25 Marzo 2010 Seguir en 
La inflación, ese corrosivo que maltrató a los argentinos por medio siglo hasta convertirse en su principal dolor de cabeza, retoza otra vez en casa. A sus anchas. Y no es una sensación. Negar la realidad no niega sus efectos. Y, a esta altura, es la inflación elevada la que sentó sus reales. No importa qué diga oficialmente el Indec intervenido, la sociedad conoce de primera mano las molestias de la perturbación. Y quien no puede sortearlas, sufre las privaciones. Basta seguir el trazo grueso de las negociaciones salariales -sin conexión alguna con las estimaciones oficiales de inflación- para advertir la dimensión del problema. Así, los primeros acuerdos que se cierran este año demarcan una franja de aumentos que va del 20% al 25%. Como los pequeños propietarios de Casa Tomada, el cuento de Cortázar, todos saben que el intruso avanza.
Negar la realidad, cuando esta tiene aristas de bumerán, acarrea sus peligros. Si de veras se quiere nivelar la distribución de ingresos, ¿cómo ignorar la dinámica de una inflación de dos dígitos? Es un impuesto no legislado, ya se ha dicho mil veces, que recae sobre las capas menos favorecidas de la población. Y su recaudación se reparte entre el Estado y los deudores en pesos. Los bancos, que administran grandes depósitos en cuentas corrientes y cajas de ahorro, a costo ínfimo, aumentan su tajada, sin mover un dedo, a medida que la inflación se encarama. La realidad aquí desmiente al discurso de manera rotunda.
Pero la contradicción no permanece impune. ¿Cómo entender, en pleno auge de actividad económica, como cuando estalló la crisis con el campo, el distanciamiento de las clases medias urbanas con respecto al Gobierno, sin hacer referencia a la erosión inflacionaria sobre los sectores de ingresos fijos no sindicalizados (y, por ende, con nula capacidad de terciar en la pugna distributiva)? La incertidumbre sobre el poder de compra, no saber cómo se estirará el salario para llegar a fin de mes, es una mochila que resiente al electorado. Y, aunque se pretenda, no hay dádiva que alcance para todos.
Un lubricante
La inflación no es neutral ni una pócima recomendable. Pero se admite, en economías con rigideces nominales -como ser contratos o instituciones que no permiten reducciones de precio-, que una inflación módica puede oficiar de necesario lubricante para facilitar el reacomodamiento de los precios relativos.
Por eso, los regímenes de metas de inflación nunca propugnan su completa erradicación. La estabilidad de precios, en los hechos, se define como una tasa de inflación baja y sin sobresaltos, en la vecindad del 2% o 3% anual (aunque en el propio Fondo Monetario Internacional, a resultas de la crisis, se analiza si el umbral óptimo podría subir un escalón más).
Para que se entienda: si la inflación fuese una hierba, el mundo recomienda no cortarla al ras para no perder una humedad que el suelo pudiera necesitar. No es la discusión en la Argentina, cuya inflación, bien medida, es tres o cuatro veces la internacional, o la de sus vecinos. Nadie cree en la bondad de una maleza descontrolada que alcanza a la cintura.
Hay que reconocerla
¿Cómo frenar la inflación? El primer paso para enfrentar un problema es, usualmente, reconocerlo. Y es obvio que aquí falla la voluntad oficial. La adulteración de las mediciones licuó los pagos y el valor de la deuda pública indexada por CER, pero no engañó a nadie.
Hay otras medidas alternativas -e indicadores de expectativas- que pueden utilizarse para un diagnóstico veraz. Pero, por supuesto, no constituyen sino el punto de partida del tratamiento. Si el Banco Central debe velar por preservar el valor de la moneda, es él quien tiene que tomar el toro por las astas (en el tiempo, la inefectividad de las normas de comercio interior o exterior no deberían sorprender a ningún despistado).
El Banco Central cumplió a rajatabla su esquema de metas monetarias -trimestre tras trimestre, sin excepción- pero, pruebas al canto, el talle de su política era el de una camisa demasiada ancha. El afán de ensamblarla con la estrategia económica del Gobierno obligó a una política monetaria pasiva, y dejó de lado el uso de un chaleco de fuerza restrictivo. Nobleza obliga, los límites del Banco Central contuvieron los excesos que hubieran llevado a una espiralización. Por eso, la disputa por el uso de las reservas de la autoridad monetaria, la tácita pretensión de utilizar su caja como financiamiento del Tesoro sin cortapisas, eriza las expectativas.
Si se insiste en llevar adelante un aumento del gasto público que no cuenta con financiamiento genuino (es decir, con la disposición de otro sector a transferirle los recursos bajando su propio gasto), la receta es un cocktail explosivo.
Agotar solamente las reservas ya adquiridas por el Banco Central (con emisión pretérita y no forzar el ritmo corriente de la emisión monetaria) y anclar el tipo de cambio son arreglos precarios como para asegurar un marco estable.
Paradoja
Por rara paradoja, la fuga de capitales, como ocurrió el año pasado, podría servir con más eficacia para aplacar los precios. Pero, aún con una recesión declarada, la inflación de 2009 merodeó el 14%-15%. Es que la hoguera de la alta inflación no se apaga sola. Y la incertidumbre política -de cara al 2011- atizará el fuego.
