06 Marzo 2011 Seguir en 
BUENOS AIRES.- El modelo económico regente cuya característica más notoria es la afectación de los derechos adquiridos, derivada de la emergencia económica permanente, no logró resolver uno de los problemas estructurales y crónicos que presenta el país: la inserción laboral.
Esta emergencia, una suerte de estado de sitio económico, sujeta a todo tipo de control policíaco sobre empresas y productores de bienes y servicios, dejó como resultado, una caída abrupta de las inversiones y una estrechez de la oferta general. De esta manera, el modelo que se presentó como la recuperación del trabajo nacional y la producción local, llevó a que el perfil productivo del país se convirtiera en un cuello de botella, para el sector laboral.
Mientras, el Gobierno nacional optó por proteger los intereses corporativos de la burocracia sindical, por razones estrictamente políticas, dejó a merced de su suerte a millones de trabajadores que en la actualidad no encuentran inserción en el mundo del trabajo.
Este cuello de botella tiene varias vertientes. La primera está generada por la falta de inversiones que pueda ampliar la capacidad productiva. Esta falta de inversiones es la consecuencia directa de la falta de confianza de los inversores, frente a los atropellos cometidos por la administración kirchnerista.
La segunda vertiente es aportada por la estrechez de la oferta general de bienes y servicios que se transformó en una suba de precios minoristas y una meseta inflacionaria que se estacionó en torno de un 30%.
Ambos fenómenos asociados -la falta de inversiones y la inflación-, producen un desplazamiento de trabajadores hacia los sectores informales o el desempleo.
Si las bondades del modelo fueran ciertas como las expresan los funcionarios, no habría consecuencias sobre el sistema laboral.
Aunque las estadísticas oficiales han entrado en un cono de sombra, la fractura laboral presenta un marcado sesgo estructural, muy difícil de revertir en el corto plazo.
Al casi 8% de desempleo, hay que añadirle otro porcentaje similar de gente que hace changas. Esto equivale a unas tres millones de personas que no encuentran inserción laboral en el modelo.
A esta situación terminal, se le debe sumar la precariedad que muestran los casi 5 millones de trabajadores que se desempeñan en el mercado informal, que se encuentran sin posibilidades de acceder a un previsión para su vejez o a asistencia médica.
Un dato no menor
Sin embargo, hay un dato que resulta aún más preocupante: más de la mitad de los desempleados y subempleados son jóvenes menores de 30 años.
En este contexto, la cantidad de empresas que busca personal disminuye. Mientras que hace cuatro años 3/5 de empresas buscaba empleados, hoy esa proporción cayó a 2/5. De las compañías que demanda personal apenas 1/5 no cubrió sus necesidades.
Apenas entre un 10% y un 15% de los que consiguen empleo son requeridos para tareas de alta calificación, lo que marca la baja calidad de la estructura productiva.
Estas son las consecuencias de un modelo económico que privilegió intereses corporativos, atropelló derechos adquiridos y se alimentó de inflación.
Jóvenes sin trabajo y sin calificación, con una inflación que perfora cualquier ilusión y todo lo transforma en subsistencia y asistencialismo mendaz. Los márgenes de exclusión son cada vez más amplios. La situación socioeconómica se está convirtiendo en un caldero que bulle a fuego lento. ¿Cualquier similitud con lo ocurrido en el norte de África es una casualidad?
Esta emergencia, una suerte de estado de sitio económico, sujeta a todo tipo de control policíaco sobre empresas y productores de bienes y servicios, dejó como resultado, una caída abrupta de las inversiones y una estrechez de la oferta general. De esta manera, el modelo que se presentó como la recuperación del trabajo nacional y la producción local, llevó a que el perfil productivo del país se convirtiera en un cuello de botella, para el sector laboral.
Mientras, el Gobierno nacional optó por proteger los intereses corporativos de la burocracia sindical, por razones estrictamente políticas, dejó a merced de su suerte a millones de trabajadores que en la actualidad no encuentran inserción en el mundo del trabajo.
Este cuello de botella tiene varias vertientes. La primera está generada por la falta de inversiones que pueda ampliar la capacidad productiva. Esta falta de inversiones es la consecuencia directa de la falta de confianza de los inversores, frente a los atropellos cometidos por la administración kirchnerista.
La segunda vertiente es aportada por la estrechez de la oferta general de bienes y servicios que se transformó en una suba de precios minoristas y una meseta inflacionaria que se estacionó en torno de un 30%.
Ambos fenómenos asociados -la falta de inversiones y la inflación-, producen un desplazamiento de trabajadores hacia los sectores informales o el desempleo.
Si las bondades del modelo fueran ciertas como las expresan los funcionarios, no habría consecuencias sobre el sistema laboral.
Aunque las estadísticas oficiales han entrado en un cono de sombra, la fractura laboral presenta un marcado sesgo estructural, muy difícil de revertir en el corto plazo.
Al casi 8% de desempleo, hay que añadirle otro porcentaje similar de gente que hace changas. Esto equivale a unas tres millones de personas que no encuentran inserción laboral en el modelo.
A esta situación terminal, se le debe sumar la precariedad que muestran los casi 5 millones de trabajadores que se desempeñan en el mercado informal, que se encuentran sin posibilidades de acceder a un previsión para su vejez o a asistencia médica.
Un dato no menor
Sin embargo, hay un dato que resulta aún más preocupante: más de la mitad de los desempleados y subempleados son jóvenes menores de 30 años.
En este contexto, la cantidad de empresas que busca personal disminuye. Mientras que hace cuatro años 3/5 de empresas buscaba empleados, hoy esa proporción cayó a 2/5. De las compañías que demanda personal apenas 1/5 no cubrió sus necesidades.
Apenas entre un 10% y un 15% de los que consiguen empleo son requeridos para tareas de alta calificación, lo que marca la baja calidad de la estructura productiva.
Estas son las consecuencias de un modelo económico que privilegió intereses corporativos, atropelló derechos adquiridos y se alimentó de inflación.
Jóvenes sin trabajo y sin calificación, con una inflación que perfora cualquier ilusión y todo lo transforma en subsistencia y asistencialismo mendaz. Los márgenes de exclusión son cada vez más amplios. La situación socioeconómica se está convirtiendo en un caldero que bulle a fuego lento. ¿Cualquier similitud con lo ocurrido en el norte de África es una casualidad?
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