08 Junio 2003 Seguir en 
Mentirosos o sinceros, honestos o ladrones, eficientes o ineptos, democráticos o demagogos, mafiosos o interesados en el bien común. Los políticos estarán en la mira de los votantes hasta que termine el largo y abrumador proceso electoral tucumano.
La oferta política está en estudio y es evidente que desborda cualquier posibilidad de análisis y que no conforma. En una provincia envuelta en una grave crisis política, económica y social, definir quiénes pueden ser los supuestos salvadores resulta un ejercicio mental agotador.
Economía (con los terribles desafío del desempleo y los sufrimientos de la pobreza) y seguridad son las principales materias que deberá rendir el que gane. Son los problemas más visibles que desesperan a la sociedad. También inquietan la educación, la salud y la situación de los jubilados.
Las claves para reordenar el futuro en Tucumán están en favorecer el clima inversor en las empresas y reactivar el crédito, sin que la corrupción ejerza presión sobre los capitalistas. Urge proteger a los más pobres, que quedaron al margen del sistema. Pero sin inversiones no habrá trabajo.
A esto hay que sumar una dosis razonable de liderazgo y tratar de no repetir las pésimas gestiones en el Estado, protagonizadas por una clase dirigente que no tiene dirigidos, sino clientes.
No tuvieron consecuencias positivas las consignas "que se vayan todos" o "que devuelvan todo", porque el sistema de manipulación política creó una oligarquía que sabe usar los aparatos y que no abandonará el poder por un simple resultado electoral o por presiones de las justicia penal. Para algunos, es una forma accesible para conseguir espacios bien remunerados.
Todos se esfuerzan por llegar ("nos quedemos todos") a los cargos públicos y no piensan qué van a hacer cuando tengan que manejar fondos públicos y el destino de sus comprovincianos, en medio de una crisis indomable.
La falta de planes es alarmante. Tan inquietante como la carencia de equipos y de gente capacitada para gerenciar el Estado y facilitar el funcionamiento de las empresas privadas.La torta crece siempre en forma desigual y es el Estado el que debe ocuparse de proteger a los desamparados. Pero también es verdad que no se puede distribuir lo que no hay. Primero debe crear riqueza el sector privado.
El periodista Néstor Scibona planteó en La Nación que hay que preguntar a los candidatos: 1) cómo resolvería cada problema; 2) cuánto cuesta cada solución; 3) quién la pagará, y 4) quién la aplicó antes con éxito.
Los empresarios miran con temor a los candidatos, por la carencia de ideas para reformar un aparato administrativo que está destruido. El Estado se transformó en un botín para los políticos y se llenó de burocracias ineficientes. La salud, la educación y la seguridad, que han colapsado en Tucumán, merecen tener la máximas prioridades, pero sin programas serios y sin funcionarios capacitados, la situación puede empeorar.
Deberá apoyarse el gobierno en el sector privado, que está endeudado, pero intacto, y arrastra problemas que postraron a muchas empresas. Se debe dejar de lado la mentalidad antiempresa que muchas veces ahoga a políticos vanidosos y desubicados.
Las producciones del agro andan bien, como las fábricas de azúcar, de cítricos, textiles, metalúrgicas, alimentos, papel y camiones. El comercio y el enorme sector de los servicios pueden crear empleo.
Falta cambiar la imagen de muerte, corrupción, ineficiencia y caos que ofrece Tucumán y terminar con la mentalidad antiempresaria y populista que algunos impulsan con irresponsabilidad.
La oferta política está en estudio y es evidente que desborda cualquier posibilidad de análisis y que no conforma. En una provincia envuelta en una grave crisis política, económica y social, definir quiénes pueden ser los supuestos salvadores resulta un ejercicio mental agotador.
Economía (con los terribles desafío del desempleo y los sufrimientos de la pobreza) y seguridad son las principales materias que deberá rendir el que gane. Son los problemas más visibles que desesperan a la sociedad. También inquietan la educación, la salud y la situación de los jubilados.
Las claves para reordenar el futuro en Tucumán están en favorecer el clima inversor en las empresas y reactivar el crédito, sin que la corrupción ejerza presión sobre los capitalistas. Urge proteger a los más pobres, que quedaron al margen del sistema. Pero sin inversiones no habrá trabajo.
A esto hay que sumar una dosis razonable de liderazgo y tratar de no repetir las pésimas gestiones en el Estado, protagonizadas por una clase dirigente que no tiene dirigidos, sino clientes.
No tuvieron consecuencias positivas las consignas "que se vayan todos" o "que devuelvan todo", porque el sistema de manipulación política creó una oligarquía que sabe usar los aparatos y que no abandonará el poder por un simple resultado electoral o por presiones de las justicia penal. Para algunos, es una forma accesible para conseguir espacios bien remunerados.
Todos se esfuerzan por llegar ("nos quedemos todos") a los cargos públicos y no piensan qué van a hacer cuando tengan que manejar fondos públicos y el destino de sus comprovincianos, en medio de una crisis indomable.
La falta de planes es alarmante. Tan inquietante como la carencia de equipos y de gente capacitada para gerenciar el Estado y facilitar el funcionamiento de las empresas privadas.La torta crece siempre en forma desigual y es el Estado el que debe ocuparse de proteger a los desamparados. Pero también es verdad que no se puede distribuir lo que no hay. Primero debe crear riqueza el sector privado.
El periodista Néstor Scibona planteó en La Nación que hay que preguntar a los candidatos: 1) cómo resolvería cada problema; 2) cuánto cuesta cada solución; 3) quién la pagará, y 4) quién la aplicó antes con éxito.
Los empresarios miran con temor a los candidatos, por la carencia de ideas para reformar un aparato administrativo que está destruido. El Estado se transformó en un botín para los políticos y se llenó de burocracias ineficientes. La salud, la educación y la seguridad, que han colapsado en Tucumán, merecen tener la máximas prioridades, pero sin programas serios y sin funcionarios capacitados, la situación puede empeorar.
Deberá apoyarse el gobierno en el sector privado, que está endeudado, pero intacto, y arrastra problemas que postraron a muchas empresas. Se debe dejar de lado la mentalidad antiempresa que muchas veces ahoga a políticos vanidosos y desubicados.
Las producciones del agro andan bien, como las fábricas de azúcar, de cítricos, textiles, metalúrgicas, alimentos, papel y camiones. El comercio y el enorme sector de los servicios pueden crear empleo.
Falta cambiar la imagen de muerte, corrupción, ineficiencia y caos que ofrece Tucumán y terminar con la mentalidad antiempresaria y populista que algunos impulsan con irresponsabilidad.







