El altruismo está en las relaciones económicas

Entre dos extremos se juegan los intereses complejos de los sujetos económicos concretos. (Por Hugo Ferullo).

29 Junio 2003
El móvil principal de los intercambios económicos es el interés y la ventaja personal de los que intercambian. Pero para que este intercambio que se realiza a través de los mercados competitivos funcione de manera eficiente se debe cumplir una serie de presupuestos básicos, en particular la presencia invisible de la confianza mutua y un sentido implícito del deber compartido por los que intercambian.
Sin un nivel adecuado de confianza y sin sentido del deber, la economía moderna, basada en el intercambio a través de mercados libres, sencillamente no puede funcionar. Por otra parte, la economía no se agota en la esfera del intercambio sino que abarca también otros fenómenos complejos, como la distribución del ingreso y las relaciones sociales que se juegan en el interior de los lugares de trabajo y producción.
Aparecen en este contexto ampliado una variedad de motivaciones y de razones para obrar en el campo de la economía, cuya coexistencia en el seno de la vida social invita a colocarlas en situación de diálogo. Podemos, por ejemplo, ampliar nuestro concepto de bienestar personal para incluir al interés por los demás en nuestra propia concepción del interés individual. Es cierto que los actos totalmente desinteresados, fruto de motivaciones totalmente altruistas, son decididamente excepcionales, pero también lo son los actos totalmente egoístas.

Intereses complejos
Entre estos dos extremos se juegan los intereses complejos de los sujetos económicos concretos. Este es el campo real donde se juega la racionalidad económica del hombre de carne y hueso, y la ciencia de la economía no tiene por qué eludir la responsabilidad que le cabe en el esfuerzo por dar cuenta de esta complejidad real de la vida económica. No se trata de abogar por una suerte de "sentimentalismo altruista", apelando a una visión idealista que, por lo demás, tiene pocas chances de servir de base práctica para una economía que cuente entre sus objetivos la producción de riqueza material creciente. Sin abandonar este objetivo, se trata es simplemente de evitar el extremo contrario, aquel que predica una suerte de "sentimentalismo egoísta" según el cual las consideraciones referidas al mundo de los valores son totalmente irrelevantes para el mundo de la economía.

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