17 Enero 2010 Seguir en 

Quiero aclarar que no había leído nunca a Marcelo Cohen. El encuentro con la novela Casa de Ottro produjo en mí, desde las primeras páginas, desconcierto en el sentido del Diccionario de la Real Academia Española: tanto como descomposición de partes; estado de ánimo de desorientación y perplejidad; desorden, desavenencia, descomposición; falta de modo y medida en las acciones o palabras y falta de gobierno y economía.
Al terminar de leerla pienso que quizá es lo que el escritor buscaba. El lector se encuentra con demasiados obstáculos. La novela, desde el título y el subtítulo, nos enfrenta con la colisión de elementos, mezcla lo fantástico y lo alegórico. "El Delta panorámico" es un espacio fantástico, un orbe futurista, creado por el escritor, un delta misterioso constituido por complejas islas. A esta geografía delirante se agrega el abuso de nombres propios y el discrecional empleo de neologismos. El ritmo narrativo se torna lento y trabado por múltiples "ruidos". La anécdota enrevesada requiere mucha atención: Fronda Pátegher -la narradora- se encuentra atrapada en la casa legada por el suegro muerto Collados Otto, político y empresario, ex Regente de isla Ushoda. Este enigmático legado conlleva al inventario y la clasificación con el mandato de inventariarlo. Fronda, opositora al régimen, ha sido, de modo paradojal, la ideóloga de su "teatron" político, y queda a cargo de Cañada, la ciborgue doméstica salvada de la eutanasia.
Mientras Fronda se concentra en su tarea, la casa es invadida por gran cantidad de gente que, junto con Riscos, van formando una familia diferente.
Para entender los juegos lingüísticos se hace necesario recordar las declaraciones de Cohen: "La lengua argentina está siendo afectada por la aplanadora de los usos inconscientes de la lengua pública, por los usos del periodismo, las confusiones sobre el valor y el sentido de las palabras que se advierte en la publicidad, en el periodismo, por los interminables anacolutos de los políticos, que no pueden terminar una frase."
Una prosa exigente
Quizá de ahí su interés por lo difícil, incluso lo impenetrable, por la exigencia de mapas y diccionarios para entender lugares y personajes. El lector exigido a una tarea continua de descodificación, se siente rechazado por una prosa que, lejos de conmover, busca deshumanizar, en el exceso del contenido y la forma.
Entiendo que el gran tema del Poder y su legitimación está relacionado con el del lenguaje. Cohen habla de un "fantástico social" o de una "fantasía cómica" (aunque no nos arranque ni una sonrisa). Sus mundos remiten a alegorías como las de Leopoldo Marechal, sin la creatividad de su antecesor. Los personajes tienen mucho de alucinados y de sobrevivientes. El problema es que pareciera requerir un lector que la sobreviva y no todos resisten la incomodidad en la que nos sume, sobre todo porque extrañamos la belleza de la lengua y el encanto de la narración.
© LA GACETA
Al terminar de leerla pienso que quizá es lo que el escritor buscaba. El lector se encuentra con demasiados obstáculos. La novela, desde el título y el subtítulo, nos enfrenta con la colisión de elementos, mezcla lo fantástico y lo alegórico. "El Delta panorámico" es un espacio fantástico, un orbe futurista, creado por el escritor, un delta misterioso constituido por complejas islas. A esta geografía delirante se agrega el abuso de nombres propios y el discrecional empleo de neologismos. El ritmo narrativo se torna lento y trabado por múltiples "ruidos". La anécdota enrevesada requiere mucha atención: Fronda Pátegher -la narradora- se encuentra atrapada en la casa legada por el suegro muerto Collados Otto, político y empresario, ex Regente de isla Ushoda. Este enigmático legado conlleva al inventario y la clasificación con el mandato de inventariarlo. Fronda, opositora al régimen, ha sido, de modo paradojal, la ideóloga de su "teatron" político, y queda a cargo de Cañada, la ciborgue doméstica salvada de la eutanasia.
Mientras Fronda se concentra en su tarea, la casa es invadida por gran cantidad de gente que, junto con Riscos, van formando una familia diferente.
Para entender los juegos lingüísticos se hace necesario recordar las declaraciones de Cohen: "La lengua argentina está siendo afectada por la aplanadora de los usos inconscientes de la lengua pública, por los usos del periodismo, las confusiones sobre el valor y el sentido de las palabras que se advierte en la publicidad, en el periodismo, por los interminables anacolutos de los políticos, que no pueden terminar una frase."
Una prosa exigente
Quizá de ahí su interés por lo difícil, incluso lo impenetrable, por la exigencia de mapas y diccionarios para entender lugares y personajes. El lector exigido a una tarea continua de descodificación, se siente rechazado por una prosa que, lejos de conmover, busca deshumanizar, en el exceso del contenido y la forma.
Entiendo que el gran tema del Poder y su legitimación está relacionado con el del lenguaje. Cohen habla de un "fantástico social" o de una "fantasía cómica" (aunque no nos arranque ni una sonrisa). Sus mundos remiten a alegorías como las de Leopoldo Marechal, sin la creatividad de su antecesor. Los personajes tienen mucho de alucinados y de sobrevivientes. El problema es que pareciera requerir un lector que la sobreviva y no todos resisten la incomodidad en la que nos sume, sobre todo porque extrañamos la belleza de la lengua y el encanto de la narración.
© LA GACETA







