más resonante. Un 2 a 0 contra River, en el Monumental, con un único destino: la inmortalidad. Diez minutos después, Mosset se anticipó, la pelota llegó a Barrado; Rodríguez metió una habilitación de Selección, Román volvió a meter la pata mal y Montiglio volvió a acertar: otro golazo. Lo que se decidió en un lapso durará toda una vida. Rodríguez y Montiglio, goleadores y asistentes, tuvieron además la suerte de festejar en el arco más cercano a los 4.000 hinchas que convirtieron a Nuñez en un apéndice de Tucumán. Esas imágenes, las de los héroes mirando hacia lo alto de la tribuna, traspasará el relato de las generaciones. Se lo tienen merecido. Son horas en que ser de Atlético es un orgullo reforzado. El equipo combinó emoción y perfección.
Los partidos los ganan los jugadores pero Juan Manuel Llop tiene su gran mérito en lo de anoche: desde lo táctico, River quedó reducido en cenizas. Por momentos pareció que jugaban 15 contra 11: el primer tiempo fue un baile, una zamba tucumana. A imagen y semejanza de lo que dibujaban Montiglio, Rodríguez y Barrado, la tribuna visitante cantaba "ole, ole...".
Era el paraíso en celeste y blanco. Atlético sólo tuvo un par de flaquezas, en las que Galíndez quedó en evidencia ante Sánchez, pero las corrigió de inmediato y después la pasó bárbaro. River fue un malón, pero lleno de nervios. Nunca supo cómo borrar una historia con acento tucumano y corazón "decano".
Especial para LA GACETA desde Buenos Aires
Fueron los 10 segundos más perfectos de una historia centenaria, la de Atlético. Un contraataque para exhibirlo en todos los museos de arte moderno del mundo. Silvio Iuvalé hizo su mejor quite del campeonato, interceptó el pase de Carlos Sánchez y habilitó a César Montiglio que, disfrazado de Bochini, metió un pase como una puñalada. Luis Rodríguez dominó la pelota con la derecha, superó en velocidad a Adalberto Román, quedó enfrente de Chichizola y definió cruzado, de zurda. Puso la pelota en un rincón y en todos los libros de historia del club. De Atlético.
Iban 13 minutos y, con tres toques, el "decano" empezaba a construir su mejor triunfo, el más resonante. Un 2 a 0 contra River, en el Monumental, con un único destino: la inmortalidad. Diez minutos después, Mosset se anticipó, la pelota llegó a Barrado; Rodríguez metió una habilitación de Selección, Román volvió a meter la pata mal y Montiglio volvió a acertar: otro golazo. Lo que se decidió en un lapso durará toda una vida. Rodríguez y Montiglio, goleadores y asistentes, tuvieron además la suerte de festejar en el arco más cercano a los 4.000 hinchas que convirtieron a Nuñez en un apéndice de Tucumán. Esas imágenes, las de los héroes mirando hacia lo alto de la tribuna, traspasará el relato de las generaciones. Se lo tienen merecido. Son horas en que ser de Atlético es un orgullo reforzado. El equipo combinó emoción y perfección.
Los partidos los ganan los jugadores pero Juan Manuel Llop tiene su gran mérito en lo de anoche: desde lo táctico, River quedó reducido en cenizas. Por momentos pareció que jugaban 15 contra 11: el primer tiempo fue un baile, una zamba tucumana. A imagen y semejanza de lo que dibujaban Montiglio, Rodríguez y Barrado, la tribuna visitante cantaba "ole, ole...".
Era el paraíso en celeste y blanco. Atlético sólo tuvo un par de flaquezas, en las que Galíndez quedó en evidencia ante Sánchez, pero las corrigió de inmediato y después la pasó bárbaro. River fue un malón, pero lleno de nervios. Nunca supo cómo borrar una historia con acento tucumano y corazón "decano".







