15 Junio 2003 Seguir en 
La decadencia que envuelve a Tucumán no se solucionará con promesas. Los candidatos entretienen a la gente con propuestas que poco tienen que ver con la realidad.
No entienden que sin fuertes avances en materia de inversión privada, de equipamiento y de crecimiento de la economía la situación seguirá igual, o peor.
Hay que crear las condiciones para que la seguridad jurídica impulse a los inversores a colocar su dinero en Tucumán, que necesita además, imperiosamente, incorporar obras de infraestructura y también tecnología, con un ritmo mayor al logrado en los años 90, para no quedarse en el tiempo.
Las empresas grandes actúan con cautela y cuidan su dinero, porque todavía no saben cómo se moverá el presidente Kirchner para solucionar las crisis del default de la deuda, del sistema financiero y de las tarifas públicas.
El cambio de gobierno provincial adiciona una cuota de incertidumbre. Los últimos meses del mirandismo serán complicados por las fricciones que podrán surgir con el sucesor, que se conocerá dentro de dos semanas.
Si bien la gestión saliente no manejó planes sólidos, es muy desprolija y se desinteresó de los problemas centrales, hasta el final de su mandato, en octubre, financieramente Tucumán tendrá menos problemas en el sector público y las cosechas azucarera y citrícola aportarán cuantiosos recursos a la actividad privada.
Sin embargo, las buenas ondas que despertó el nuevo gobierno nacional todavía no tienen efectos duraderos en la economía.
Aunque el gran período recesivo que duró 47 meses terminó a mediados del año pasado, como lo marcó el economista Juan Mario Jorrat, el crecimiento se desaceleró y esa tendencia tiene en Tucumán consecuencias en todos los niveles de la producción y del empleo.
Las causas son varias: no hay crédito o no lo piden porque es caro; el poder de compra de los consumidores no mejora, debido a los bajos ingresos y a los altos niveles de desempleo, y disminuye la sustitución de importaciones, que es uno de los motores de la recuperación duhaldista post devaluación.
La deflación favorece a los consumidores con la retracción de los valores, pero complica a las compañías que viven del mercado interno. Como los precios bajan, deben gastar más y vender más para ganar lo mismo.
Por ahora no hay interés en Tucumán en conseguir préstamos para invertir. Los niveles de confianza y los nuevos negocios que pueden aparecer con la desaparición de las cuasimonedas aún no lograron cambiar el pesimismo que ahogó los esfuerzos de los tucumanos durante estos años. El dinero que se consigue es para consumo, con tasas desmesuradas.
De todos modos, el bonocidio se terminará en algunos días más. El monstruo que hizo perder millones de pesos a los tucumanos (debieron vender bonos, comprar efectivo, pagar más caro, o quedaron acorralados) fue destruido por el FMI.
Como las existencias en bonos se achicaron en los estos días, cuando los bancos empezaron a empaquetar los billetes pintados, para su posterior destrucción, y reapareció el efectivo, se aliviaron las tensiones en el sector comercial y entre aquellos que deben pagar insumos o mercaderías con pesos verdaderos.
Se espera que no retornen los déficit estatales y que no aparezcan nuevos instrumentos monetarios que reemplacen en la práctica a los Bocade, como los cheques diferidos o tantos títulos públicos con horrorosos nombres de fantasía.
Y que los errores del gobierno no les cuesten dinero a las futuras generaciones de tucumanos, porque todos los default y las locuras gubernamentales los termina pagando la sociedad.
No entienden que sin fuertes avances en materia de inversión privada, de equipamiento y de crecimiento de la economía la situación seguirá igual, o peor.
Hay que crear las condiciones para que la seguridad jurídica impulse a los inversores a colocar su dinero en Tucumán, que necesita además, imperiosamente, incorporar obras de infraestructura y también tecnología, con un ritmo mayor al logrado en los años 90, para no quedarse en el tiempo.
Las empresas grandes actúan con cautela y cuidan su dinero, porque todavía no saben cómo se moverá el presidente Kirchner para solucionar las crisis del default de la deuda, del sistema financiero y de las tarifas públicas.
El cambio de gobierno provincial adiciona una cuota de incertidumbre. Los últimos meses del mirandismo serán complicados por las fricciones que podrán surgir con el sucesor, que se conocerá dentro de dos semanas.
Si bien la gestión saliente no manejó planes sólidos, es muy desprolija y se desinteresó de los problemas centrales, hasta el final de su mandato, en octubre, financieramente Tucumán tendrá menos problemas en el sector público y las cosechas azucarera y citrícola aportarán cuantiosos recursos a la actividad privada.
Sin embargo, las buenas ondas que despertó el nuevo gobierno nacional todavía no tienen efectos duraderos en la economía.
Aunque el gran período recesivo que duró 47 meses terminó a mediados del año pasado, como lo marcó el economista Juan Mario Jorrat, el crecimiento se desaceleró y esa tendencia tiene en Tucumán consecuencias en todos los niveles de la producción y del empleo.
Las causas son varias: no hay crédito o no lo piden porque es caro; el poder de compra de los consumidores no mejora, debido a los bajos ingresos y a los altos niveles de desempleo, y disminuye la sustitución de importaciones, que es uno de los motores de la recuperación duhaldista post devaluación.
La deflación favorece a los consumidores con la retracción de los valores, pero complica a las compañías que viven del mercado interno. Como los precios bajan, deben gastar más y vender más para ganar lo mismo.
Por ahora no hay interés en Tucumán en conseguir préstamos para invertir. Los niveles de confianza y los nuevos negocios que pueden aparecer con la desaparición de las cuasimonedas aún no lograron cambiar el pesimismo que ahogó los esfuerzos de los tucumanos durante estos años. El dinero que se consigue es para consumo, con tasas desmesuradas.
De todos modos, el bonocidio se terminará en algunos días más. El monstruo que hizo perder millones de pesos a los tucumanos (debieron vender bonos, comprar efectivo, pagar más caro, o quedaron acorralados) fue destruido por el FMI.
Como las existencias en bonos se achicaron en los estos días, cuando los bancos empezaron a empaquetar los billetes pintados, para su posterior destrucción, y reapareció el efectivo, se aliviaron las tensiones en el sector comercial y entre aquellos que deben pagar insumos o mercaderías con pesos verdaderos.
Se espera que no retornen los déficit estatales y que no aparezcan nuevos instrumentos monetarios que reemplacen en la práctica a los Bocade, como los cheques diferidos o tantos títulos públicos con horrorosos nombres de fantasía.
Y que los errores del gobierno no les cuesten dinero a las futuras generaciones de tucumanos, porque todos los default y las locuras gubernamentales los termina pagando la sociedad.