Debe quedar claro, en esa inteligencia, que si el Gobierno no reconoció el problema hasta ahora, tratará de barrerlo para que se ocupe la próxima administración.
Pero si la inflación se espiraliza (lo que no ha sucedido todavía por una indexación imperfecta) y -como antaño- se convierte en un freno brusco de la actividad económica, le convendrá dejar de lado las dilaciones y los maquillajes y tomar de lleno cartas en el asunto.
Negar la realidad, cuando esta tiene aristas de bumerán, acarrea sus peligros. Si de veras se quiere nivelar la distribución de ingresos, ¿cómo ignorar la dinámica de una inflación de dos dígitos? Es un impuesto no legislado, ya se ha dicho mil veces, que recae sobre las capas menos favorecidas de la población. Y su recaudación se reparte entre el Estado y los deudores en pesos. Los bancos, que administran grandes depósitos en cuentas corrientes y cajas de ahorro, a costo ínfimo, aumentan su tajada, sin mover un dedo, a medida que la inflación se encarama. La realidad aquí desmiente al discurso de manera rotunda.
Pero la contradicción no permanece impune. ¿Cómo entender, en pleno auge de actividad económica, como cuando estalló la crisis con el campo, el distanciamiento de las clases medias urbanas con respecto al Gobierno, sin hacer referencia a la erosión inflacionaria sobre los sectores de ingresos fijos no sindicalizados (y, por ende, con nula capacidad de terciar en la pugna distributiva)? La incertidumbre sobre el poder de compra, no saber cómo se estirará el salario para llegar a fin de mes, es una mochila que resiente al electorado. Y, aunque se pretenda, no hay dádiva que alcance para todos.
Un lubricante
La inflación no es neutral ni una pócima recomendable. Pero se admite, en economías con rigideces nominales -como ser contratos o instituciones que no permiten reducciones de precio-, que una inflación módica puede oficiar de necesario lubricante para facilitar el reacomodamiento de los precios relativos.
Por eso, los regímenes de metas de inflación nunca propugnan su completa erradicación. La estabilidad de precios, en los hechos, se define como una tasa de inflación baja y sin sobresaltos, en la vecindad del 2% o 3% anual (aunque en el propio Fondo Monetario Internacional, a resultas de la crisis, se analiza si el umbral óptimo podría subir un escalón más).
Para que se entienda: si la inflación fuese una hierba, el mundo recomienda no cortarla al ras para no perder una humedad que el suelo pudiera necesitar. No es la discusión en la Argentina, cuya inflación, bien medida, es tres o cuatro veces la internacional, o la de sus vecinos. Nadie cree en la bondad de una maleza descontrolada que alcanza a la cintura.
Hay que reconocerla
¿Cómo frenar la inflación? El primer paso para enfrentar un problema es, usualmente, reconocerlo. Y es obvio que aquí falla la voluntad oficial. La adulteración de las mediciones licuó los pagos y el valor de la deuda pública indexada por CER, pero no engañó a nadie.
Hay otras medidas alternativas -e indicadores de expectativas- que pueden utilizarse para un diagnóstico veraz. Pero, por supuesto, no constituyen sino el punto de partida del tratamiento. Si el Banco Central debe velar por preservar el valor de la moneda, es él quien tiene que tomar el toro por las astas (en el tiempo, la inefectividad de las normas de comercio interior o exterior no deberían sorprender a ningún despistado).
El Banco Central cumplió a rajatabla su esquema de metas monetarias -trimestre tras trimestre, sin excepción- pero, pruebas al canto, el talle de su política era el de una camisa demasiada ancha. El afán de ensamblarla con la estrategia económica del Gobierno obligó a una política monetaria pasiva, y dejó de lado el uso de un chaleco de fuerza restrictivo. Nobleza obliga, los límites del Banco Central contuvieron los excesos que hubieran llevado a una espiralización. Por eso, la disputa por el uso de las reservas de la autoridad monetaria, la tácita pretensión de utilizar su caja como financiamiento del Tesoro sin cortapisas, eriza las expectativas.
Si se insiste en llevar adelante un aumento del gasto público que no cuenta con financiamiento genuino (es decir, con la disposición de otro sector a transferirle los recursos bajando su propio gasto), la receta es un cocktail explosivo.
Agotar solamente las reservas ya adquiridas por el Banco Central (con emisión pretérita y no forzar el ritmo corriente de la emisión monetaria) y anclar el tipo de cambio son arreglos precarios como para asegurar un marco estable.
Paradoja
Por rara paradoja, la fuga de capitales, como ocurrió el año pasado, podría servir con más eficacia para aplacar los precios. Pero, aún con una recesión declarada, la inflación de 2009 merodeó el 14%-15%. Es que la hoguera de la alta inflación no se apaga sola. Y la incertidumbre política -de cara al 2011- atizará el fuego.
Debe quedar claro, en esa inteligencia, que si el Gobierno no reconoció el problema hasta ahora, tratará de barrerlo para que se ocupe la próxima administración.
Pero si la inflación se espiraliza (lo que no ha sucedido todavía por una indexación imperfecta) y -como antaño- se convierte en un freno brusco de la actividad económica, le convendrá dejar de lado las dilaciones y los maquillajes y tomar de lleno cartas en el asunto.







