Una meteórica carrera hacia la Presidencia

Análisis. Gonzalo Ruiz Tovar - Agencia DPA.

08 Junio 2011
Cuando a fines de 2000 un anónimo teniente coronel del Ejército intentó voltear al agonizante régimen de Alberto Fujimori, a nadie se le pasó por la cabeza que ese personaje extraño se convertiría una década más tarde en Presidente por decisión del pueblo. La acción, en lo militar, bordeó el ridículo. Los subordinados volvieron asustados al cuartel de Tacna y dejaron a su líder dando vueltas solo por los Andes, sin que nadie lo persiguiera en serio.

Ollanta Moisés Humala Tasso nació en Lima el 27 de junio de 1962, en una familia numerosa y muy politizada de Ayacucho. Su padre, Isaac (abogado ex comunista que dirigió una célula clandestina que integró Mario Vargas Llosa), soñaba con verlo presidente, pero no por las urnas sino por un golpe de Estado.

En su huida, habló con los campesinos de cada pueblo que cruzó, y con su nombre de general inca y su apellido quechua, sembró la semilla de un cambio que aún no estaba listo. Fue perdonado y volvió al Ejército, pero se lo envió como agregado militar a París y a Seúl (donde estaba cuando fue dado de baja, en 2004), una forma dorada de mantenerlo lejos.

Su hermano ultrarradical Antauro, tomó una comisaría policial de los Andes (hubo seis muertos), para exigir la renuncia del presidente Alejandro Toledo. Todo fue controlado y Antauro está hoy en la cárcel.

Humala optó por la política, para lo cual debió romper con su familia: Isaac y Antauro impulsaban el pintoresco y peligroso Movimiento Etnocacerista, suma de socialismo, ultranacionalismo, fascismo, racismo, chauvinismo y otros ismos políticamente incorrectos.

En medio de la fiebre izquierdista en América Latina, Humala mostró simpatías hacia el venezolano Hugo Chávez, mal visto en el Perú. Sorprendentemente ganó la primera vuelta en 2006 y perdió por poco el balotaje ante el fogueado Alan García. Muy atacado por sus rivales, fue dado por cadáver político. En la campaña 2011, ante la incredulidad de adversarios que no cesaron nunca de hostigarlo, moderó su discurso hasta convertirse en casi un socialdemócrata.

El ceño fruncido es menos frecuente que antes. Se lo ve sonriente ahora y a veces hasta se permite bromas. Su dureza exterior de militar la contrasta la esposa, Nadine Heredia, una comunicadora de 35 años de dulce sonrisa y estructuradas ideas izquierdistas. Tres hijos de entre 10 años y cinco meses completan el cuadro familiar.

La historia seguirá desde el 28 de julio. Pocos presidentes han enfrentado tantas presiones para demostrar que son democráticos y responsables. Será la prueba de fuego para un militar que jugó a la política, y ganó.

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